NEUROBIOLOGÍA

Sonnenfeld, el neurobiólogo de la alegría: "Los seres humanos necesitamos un poco de estrés"

Cómo recuperar la alegría. Getty Images
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A Alfred Sonnenfeld, médico y teólogo (por muy alejado que parezca lo uno de lo otro), le pasa casi a diario, y lo cuenta medio en broma, medio en serio. Sale a pasear por Madrid o Barcelona y la gente tropieza con él sin verlo. Le pasa a él y nos pasa a todos. "La gente choca conmigo mirando su móvil constantemente", dice. Van por la acera, pero no están en la acera: "Está en un mundo virtual, que es el mundo digital, y eso conlleva una serie de problemas de salud".

De ese choque, literal y simbólico, nace su último libro, ‘Cómo recuperar la alegría’ (Espasa), en el que reflexiona desde la neurobiología y la espiritualidad sobre una sociedad cada día más conectada y a la vez más desconectada, sobre personas que cumplen en el día a día tanto laboral como familiar y social, pero al mismo tiempo se sienten más solas que nunca.

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Su tesis, después de décadas, es que la alegría no es cuestión de suerte ni de carácter, sino el resultado de cumplir unos cuantos requisitos que el cerebro necesita y que la vida moderna se empeña en pisotear. El primero empieza, precisamente, en ese paseo por cualquier gran ciudad y esa conexión que ha desaparecido.

El dato que más repiten las redes —los amigos, los seguidores, los contactos— es, para él, el que mejor esconde el problema. "Uno tiene cinco mil amigos en Facebook, muy bien, pero sufre de lo que yo llamo la soledad digital, que es una de las características de esta epidemia silenciosa de la que hablo en el libro", explica.

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Uno tiene 5.000 amigos en Facebook, muy bien, pero sufre de lo que yo llamo la soledad digital

El motivo, sostiene, no es moral sino biológico: "Se consideran solos porque les falta la vinculación real, y nuestro cerebro necesita vinculación. No es un capricho sentimental: es la manera en que está construido el órgano. Nuestro cerebro es social, es relacional por naturaleza: necesitamos buenas relaciones", asegura. Y para que se entienda hasta qué punto, recurre a una comparación muy de nuestro tiempo: "Tú puedes poner una inteligencia artificial una semana en un cuarto oscuro y no pasa nada. Pero nos ponen a ti o a mí y nos volvemos locos, porque necesitamos esa relación".

Tú puedes poner una inteligencia artificial una semana en un cuarto oscuro y no pasa nada. Pero nos ponen a ti o a mí y nos volvemos locos

De ahí que se rebele contra uno de los mitos más queridos de la cultura occidental, el del héroe que se basta a sí mismo. "Acuérdate del cuento de Robinson Crusoe, de Daniel Defoe. Es un invento de una persona, pero no corresponde para nada a la realidad. Ninguno de nosotros es un verso suelto, todos necesitamos contacto con los demás". 

Por todo ello, y sin ánimo de ser agorero, el doctor lanza un aviso que no es, ni mucho menos, menor: "En el año 2030, la mayoría de las enfermedades psíquicas y psiquiátricas que va a tener la gente joven procede de esta soledad digital".

El cerebro en alerta

Si el primer requisito de la alegría es el vínculo, el segundo es algo que suena casi antiguo: la calma. Sonnenfeld lo explica con un salto en el tiempo de miles de años. "Nosotros, en realidad, desde la evolución, somos seres de sabana. Estamos hechos para la tensión breve y la relajación larga. ¿Y qué pasa hoy? Pues que toda la gente está constantemente en estado de alarma. Está en estado de sobrevivencia, en alerta", argumenta.

Vivir con el acelerador pisado tiene un nombre y una factura. "Una de las cosas que nos está rompiendo es el estrés crónico", advierte. No habla del nerviosismo puntual, que considera necesario —"los seres humanos necesitamos un poco de estrés", matiza, recordando que quien más ha estudiado el tema, treinta años de trabajo desde Montreal, sostiene que una vida sin ningún estrés sería una vida apagada—. Habla del otro, del que no afloja: "El estrés crónico procede muchas veces de situaciones que me superan, que me hacen daño, porque no consigo gestionarlas".

Y pone un ejemplo que podría salir de cualquier oficina. Una empleada veterana a la que, de un día para otro, le cambia el jefe. "Solamente la presencia de ese trepa le produce a ella sarpullidos, extrasístoles, arritmias; tiene que tomar de repente siete pastillas al día por la presencia de una persona", relata para terminar de explicar que el precio lo paga el cerebro en su centro más delicado: "El estrés crónico causa mucho daño, sobre todo en el hipocampo, que es el encargado de la memoria y de las relaciones emocionales".

