Estado de salud

La fuerza importa más que el peso a partir de los 50: el cambio de enfoque que recomiendan los especialistas

Cómo retrasar la aparición de la sarcopenia a partir de los 50
Haciendo ejercicio para combatir la sarcopenia. Redacción Uppers
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Durante décadas, la báscula era el momento del castigo cuando uno intentaba cuidarse. El número que indicaba con cada intento, tras ser comparado con una tabla de índices de masa corporal, funcionaba como una suerte de veredicto sobre nuestro estado de salud. Su lógica era sencilla, y servía para buena parte de la vida adulta joven, mientras la composición corporal, es decir, la proporción entre músculo, grasa, agua y hueso, tendía a mantenerse relativamente estable. 

Sin embargo, a partir de la quinta década de vida, la báscula se convierte en un instrumento engañoso, capaz de tranquilizar a quien ya está enfermando y de alarmar a quien está haciendo las cosas bien. Los especialistas llevan años insistiendo en el mismo cambio de paradigma: pasados los cincuenta, lo que hay que vigilar no es cuánto se pesa, sino cuánta fuerza se conserva.

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Una biología que se desdobla en silencio

La razón fisiológica del giro es sencilla de entender. A partir de los cincuenta, y todavía de forma aún más marcada a partir de los sesenta y setenta, comienza un proceso de degradación muscular llamado sarcopenia que no responde ni a la voluntad ni al calendario deportivo previo. 

Las estimaciones señalan una pérdida de entre el uno y el dos por ciento de masa muscular por año desde la quinta década, con caídas de hasta un tres por ciento anual en fuerza cuando no se entrena. En hombres el declive es aproximadamente el doble que en mujeres, y en personas sedentarias, dobla al de quienes se mantienen mínimamente activos. 

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La fuerza muscular alcanza su meseta entre los veinte y los treinta años, se mantiene relativamente estable hasta los cuarenta y cinco o cincuenta, y desde ahí desciende entre un doce y un quince por ciento por década, y una aceleración que se dispara pasados los setenta u ochenta.

Ese descenso muscular llega acompañado casi siempre de un aumento paralelo del tejido graso, especialmente el visceral, el más peligroso desde el punto de vista metabólico, que la báscula no distingue del músculo perdido. El resultado recibe el nombre de obesidad sarcopénica y es la coexistencia, dentro del mismo cuerpo, de un exceso de grasa y un déficit de masa magra, y puede darse incluso en personas con un peso corporal aparentemente correcto. 

El fenómeno del "normopeso obeso"(delgado por fuera, deficitario por dentro) explica por qué el índice de masa corporal, la métrica de referencia del siglo XX, se ha vuelto insuficiente para diagnosticar la salud de los cincuenta en adelante.

Molestias por la sarcopenia

El círculo vicioso tras la báscula

La trampa clínica se realimenta con perversa eficiencia. Cuando el peso corporal sube, la persona tiende a moverse menos porque cada gesto exige más esfuerzo. Menos movimiento significa menos estímulo muscular, y menos masa muscular significa un metabolismo basal más bajo, es decir, menos calorías quemadas en reposo. Con menos consumo energético, la grasa vuelve a acumularse. 

La aguja de la báscula se dispara o se estanca según la fase del ciclo, pero el diagnóstico funcional es siempre el mismo: la persona pierde autonomía con la misma velocidad con la que gana fragilidad. Y ninguna dieta hipocalórica clásica soluciona el problema, porque acelera la pérdida de músculo tanto o más que una dieta rica en grasa.

Sin embargo, hay una solución, el entrenamiento de fuerza (levantar peso adaptado, trabajar contra resistencia, mover masas contra la gravedad), que se ha consolidado como la intervención primordial para luchar contra la sarcopenia. 

Distintos estudios han concluido que el entrenamiento supervisado de fuerza mejora la masa muscular en personas mayores con sarcopenia sin necesidad de protocolos exóticos ni de volúmenes extremos. Basta con dos o tres sesiones semanales de trabajo progresivo, con resultados objetivos tras tan solo ocho semanas incluso en adultos que rebasan los noventa años. Los antiguos prejuicios quedan desmontados por la evidencia científica.

Qué mirar en lugar de la báscula

Los indicadores útiles a partir de los cincuenta son otros. La fuerza de prensión de la mano, medida con un dinamómetro, es uno de los mejores predictores de mortalidad y fragilidad en la literatura reciente. La velocidad de la marcha en un tramo corto, la capacidad de levantarse de una silla sin usar las manos, el equilibrio a la pata coja durante diez segundos… 

Todos ellos son marcadores funcionales que dicen más sobre la salud real de una persona madura que el numerito que marca la báscula. El cambio de enfoque no es cosmético. Es la diferencia entre envejecer perdiendo capacidades y envejecer conservándolas. La báscula, a los cincuenta, dice cada vez menos verdad; la fuerza, cada vez más.