No todo es memoria: la habilidad que más conviene entrenar después de los 50 para mantener un cerebro activo

Un estudio reciente ha descubierto que si hay una habilidad cuyo entrenamiento se traduce en menor riesgo de demencia dos décadas después, no es la memoria
El hábito que acelera el envejecimiento mental y muchos hacen sin saberlo
Durante décadas la cultura de la longevidad cerebral ha girado alrededor del culto a la memoria. Los crucigramas del periódico, los sudokus de la sala de espera, las listas mentales de la compra, el nombre de la vecina que uno pretende recordar sin ayuda del portero automático. Todo el imaginario del entrenamiento mental posterior a los cincuenta gravitó en torno a recordar datos, como si el cerebro maduro fuera esencialmente un archivo en el que hay que ir apuntalando estanterías.
La neurociencia contemporánea, sin embargo, apunta en otra dirección. Y la última prueba, que es también la más rigurosa que se ha hecho jamás sobre entrenamiento cognitivo en adultos mayores, acaba de dejarlo claro: si hay una habilidad cuyo entrenamiento se traduce en menor riesgo de demencia dos décadas después, no es la memoria. Es la velocidad de procesamiento.
El experimento más largo sobre el asunto
El estudio recibió el nombre poco poético de Advanced Cognitive Training for Independent and Vital Elderly, o ACTIVE. Su envergadura, sin embargo, sí es extraordinaria: 2.802 adultos de entre 65 y 94 años reclutados en 1998, distribuidos al azar en cuatro grupos (tres con entrenamientos diferentes, y uno de control sin entrenamientos) y seguidos durante veinte años. En definitiva, el único ensayo clínico aleatorio que ha medido con esta profundidad temporal el efecto real del entrenamiento cerebral sobre la aparición posterior de demencia.
Cada grupo recibió diez sesiones de una hora a lo largo de seis semanas, más algunas sesiones de refuerzo a los once y treinta y cinco meses. Los tipos de entrenamiento eran distintos entre sí: uno enseñaba estrategias mnemotécnicas para reforzar la memoria, otro trabajaba el razonamiento inductivo mediante patrones, mientras que el tercero entrenaba únicamente la velocidad con la que el cerebro procesa información visual bajo distracción periférica. Ha sido precisamente este tercer grupo el que ha ofrecido resultados que ninguna otra intervención había conseguido reproducir.
A los diez años del ensayo, los participantes que habían recibido entrenamiento en velocidad de procesamiento presentaban un 29% menos de riesgo de desarrollar demencia que el grupo de control. A los veinte años, los que habían añadido las sesiones de refuerzo mostraban un 25% menos de riesgo. Ni el entrenamiento en memoria ni el de razonamiento obtuvieron una reducción comparable. Es decir, que solo el trabajo específico sobre la rapidez con la que el cerebro registra, filtra y responde a estímulos visuales se ha demostrado capaz, a día de hoy, de blindar este órgano contra el deterioro cognitivo a largo plazo.
Los propios investigadores admiten que el hallazgo les resultó inesperado ver resultados todavía dos décadas después del comienzo. Este no era el objetivo del estudio, pero sí el resultado que demuestra que este efecto persiste.

Qué se entrena exactamente cuando se entrena la velocidad
El concepto, mal traducido, suele confundirse con la simple agilidad mental. En realidad, la velocidad de procesamiento es la capacidad para captar información visual rápidamente, distinguir lo relevante de lo accesorio y responder en una fracción de segundo, todo mientras se atiende a estímulos periféricos. Es la habilidad que permite advertir que un ciclista se acerca por la derecha mientras se cruza un paso de peatones a la vez que se está hablando por teléfono. La que interviene al conducir de noche bajo lluvia. La que decide si uno sabe frenar a tiempo cuando el semáforo se pone amarillo y hay un niño saliendo del bordillo.
En términos neurológicos, esa velocidad depende de la integridad de las conexiones entre corteza prefrontal, áreas visuales y sistemas atencionales de alta demanda, y es precisamente lo primero que empieza a erosionarse a partir de la sexta década de vida.
El entrenamiento del estudio no consistía en resolver acertijos. Consistía en identificar objetos en el centro de una pantalla mientras se ubicaban otros en la periferia, reduciendo progresivamente el tiempo de exposición hasta que el cerebro se veía forzado a procesar más deprisa. Con cada sesión, el ejercicio adaptaba su dificultad al nivel de rendimiento, empujando la ventana atencional hacia márgenes cada vez más exigentes. Ese fue el único cambio que, décadas después, seguía protegiendo el cerebro de sus usuarios.
Un cambio en la forma en que cuidamos de nuestro cerebro
Lo que debemos extraer de este estudio no es que el trabajo de memoria sea inútil, ya que sigue siendo útil por otras razones, sino que quizás se deba desplazar el peso relativo del entrenamiento hacia una habilidad que hasta ahora rara vez figuraba en las recomendaciones de las revistas de salud dirigidas al público maduro.
En un momento en que la asociación entre función ejecutiva y calidad de vida más allá de los cincuenta es cada vez más nítida, parece razonable que el gimnasio cognitivo del ciudadano medio incorpore, con la misma naturalidad con que hoy asume caminar treinta minutos al día, unos minutos de trabajo específico sobre velocidad de procesamiento.