Pertenecer y ser libre

Llegados aquí, Sonnenfeld baja a lo esencial, al cimiento sobre el que se apoya todo el libro. "Al principio del libro hablo de dos necesidades constitutivas del ser humano, que son la pertenencia y la autonomía", dice.

La primera es la de formar parte de algo: "Necesitamos pertenecer a una familia, a un equipo de deporte, a un equipo de trabajo, ser reconocidos ahí". La segunda, la de gobernarse uno mismo: "Y lo mismo el ser libre, o sea, no ser un objeto de juego de otras personas, no ser manipulado, poder ir desarrollando tus posibilidades". 

Cuando las dos se dan a la vez, dice, aparece lo que andábamos buscando: "Eso te conduce a la alegría, porque eres respetado, porque eres querido, cosa que falta muchas veces hoy en día".

Hasta el amor lo explica con esa lógica: "¿Qué significa amar a una persona? Que yo quiero lo mejor para ti. ¿Y qué es lo que quiero yo para ti? Que desarrolles lo mejor posible tus potencialidades. Es decir, que hagas buen uso de tu libertad. Querer bien, en su definición, es querer que el otro sea más dueño de sí, no menos”.

Lo que saben los niños

Para encontrar la alegría en estado puro, Sonnenfeld propone algo tan sencillo como mirar a un niño pequeño jugando en el suelo: "Me encanta contemplar a los niños, de tres o cuatro años, que saben vivir en el presente. Ni en el pasado, que eso conduce a la melancolía, ni en el futuro, que conduce a la ilusión: ellos viven en el presente".

Ese estado tiene nombre, y él lo reivindica sin complejos: el juego, al que dedica un capítulo entero del libro. Lo llama por su contrario. "Es el homo ludens, que se puede contraponer al homo economicus, el que solamente está buscando cómo ganar más dinero", explica, antes de pedir sensatez. "No quiero decir que eso esté mal, pero hay que encontrar el equilibrio". Y advierte contra una metáfora que nos ha hecho mucho daño, la de ejercitar la mente como quien levanta pesas. 

El homo ludens se puede contraponer al homo economicus, el que solamente está buscando cómo ganar más dinero

"El cerebro no es un músculo. El cerebro lo que necesita es entusiasmo. Cuando una persona hace algo con entusiasmo es cuando se producen las sustancias mensajeras neuroplásticas, que equivalen a abono. Es como abonar el cerebro. Por eso los niños aprenden a la velocidad a la que aprenden. Sus neuronas se entusiasman treinta veces al día", zanja.

Los niños aprenden a la velocidad a la que aprenden porque sus neuronas se entusiasman treinta veces al día

Otro concepto que Sonnenfeld trata de un modo constante es la atención. "A lo que yo presto atención, eso vive", dice. Prestar atención de verdad —escuchar, entender, ponerse en el lugar del otro— es para él la puerta de la empatía y, de paso, del buen funcionamiento del cerebro. 

Pero no sólo de entusiasmo y atención vive el hombre. Necesita otras muchas cosas más. Entre ellas, silencio, algo que en esta época brilla casi por su ausencia y que Sonnenfeld echa de menos. "Me da mucha lástima cuando voy al bosque a correr un poco y veo que toda la gente lleva unos cascos para escuchar el podcast de turno o la música que sea. No saben inhalar el silencio", lamenta. No lo dice como un asceta, sino casi como un médico que receta. "El silencio es muy creativo", sostiene.

Me da mucha lástima cuando voy al bosque a correr un poco y veo que toda la gente lleva unos cascos

Debajo del silencio hay algo más hondo, que es la gran obsesión de toda su obra. "El cerebro necesita sentido, es un órgano que busca sentido", afirma. Ahí invoca al hombre que, para él, mejor lo encarnó: el psiquiatra Viktor Frankl, superviviente de los campos de concentración y padre de la logoterapia, al que admira sin reservas. "Es una persona que ha estado durante tres años en cuatro campos de concentración y lo ha superado. Él siempre hablaba del sentido de la vida".

Y es con una historia de Frankl con la que Sonnenfeld deja su receta más inesperada antes de finalizar la charla, la de que la alegría propia pasa, muchas veces, por ocuparse de la ajena. Un paciente hundido en la depresión acude a la consulta. El médico lo escucha y, en lugar de un fármaco, le da una indicación extraña. "Salga usted de su casa, atraviese las vías del ferrocarril, váyase lejos, y encuentre a una persona que le vaya peor que a usted, y ayúdele. Y vuelva, y después seguimos con la terapia". La moraleja podría firmarla cualquier abuelo, pero ahora la respalda la neurobiología: "En la medida en que yo hago algo bueno por los demás, estoy haciendo algo bueno por mí, me estoy ayudando".