Hacer nuevos amigos se vuelve más difícil a partir de los 50 por motivos que van más allá de la falta de interés

Se necesitan 3 condiciones para que una amistad cuaje: proximidad física, interacciones repetidas y no planificadas y un contexto
Tener la agenda llena y sentirte solo: la contradicción que muchos descubren después de los 50
Imaginemos la situación: un profesional de cincuenta y cinco años se instala en una ciudad nueva por motivos laborales y quiere ampliar su círculo social más allá de la pareja y los pocos amigos de la infancia que aún conserva en la distancia. Sin embargo, con el paso de los meses descubre que sigue teniendo prácticamente los mismos contactos con los que llegó.
La explicación que suele darse a sí mismo pasa por la falta de tiempo, el cansancio acumulado o incluso una pérdida difusa de interés social relacionada con la edad. Las investigaciones sobre amistad adulta, sin embargo, vienen a demostrar desde hace años que ese diagnóstico es incompleto. La dificultad para hacer nuevos amigos después de los 50 responde a un conjunto de factores concretos que operan de manera coordinada y que ninguna cantidad de buena voluntad individual puede resolver aisladamente. Reconocerlos es el primer paso para actuar sobre ellos.
Tres condiciones que ya no se dan solas
El marco conceptual más útil para entender la situación lo formuló la socióloga estadounidense Rebecca G. Adams, cuya obra sobre relaciones intergeneracionales lleva décadas siendo referencia en el estudio de las amistades. Adams identificó tres condiciones sin las cuales una nueva amistad tiene muy pocas probabilidades de cuajar: proximidad física, interacciones repetidas y no planificadas, y un contexto que permita bajar la guardia y compartir cierta vulnerabilidad emocional.
Estas tres variables se daban de manera natural en el patio del colegio, en la universidad, en los primeros trabajos con jornadas prolongadas y en las primeras salidas nocturnas de la juventud. Después de los cincuenta, ninguna de las tres opera espontáneamente. La proximidad física se ha reducido porque el círculo laboral es más estrecho y estable. Las interacciones repetidas y no planificadas casi han desaparecido porque el calendario adulto está ocupado por reuniones programadas, y no por encuentros fortuitos. Y el contexto para compartir vulnerabilidad se ha vuelto excepcional, ya que los adultos de estas edades no charlan sobre lo que realmente les preocupa con desconocidos en un ascensor ni con vecinos casuales del gimnasio.

Horas de conversación que nadie regala
La segunda pieza del rompecabezas es cuantitativa. El investigador Jeffrey Hall, de la University of Kansas, publicó un estudio que estableció los umbrales aproximados de tiempo compartido que separan las distintas categorías de vínculo.
Pasar de desconocido a conocido casual requiere en torno a 50 horas de interacción. Consolidarse como amigo requiere aproximadamente 90 horas. Alcanzar la categoría de amigo íntimo exige más de 200 horas de conversación acumulada. De esta forma, si el candidato a nuevo amigo se conoce en un curso semanal de dos horas, se necesitarían 25 sesiones (que se traducirían en seis meses completos) para llegar apenas al umbral de amistad casual, y más de dos años para consolidar una amistad plena. La agenda adulta, atravesada por trabajo, cuidados familiares en dos direcciones y cansancio acumulado, no ofrece habitualmente esas horas ni ese margen de continuidad.
Eligiendo con juicio
A estos factores se añade un tercero, más específico de esta franja de edad. Los adultos, según recoge el psicólogo Bahsan, tienden a juzgar con considerable mayor severidad a los candidatos a nueva amistad de lo que hacían en la juventud. La política, la apariencia, la zona en la que vive el otro, la profesión, la marca del coche que conduce o los hijos que ha criado se convierten en filtros iniciales que reducen sensiblemente el universo de candidatos posibles.
El profesor Danu Anthony Stinson, de la Universidad de Waterloo, ha documentado además una lógica adicional: las personas que esperan aceptación se comportan con calidez y consecuentemente son aceptadas por otros, mientras que las que esperan rechazo se comportan con reserva y son en efecto rechazadas. Las expectativas de los propios adulto determinan, en buena medida, el resultado real.
Qué se puede hacer
La realidad es que hacer amigos a partir de ciertas edades supone cambiar la forma de pensar en ellas, al menos en tres sentidos:
- Abandonar el mito de que la amistad adulta debe surgir de forma espontánea. Como demostró un estudio ampliamente citado, cuando las personas veían la amistad como algo que ocurre sin esfuerzo, se sentían más solas años después. Cuando la percibían como un esfuerzo deliberado que exigía inversión de tiempo, se sentían menos solas.
- Identificar espacios de contacto recurrente fuera del ámbito laboral y sostener la presencia durante meses antes de esperar resultado.
- Tomar la iniciativa con más frecuencia de lo que resulta cómodo. La etapa intermedia entre el conocimiento superficial y la amistad consolidada es incómoda por definición, y el adulto español medio tiende a evitarla replegándose antes de que produzca el fruto esperable. Nombrar el proceso, dedicarle horas, moderar la exigencia inicial y aceptar el peaje del contacto sostenido es lo que separa a quien amplía efectivamente su círculo en la madurez de quien concluye, resignadamente, que a esta edad ya no se hacen amigos.

