Cuando son los mayores de 65 los que se vuelven adictos al móvil: la pantalla como refugio
La transición de un uso intensivo a un uso problemático no se define por el número de horas de pantalla
Demuestran que el uso excesivo de las redes sociales tiene el mismo efecto que ser adicto a la cocaína o a la heroína
Más del 96% de los españoles mayores de 60 años usaban teléfono móvil ya en 2023, según el informe Envejecimiento en red del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. En la franja de 65 a 74 años, el 80% navegaba habitualmente por internet. Y la OCU confirmó en diciembre de 2025 que el smartphone es hoy el principal dispositivo de acceso a la red entre los mayores de 60. Los sénior más jóvenes se han instalado además en Facebook, Instagram y cada vez tienen mayor presencia en TikTok. La brecha digital que hace apenas una década era el gran problema de la relación entre la tercera edad y la tecnología prácticamente ha desaparecido. Ahora el problema, silenciosamente, se ha desplazado al lado opuesto.
María Quevedo, directora de tratamiento de la Clínica Recal, un centro especializado en adicciones, establece cuál es la frontera en este sentido: la transición de un uso intensivo a un uso problemático no se define por el número de horas de pantalla, sino por la aparición de pérdida de control, abstinencia, conflictos interpersonales y consecuencias negativas en la vida diaria.
De esta forma, pasar cuatro horas con el móvil no implica automáticamente dependencia. Ser incapaz de apartarlo cuando se ha decidido apartarlo, sí. Interrumpir constantemente las conversaciones presenciales con hijos o nietos para mirar la pantalla, sí. Abandonar aficiones cultivadas durante décadas, como el paseo diario, la partida semanal con los amigos, la clase de gimnasia… porque el teléfono absorbe el tiempo que antes ocupaban esas actividades, también.
La particularidad de esta dependencia en mayores es que rara vez responde a los mismos motores que impulsan el enganche digital en adolescentes o adultos jóvenes. Aquí no hay presión social del grupo de iguales, ni miedo a perderse contenido viral, ni construcción identitaria a través del propio perfil público. Lo que empuja al mayor hacia la pantalla son habitualmente otros motivos, como la soledad crónica que puede aparecer tras la jubilación, el aburrimiento de días sin rutina laboral, los procesos de duelo por la pérdida de la pareja o de amigos, la ansiedad no diagnosticada, la propia depresión larvada. El móvil actúa como refugio emocional frente a esos vacíos. Y ahí es precisamente cuando el remedio puede volverse enfermedad.
La distinción que lo cambia todo
Quevedo introduce un matiz que resulta crucial para el propio autodiagnóstico. Las llamadas y los mensajes con la familia, como hablar con los hijos, hacer videollamadas con los nietos o tener grupos de WhatsApp con los amigos de siempre, pueden reducir efectivamente la soledad y aliviar los síntomas depresivos. Son usos interactivos y relacionales del dispositivo.
El problema aparece con los usos pasivos y evitativos, como es el caso del consumo prolongado de vídeos cortos en TikTok o Instagram, el scroll infinito de contenido sin interacción real, las compras compulsivas por internet, el consumo de contenido adulto, las apuestas online. Estos comportamientos son los predictores más fuertes de sobrecarga digital y adicción en mayores de 60 años, mientras que el consumo de noticias o la comunicación familiar prácticamente no influyen en el riesgo.
La distinción es especialmente relevante para el entorno familiar que sospecha del uso problemático de un padre, una madre o un abuelo. Prohibir el móvil o restringirlo drásticamente rara vez funciona y suele generar el efecto contrario, activando resistencia, ocultación e incluso mayor consumo compensatorio. La estrategia que los profesionales recomiendan es distinta: hablar del asunto sin tono acusatorio, fijar acuerdos concretos sobre uso (por ejemplo, dejar el móvil fuera de la mesa durante las comidas familiares, apagarlo una hora antes de acostarse, no llevarlo durante los paseos vespertinos) y sustituir tiempo de pantalla por actividades que devuelvan sentido y movimiento a los días. Reemplazar tiempo de pantalla por 30 minutos diarios de actividad física reduce el uso problemático y mejora directamente la salud mental.
Reconociendo las señales antes de que se cronifiquen
Las señales de alerta que conviene identificar tempranamente son reconocibles sin necesidad de evaluación profesional:
- Interrupción constante de las conversaciones presenciales para mirar el móvil
- Abandono progresivo de pasatiempos que antes ocupaban espacio en la agenda
- Dificultad creciente para regular el propio tiempo de uso, con sesiones que empiezan como consultas breves y terminan horas después sin recuerdo claro de qué se ha estado haciendo
- Irritabilidad cuando alguien pide guardar el teléfono
- Deterioro de las relaciones interpersonales del propio hogar
Además, hay una señal especialmente indicativa: haber intentado reducir el uso sin conseguirlo.
La consideración cultural que sigue asociando la adicción exclusivamente a sustancias químicas dificulta que muchos mayores y sus familias identifiquen el problema como tal. Pero la adicción a la pantalla comparte los mismos mecanismos neurobiológicos que las adicciones clásicas, produce los mismos deterioros funcionales y responde a los mismos abordajes terapéuticos. Reconocerla es el primer paso para abordarla antes de que el refugio se convierta en cárcel.
