Henrik Fexeus, experto en lenguaje no verbal, sobre cómo saber si tu pareja miente: “Lo de mirar a los ojos es un mito”
El mentalista sueco, autor de “El arte de leer la mente”, desmonta el mito de la mirada esquiva y propone algo menos espectacular que un polígrafo
José Luis Martín Ovejero, experto en detección de la mentira: "Si quieres saber si alguien miente, hazle muchas preguntas"
Un hijo esquiva la pregunta de dónde ha pasado la tarde. Uno de los miembros de una pareja explica el origen de un cargo inesperado en la cuenta y, mientras habla, empieza a tamborilear con los dedos sobre la mesa. La tentación inmediata es dar el engaño por hecho.
Henrik Fexeus, mentalista y autor de El arte de leer la mente (Planeta), aconseja lo contrario, que supone que antes que sentenciar, preguntar y hacerlo sin poner nombre a las emociones del otro. Propone una fórmula: “Me he dado cuenta de que mi pregunta te ha hecho empezar a tamborilear con los dedos, ¿a qué se debe? ¿Hay algo más que puedas contarme?”.
La ventaja, y la trampa, de conocer a alguien
Para Fexeus, gran parte de la detección de mentiras “consiste, en realidad, en percibir cambios en el comportamiento de alguien”, algo que resulta más sencillo de conseguir con quienes tratamos a diario. Esa familiaridad tiene su reverso, porque “puede que no queramos darnos cuenta de que alguien a quien queremos está mintiendo”. Sin embargo, el error que considera más frecuente no es pasar por alto una mentira, sino el exceso de convicción. Aquello de estar “completamente seguros de que realmente nos están mintiendo y de que conocemos el motivo de la mentira”. Los signos de estrés, recuerda, pueden tener cualquier otra causa.
Ni siquiera décadas de convivencia blindan ese juicio. “Diversos estudios han demostrado que las personas que llevan toda la vida juntas, en realidad, no se conocen mejor que las parejas que acaban de formarse”, sostiene. “Simplemente creen que sí”. Un trabajo de los psicólogos William Swann y Michael Gill, publicado en 1997 con parejas de novios y compañeros de habitación universitarios, apuntaba en esa dirección. La duración de la relación aumentaba la seguridad con que cada uno juzgaba al otro, pero no mejoraba de manera consistente su acierto.
El mito de la mirada
“Lo del contacto visual es un mito”, zanja Fexeus. Admite que las personas nerviosas apartan la vista, “pero el nerviosismo no equivale necesariamente a mentir”. Según él, algunos estudios sugieren incluso que quienes engañan mantienen más contacto visual de lo normal.
La investigación respalda esa idea. Samantha Mann, Aldert Vrij y su equipo estudiaron a 338 pasajeros de aeropuerto a los que se les pidió mentir o decir la verdad sobre su próximo viaje. Los que mentían buscaban la mirada del entrevistador de forma más deliberada, mientras que apartar la vista no distinguía a unos de otros. Un estudio posterior del mismo grupo halló dos motivos: convencer al interlocutor y vigilar si les estaban creyendo.
Moverse sin parar o tocarse la cara son, en su opinión, señales ligadas al estrés que nunca deben leerse por separado. Por ello, el mentalista recomienda buscar “conjuntos” de cuatro o cinco indicios distintos, por si a la persona “realmente la nariz le pica mucho”, y tratar cada uno “como pistas que te lleven a buscar más, nunca como pruebas definitivas”.
Lo que delatan las palabras
Más que en los gestos, Fexeus pide fijarse en el lenguaje. ¿La persona hace más pausas que antes o habla más deprisa? ¿Evita la palabra “yo” o salta del presente al pasado? “Todos estos son indicios de que esa persona está intentando distanciarse de lo que te está contando”. También desconfía de los relatos idénticos. Al volver a contar algo vivido, explica, solemos poner el énfasis en detalles algo distintos. Si una versión coincide palabra por palabra cada vez, lo probable es que esté ensayada. “Y rara vez necesitamos ensayar la verdad”.
El autor sostiene además que, cuando lo que se dice y lo que expresa el cuerpo no encajan, el mensaje no verbal “suele ser el que refleja la verdad”, porque buena parte de esa comunicación es subconsciente. Conviene tomar esa confianza con cautela.
Una conversación sin trampas
Por eso su consejo final no es afinar el olfato, sino hablar. “No tenemos que confiar demasiado en nuestra propia capacidad, ya que siempre podemos contrastar los hechos”, resume. El primer paso es crear “un espacio mental seguro”. Eso supone esperar si hay emociones intensas, porque la adrenalina y el cortisol “merman nuestro pensamiento racional”, y aclarar de entrada que la conversación no busca un castigo. También supone ceder parte del control con una pregunta tan simple como “¿Te parece bien hablar de esto?”. Si la respuesta es no, sugiere pedir al otro que fije un día y una hora.
Insiste en describir conductas y no sentimientos. Por ejemplo, decir “pareces incómodo” “podría resultar demasiado íntimo”. Y advierte que la reacción ante una verdad desagradable condiciona la siguiente confesión. “Si reacciono de forma muy negativa ante algo que me cuenta mi hijo, la próxima vez quizás se lo piense dos veces antes de volver a contármelo”. Cuando eso ocurre, propone retomar el tema, explicar por qué se reaccionó así y dejar claro que se prefiere saberlo a no saber nada.
Con los hijos adolescentes o adultos marca otro límite: notar que ocultan algo “no te da automáticamente el derecho a ‘ponerlos en un aprieto’”. Muchas veces, concluye, basta con señalar un gesto para que la persona que miente se sienta “descubierta” y diga la verdad. Y si no miente, la pregunta abre la puerta a hablar de por qué el tema le incomoda. “Puede que ni siquiera sea consciente de ello”.
