Algunas amistades de toda la vida desaparecen después de los 50: un cambio más habitual de lo que parece
No todas las amistades estaban hechas para durar toda la vida
Por qué cada vez toleras menos a la gente a partir de los 50
No suele haber ruptura, ni discusión, ni portazo. No suele haber siquiera un instante identificable. Un día uno cae en la cuenta de que hace meses, o años, que no habla con quien fue su amigo del alma en el instituto, en la universidad, en el primer trabajo. La conversación ya no se retoma sola. Los mensajes se espacian, los cumpleaños se celebran a distancia, las visitas se posponen sin fecha, y una amistad que parecía indestructible se disuelve en el aire sin haber sido oficialmente enterrada.
Este fenómeno, silenciado por la cultura afectiva dominante, es tan común como incómodo, y a partir de cierta edad se acelera de forma notable.
No es un fracaso personal
Lo primero que conviene dejar claro, para desactivar la culpa que suele acompañar a este tipo de descubrimientos, es que la reducción del círculo social a partir de la madurez está descrita empíricamente y responde a mecanismos estructurales de la propia biografía. Un estudio ha constatado que hombres y mujeres son más socialmente promiscuos, haciendo cada vez más y más amigos y contactos sociales, hasta la edad de los 25, y a partir de ese momento comienzan a perderlos rápidamente.
Para Robin Dunbar, el antropólogo que dirigió dicho estudio, todo es tan sencillo como que sí, particularmente con amistades, si tú no inviertes en ellas o no ves a tus amistades, decaen y desaparecen rápidamente.
Tanto es así que a partir de los 65 años la gente suele tener como mucho dos o tres amistades sólidas. Es decir, de la constelación de vínculos que uno atesoraba a los veinte años, la vida adulta termina manteniendo apenas un puñado. Y ese puñado no siempre coincide con las apuestas afectivas que uno hubiera hecho en su juventud.
Un duelo que casi nadie llama así
El psicólogo sanitario Ernesto Martín, del centro Psicopartner de Madrid, ha dado nombre reciente a la textura emocional de este proceso: el duelo por una amistad, un duelo del que apenas se habla. Su descripción clínica resulta clarificadora porque desmonta el equívoco habitual de creer que solo la muerte o la ruptura con la pareja merecen esa palabra. Un duelo es, en su esencia, cualquier proceso de pérdida a la que es necesario adaptarse.
La particularidad de este duelo, y lo que explica por qué tantas personas lo transitan sin poder ponerle palabras, es su naturaleza sigilosa. Como advierte el propio Martín, este duelo suele ser silencioso, no sólo por lo que ocurre, sino muchas veces por quien lo sufre. Muchas personas sienten que "no deberían sentirse tan mal" porque nadie ha muerto ni ha ocurrido una ruptura formal. A esa incomodidad interna se añade una pérdida real, pero para la que no hay un ritual social que la reconozca. Tampoco se produce una despedida clara ni una conversación final de adiós. Simplemente las conversaciones e interacciones se van diluyendo hasta desaparecer.
Por qué sucede a esta edad
Se identifican cuatro fuerzas que operan simultáneamente y que explican por qué este fenómeno tiene mayor intensidad en la madurez. La primera sería el menor número de espacios compartidos. A diferencia de la escuela o la universidad, en la vida adulta no siempre existen entornos comunes que faciliten el contacto frecuente.
También estarían los cambios en las prioridades, ya que el tiempo disponible se reduce y, de forma inevitable, algunas relaciones dejan de ocupar la misma prioridad que antes. La tercera razón que explica esto sería la propia evolución personal. Al fin y al cabo, las personas cambian. Lo que antes nos unía puede dejar de tener el mismo peso emocional o intelectual. Finalmente estarían las diferencias en los caminos vitales, con divergencias progresivas en mudanzas, valores, decisiones profesionales o estilos de vida.
Que aparezcan estos cambios no significa necesariamente que la amistad haya sido falsa o superficial, simplemente se trata más bien de que la vida ha evolucionado.
Cuando el círculo social cambia, también se vuelve más visible qué relaciones permanecen con el paso del tiempo. Algunas amistades se adaptan a nuevas circunstancias, sobreviven a la distancia o reaparecen después de años. Estas relaciones de amistad suelen basarse menos en la frecuencia del contacto y más en la confianza, la historia, los intereses compartidos, la forma de entender la vida y el afecto mutuo. Así, a veces basta con saber que la otra persona está a nuestro lado, incluso apenas nos veamos o tengamos contacto constante.
Puede que este sea uno de esos aprendizajes incómodos que conlleva conocer con el paso de los años: no todas las amistades estaban hechas para durar toda la vida, y algunas de las que sí duran solo se revelan cuando el ruido de las que no lo estaban se apaga. La vida adulta no empobrece, necesariamente, el mapa afectivo; solo depura la escala.
