¿Tienes que dejar de dormir en pareja si duermes mal?
Más del 33% de adultos estadounidenses ya duermen en habitaciones separadas ocasional o regularmente
Dormir en habitaciones separadas después de los 50: el hábito de cada vez más parejas, según los especialistas
Un tercio de los adultos españoles ha considerado seriamente cambiarse a otra habitación al menos una vez, según la encuesta que Emma Sleep Company publicó en febrero de 2024. Esta cifra no habla de rupturas ni de crisis conyugales, sino que habla de personas que llevan años perdiendo horas de sueño reparador por los ronquidos, los movimientos, la temperatura corporal o un horario disparejo de la pareja, y que empiezan a preguntarse si la costumbre social de compartir cama grande merece el precio biológico que están pagando cada noche.
La respuesta del neurofisiólogo Eduard Estivill es directa. Cada uno debería dormir en su habitación. Su argumentación es sencilla de entender: el sueño avanza por fases sucesivas de profundidad creciente, y cualquier estímulo procedente del cuerpo contiguo devuelve el cerebro a una fase más superficial.
A esto, Estivill añade un matiz histórico relevante para desactivar el prejuicio cultural: la cama de matrimonio se generalizó con la Revolución Industrial por reducción del espacio habitable, no por virtud afectiva. Las clases altas europeas y la realeza siempre durmieron en habitaciones separadas. En la antigua Roma, la cama servía para conversar y para la intimidad física, pero cada miembro de la pareja se retiraba a la suya cuando llegaba el momento de dormir.
Hoy es una práctica con nombre propio, el sleep divorce, divorcio del sueño. La Academia Estadounidense de Medicina del Sueño la cifra en más del 33% de adultos estadounidenses que la aplican ocasional o regularmente. El dato se dispara al 43% entre millennials, cae al 33% en la generación X y desciende al 22% entre los baby boomers. Los hombres asumen el traslado casi el doble que las mujeres: 45% frente a 25%.
El estudio brasileño ELSA identifica las cuatro causas que más empujan la decisión:
- El ronquido fuerte o la apnea del sueño de la pareja, con un 75% de los casos.
- Los horarios desincronizados, con un 60,7%.
- Los movimientos excesivos, con un 58,9%.
- Uso nocturno de dispositivos electrónicos, con un 32,1%.
El 71,6% de quienes practican el divorcio del sueño lo perciben como beneficioso. La Fundación Americana del Sueño cuantifica la ganancia media en 37 minutos adicionales de sueño diario.
El contrapunto científico
Hay especialistas que defienden lo contrario. Michael Grandner, director del Programa de Investigación sobre Sueño y Salud de la Universidad de Arizona, publicó en 2022 en la revista Sleep un estudio con conclusiones opuestas: las personas que comparten cama la mayoría de las noches reportan menos insomnio, menos fatiga, menos apnea, más horas de sueño y la capacidad para quedarse dormidos antes.
Su hipótesis apunta a la oxitocina, la hormona del vínculo afectivo, que mejora el sueño REM y reduce el cortisol responsable del despertar ansioso. Compartir cama se ha asociado además con menor depresión, estrés y ansiedad, y con mayor satisfacción vital y de pareja. La clave es que la compatibilidad de los hábitos de sueño de cada pareja concreta es lo que decide si la balanza se inclina hacia el beneficio o hacia el perjuicio. No existe una respuesta universal.
Para el adulto que ronda o supera los cincuenta años, esa compatibilidad se complica en varias direcciones simultáneas. La perimenopausia y la menopausia introducen sofocos que rara vez coinciden con las preferencias térmicas del otro. Los ronquidos aumentan estadísticamente con la edad. La apnea del sueño se vuelve más frecuente. El sueño se hace estructuralmente más ligero. Y muchas parejas maduras conviven con el sacrificio silencioso de un miembro que duerme mal para no incomodar al otro, sin haberlo hablado nunca abiertamente.
Antes de tomar la decisión
El primer paso, según coinciden Grandner y la propia Academia Estadounidense, es hablar del asunto sin culpabilizar. Reconocer que el descanso deteriorado del uno o del otro no es un capricho ni una queja emocional sino un problema de salud objetivable. Por ello, antes de valorar el traslado definitivo a otra habitación, existen tres soluciones intermedias que muchas parejas encuentran suficientes.
Por una parte, estaría el método escandinavo, que consiste en usar un mismo colchón compartido, pero dos edredones individuales que permiten temperaturas distintas y eliminan las peleas por las mantas, lo que resuelve una parte considerable de los conflictos térmicos. Otra posibilidad son los colchones adaptativos con firmeza distinta en cada lado mantienen preferencias individuales sin renunciar al espacio común. Además, también se debe valorar el tratamiento profesional de los ronquidos y de la apnea diagnosticada con dispositivos específicos elimina la causa que el 75% de los casos identifica como principal.
Si ninguna de estas medidas resuelve el problema, dormir en habitaciones separadas puede acordarse sin que ello suponga distanciamiento afectivo. La afectividad y la sexualidad no se sostienen sobre las horas nocturnas de sueño compartido, sino sobre los momentos de intimidad deliberada que la pareja decida cultivar antes de acostarse o al despertar. La decisión clave no es dormir juntos o separados, sino no seguir aceptando en silencio un descanso deteriorado que acaba afectando la salud, el humor y, paradójicamente, la propia relación que la costumbre pretendía proteger.
