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Audrey Hepburn: "Ni se te ocurra tocar ninguna de esas arrugas; me he ganado cada una de ellas"

Audrey Hepburn y su trabajo con Unicef. UNICEF/UNI29034/PRESS
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En 1991, la revista estadounidense American Photo preparaba un número especial dedicado a celebridades y a las fotografías propias que cada una de esas personas elegía como su favorita. Le pidieron a Audrey Hepburn que seleccionara la suya. La actriz, que entonces tenía 62 años y llevaba tres como embajadora de buena voluntad de UNICEF, no eligió ninguna de las imágenes glamurosas de la era dorada de Hollywood que la habían convertido en icono internacional.

Tampoco escogió una foto de rodaje de Vacaciones en Roma ni una imagen promocional de Desayuno con diamantes. Ni siquiera se trataba de un retrato de Cecil Beaton o de Richard Avedon, los grandes fotógrafos que la habían inmortalizado en la década de los cincuenta. 

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Escogió una fotografía tomada por John Isaac, fotógrafo oficial de la ONU y su acompañante habitual en las misiones humanitarias, durante su primer viaje a Etiopía en 1988, en la que aparecía sosteniendo a un niño en un campo de refugiados. Cuando Isaac le preguntó si quería que retocara digitalmente las arrugas de su rostro antes de enviar la imagen a la revista, ella respondió con una frase que su hijo Sean Hepburn Ferrer ha recuperado en su biografía autorizada recientemente publicada: "Ni se te ocurra tocar ninguna de esas arrugas; me he ganado cada una de ellas".

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La segunda vida de Audrey Hepburn

Esta frase se enmarca en el contexto vital en el que la actriz la pronunció. Hepburn había cerrado prácticamente su carrera cinematográfica en 1976 con Robin y Marian, y había apartado el trabajo actoral desde entonces salvo por apariciones esporádicas. En 1988, con 59 años, aceptó el cargo de embajadora de buena voluntad de UNICEF y se embarcó en una segunda vida profesional que dedicó casi por completo al trabajo humanitario. 

Etiopía fue la primera de una serie de misiones que la llevaron a Sudán, Bangladesh, Vietnam, Kenia, Ecuador y, en septiembre de 1992, apenas cuatro meses antes de su muerte, a Somalia, un país que definió como "apocalíptico". Entre viaje y viaje, daba hasta quince entrevistas al día en Estados Unidos, Canadá y Europa para dar visibilidad a las crisis humanitarias que había presenciado sobre el terreno.

Las arrugas del rostro que se negó a retocar en aquella fotografía de 1991 eran arrugas ganadas literalmente en esos campos de refugiados, esos aeropuertos internacionales encadenados, esas noches sin dormir en tiendas de campaña, esos regresos a Suiza con las emociones intactas para poder contarlas al día siguiente ante cámaras y micrófonos. John Isaac, que la acompañó en aquellos tiempos como fotógrafo personal designado por UNICEF entre 1988 y 1993, recordó siempre su capacidad para acercarse sin reservas a los niños que otros adultos evitaban por instinto. Donde los demás mantenían distancia por miedo a las moscas o al contagio, ella se agachaba y los abrazaba directamente.

Una filosofía coherente hasta el final

El libro Audrey íntima: La biografía autorizada, publicado en abril de 2026 por su hijo Sean Hepburn Ferrer junto a la coautora Wendy Holden, dedica varias páginas a la posición de la actriz sobre el envejecimiento y la cirugía plástica. La actriz siempre dejó claro que cualquier sugerencia de intervención quirúrgica le resultaba anatema, porque honraba la historia de cada línea de su rostro. 

La coherencia recorría también su rutina personal. Practicaba una desintoxicación mensual de un par de días, rechazaba las dietas de moda, priorizaba el sueño como base de su bienestar, comía verduras y bebía agua en abundancia, y utilizaba yogur griego como mascarilla facial casera aprovechando el efecto exfoliante del ácido láctico. Como la mayoría de las grandes estrellas de su generación (Marilyn Monroe, Grace Kelly o Ava Gardner), visitaba al dermatólogo húngaro afincado en Nueva York Erno Laszlo para realizarse tratamientos cutáneos. Pero a diferencia de muchas contemporáneas, nunca recurrió a la cirugía estética.

Esta coherencia se mantuvo hasta el fin de sus días. En enero de 1990 recibió el Cecil B. DeMille Award de la Asociación de la Prensa Extranjera de Hollywood. En diciembre de 1992, el presidente estadounidense George H. W. Bush le entregó la Medalla Presidencial de la Libertad, la máxima distinción civil del país, por su trabajo humanitario con UNICEF. Un mes más tarde, el 20 de enero de 1993, murió en su casa de Tolochenaz, en el cantón suizo de Vaud, a los 63 años, víctima de un cáncer de apéndice diagnosticado apenas dos meses antes durante un viaje a Suiza tras la misión a Somalia. La Academia de Hollywood le concedió a título póstumo el Premio Humanitario Jean Hersholt en marzo de 1993, recogido por su hijo Sean en la ceremonia de los Oscar.

Treinta y tres años después de su muerte, la anécdota de las arrugas ha adquirido resonancia adicional en un momento cultural en el que la cirugía estética y los retoques digitales se han normalizado en la industria del entretenimiento y en las redes sociales. La frase que Audrey Hepburn dirigió a John Isaac aquella tarde de 1991 no fue un lema publicitario ni un manifiesto formal contra los cánones de belleza dominantes. Fue la reacción espontánea de una mujer de 62 años que había pasado los últimos tres viajando a los lugares más devastados del planeta y consideraba que las marcas físicas de aquellos años eran mérito propio, no defecto que se debiera corregir con Photoshop. Esa exigencia elemental sigue siendo probablemente su enseñanza más útil.