Estado de salud

Los especialistas alertan de un problema cada vez más frecuente después de los 55: la deshidratación sin sensación de sed

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La importancia de beber agua para los mayores. Redacción Uppers
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Existe un mecanismo íntimo del cuerpo humano que hemos dado por bueno desde siempre: si el organismo necesita agua, avisa. La boca se seca, el paladar reclama, la mente busca el vaso lleno más cercano. Sin embargo, ese diálogo automático entre metabolismo y conducta, tan fiable durante la juventud, empieza a deteriorarse silenciosamente a partir de los cincuenta y cinco años o incluso antes. 

Los especialistas en geriatría lo llaman con un término técnico, hipodipsia, y lo describen como una de las causas de deshidratación más subestimadas en el ciudadano maduro. El problema no es que la persona ignore la sed, es que la sed, sencillamente, ha dejado de dar esas señales que una vez fueron fiables.

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Un mecanismo que envejece

La instrucción que activa la sed no procede del estómago, sino del cerebro. Un pequeño grupo de neuronas del hipotálamo, los osmorreceptores, vigila la concentración de solutos en la sangre y, cuando detecta una elevación, ordena al organismo la búsqueda de líquido. Con el paso de las décadas, esos receptores pierden sensibilidad, se atrofian y desplazan hacia arriba el umbral osmótico a partir del cual disparan la alarma. Es decir que a partir de cierta edad se necesita un déficit de agua notablemente mayor que siendo joven para percibir que hay un problema. Así, cuando la alarma finalmente suena, el desajuste ya lleva tiempo actuando en silencio.

La consecuencia clínica de este desplazamiento es clara. Y es que la deshidratación no es una complicación ocasional en las personas mayores, sino que se trata del trastorno hidroelectrolítico más frecuente en esa franja de edad. Y lo es, en buena medida, porque el sistema de alerta interno ha perdido eficacia justo cuando el organismo se vuelve más vulnerable a la pérdida de líquido.

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Por qué se acelera a partir de los 55

El descenso de la sed sería anecdótico si viniera solo, pero no es el caso. A la hipodipsia se le añade, alrededor de la sexta década, una pérdida progresiva de la capacidad renal para concentrar la orina, lo que obliga al riñón a eliminar más agua para desechar la misma cantidad de solutos. 

Por si no fuera suficiente, hay que sumar también una reducción del agua corporal total que es consecuencia natural de la pérdida de masa magra, lo que estrecha el margen de reserva hídrica del que dispone el organismo. Y a todo ello se superpone una cuarta variable, que además resulta decisiva: la medicación crónica. Diuréticos, hipotensores, algunos antidepresivos y laxantes intensifican la eliminación de líquidos justo en la franja etaria en la que el cerebro ha dejado de pedir su reposición con claridad.

El resultado es un fenómeno de acumulación silenciosa. Muchas personas maduras se instalan en un déficit hídrico crónico de bajo nivel que resulta insuficiente para provocar un desmayo, pero es suficiente para deteriorar poco a poco su rendimiento cognitivo, su equilibrio y su función renal.

Síntomas que no se parecen a la sed

El aviso definitivo, cuando llega, rara vez es la sed clásica. Los cuadros de deshidratación en adultos mayores se manifiestan con síntomas que se confunden con facilidad con "cosas de la edad": fatiga inexplicable, mareos leves al incorporarse, boca y labios secos, orina escasa o más oscura de lo habitual, cambios de humor, agitación repentina, episodios de confusión o desorientación y una tendencia a las caídas que la familia interpreta como un signo de fragilidad general. 

Cuando el cuadro se agrava, aparecen fiebre baja, taquicardia, presión arterial descompensada y, en los casos avanzados, un cortejo neurológico que puede motivar el traslado a urgencias e incluso una insuficiencia renal aguda.

La recomendación es tan sencilla como incómoda para quien la aplica: no confiar en la sed como brújula a partir de la sexta década, sino instaurar un régimen de ingesta de líquidos distribuido a lo largo del día, con independencia de que la sensación aparezca o no. Agua, infusiones sin cafeína, caldos, sopas, gazpachos, frutas ricas en agua como sandía, melón, pepino, cítricos, y yogures son vehículos igualmente útiles. 

En los meses cálidos, en episodios de fiebre, tras una gastroenteritis banal o durante viajes en avión, la vigilancia debe intensificarse. Un vaso de agua cada dos horas, más que el litro heroico ingerido en una sola sentada, es lo que se ha demostrado eficaz para mantener el equilibrio hídrico.

Hay que saber dos cosas: que el color de la orina es un termómetro doméstico y fiable. Cuando se aclara hasta un amarillo pálido, la hidratación es correcta; cuando se oscurece, hay motivo para preocuparse. Además, quienes toman medicación diurética o padecen alguna enfermedad crónica deberían pactar con su médico una estrategia individual de ingesta, distinta de la que sirve al vecino de la misma edad.