Psicología

No tener planes para el fin de semana deja de preocupar a muchas personas con los años: la explicación psicológica

De joven el FOMO, de mayor el JOMO. Redacción Uppers
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Hay una escena que casi cualquiera puede llegar a reconocer. Llega el viernes por la tarde, y con él una pregunta cuyo peso emocional ha cambiado silenciosamente a lo largo de la propia biografía: ¿qué tienes para el fin de semana? 

A los veinticinco, decir que nada activaba una alarma social difusa y sonaba a fracaso soterrado, a exclusión de un catálogo colectivo de planes que uno debía honrar. A los cincuenta, la misma respuesta empieza a pronunciarse sin defensa, incluso con una pequeña complacencia: nada. Un sofá, una película, un libro que llevaba semanas esperando, una cena tranquila con la pareja o con uno mismo. Ese giro, tan poco épico y tan generalizado, tiene un nombre técnico en la psicología contemporánea y una arquitectura interna que la investigación clínica ha empezado a describir con precisión.

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Del miedo a perderse algo al alivio de perdérselo

La forma más nítida en la que la disciplina ha capturado el fenómeno es un acrónimo. Frente al ya popularizado FOMO, el Fear of Missing Out, ese pinchazo silencioso que produce ver en el móvil lo que hacen los demás mientras uno permanece en casa, ha ganado terreno en los últimos años una fórmula opuesta: el JOMO o Joy of Missing Out, la alegría de perderse las cosas. El término lo acuñó la ensayista canadiense Christina Crook en 2014, en su libro The Joy of Missing Out: Finding Balance in a Wired World, y desde entonces se ha consolidado como categoría clínica de trabajo, con un patrón de aparición que no depende tanto de la personalidad como de la etapa vital.

La psicóloga Ana Sierra, autora de Felices por la vida, ha señalado en varias intervenciones el sesgo de edad del fenómeno. El FOMO, sostiene, se concentra en la adolescencia y en la primera etapa adulta y suele desactivarse pasados los cuarenta. A partir de esa edad, en palabras textuales de la propia terapeuta, "es más probable que aparezca más el JOMO. O sea, sentirte feliz al quedarte en casa. Al final es una vuelta a uno mismo. Una etapa de más tranquilidad, de búsqueda de reducción de estrés." La cita conviene retenerla no por su carga afectiva sino por su valor descriptivo: el JOMO no es una elección estética, es una redistribución energética que la propia vida impone.

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Lo interesante del asunto es que la formulación ya no habita solo en los manuales de psicología. Se ha filtrado con precisión al lenguaje coloquial y al espacio mediático. En junio de este año, el locutor Javi Nieves resumía la experiencia en un programa de Cadena 100 con una frase que ha resonado en decenas de conversaciones domésticas y que sintetiza mejor que cualquier tratado la vivencia interior del cambio: "el mayor lujo de una persona ya de mi edad es quedarse en casa, cenar en el sofá." Es una fórmula que la generación de sus oyentes reconoce por experiencia propia, sin necesidad de mediación clínica.

Los porqués de este cambio

Existen razones fisiológicas y biográficas que explican por qué esta transición ocurre casi siempre en la misma franja etaria. La sensibilidad neuronal a la novedad, el mecanismo dopaminérgico que en la juventud empuja al cerebro a buscar estímulos nuevos como recompensa intrínseca, se atenúa progresivamente a partir de la mediana edad. Al mismo tiempo, la capacidad de saborear los estímulos conocidos aumenta. Así, lo repetido deja de aburrir para volverse reconfortante. A esa recalibración biológica se le suma un cambio de contexto vital. A los cincuenta suele existir ya una vida social consolidada, un núcleo afectivo estable y una jerarquía de prioridades depurada por décadas de ensayo y error. En esas condiciones, la ausencia de un plan de sábado por la noche deja de leerse como una carencia y pasa a leerse como un espacio.

Marc Rodríguez, psicólogo especialista en inteligencia emocional, encuadra el fenómeno como una compensación cultural inevitable, afirmando que el JOMO es una respuesta natural y casi necesaria al FOMO que ha dominado la cultura de la última década. Es decir, no se trata de una moda pasajera. Es una recuperación silenciosa del margen para uno mismo que la aceleración digital y la comparación permanente habían erosionado sin permiso.