Cinco cosas que pensar antes si estás planeando vivir con tus amigos cuando os jubiléis
Compartir casa con los amigos en la jubilación es un plan cada vez más tentador frente a la soledad, pero que salga bien depende de cuestiones que conviene resolver antes de mudarse
Vivir con las amigas en el mismo edificio a partir de los 60: experiencias cohousing que han salido bien
En 1991, Aurora Moreno y Ana Rosa Pérez fundaron en Málaga, junto a otras personas, la cooperativa Los Milagros. Aquel grupo de 16 amigos y amigas dio origen al Residencial Santa Clara, considerado la primera cooperativa de mayores en régimen de cohousing de España. Más de tres décadas después, las dos siguen siendo vecinas, ahora con 86 y 87 años, en dos apartamentos unidos por una puerta interior. Su historia resume una idea que gana adeptos, la de envejecer con la gente que uno ha elegido.
El impulso tiene razones de peso. La soledad no deseada alcanza al 14,5 % de las personas de entre 65 y 74 años y al 20 % de las mayores de 75. En el 57,3 % de los casos, su causa principal es haber dejado de convivir con alguien. Pero entre la conversación de sobremesa con el clásico “¿y si acabamos todos viviendo juntos?” y una casa compartida hay un trecho largo. Estas son cinco cuestiones que conviene resolver antes de recorrerlo.
Una amistad no garantiza una buena convivencia
Llevarse bien en vacaciones no equivale a compartir el baño durante años. Quienes organizan convivencias entre mayores en Estados Unidos recomiendan hablar desde el principio de asuntos que pueden ser difíciles, como la política o la religión. También se aconseja fijar reuniones periódicas para tratar los roces antes de que crezcan, y establecer un periodo de prueba, por lo general de dos semanas, que permita a cualquiera echarse atrás sin dramas.
Stephanie Heacox, fundadora de Senior Homeshares, propone poner por escrito preguntas tan prosaicas como “¿con qué frecuencia hace falta lavar los platos?” o si las decisiones “se tomarán por consenso o por voto mayoritario”.
En los proyectos de cohousing españoles, el debate forma parte del método. Félix Martín, secretario general de Hispacoop, lo explica así: “Cuanto mejor se trabaje, más se debata, más cohesión de grupo habrá”. Y avisa de que no todas las personas pueden adaptarse a este modelo de convivencia.
De quién es la casa
La forma jurídica decide casi todo lo demás. Si varios amigos compran juntos una vivienda, se convierten en copropietarios, en lo que se conoce como proindiviso. El Código Civil presume que las cuotas son iguales “mientras no se pruebe lo contrario”, y las decisiones de administración se toman por mayoría de intereses, no de personas.
Además, hay otra cláusula importante: “Ningún copropietario estará obligado a permanecer en la comunidad”. Cada uno puede pedir en cualquier momento que se divida la cosa común, salvo que se haya firmado un pacto para mantenerla indivisa, que “no exceda de 10 años”, aunque es prorrogable.
Si se alquila entre todos, lo recomendable es un contrato detallado que implique a todos los convivientes. Los proyectos de cohousing suelen optar por cooperativas de viviendas en cesión de uso. En ellas, cada socio tiene derecho a un alojamiento propio y a los servicios comunes, pero la propiedad es de la cooperativa.
El dinero, claro desde el principio
Compartir abarata. Se dividen las facturas, la comida, el coche, la limpieza o los cuidados. Precisamente por eso conviene acordar de antemano cómo se reparten los gastos, si habrá un fondo común y quién paga el mantenimiento. En la copropiedad, la ley establece que cada partícipe contribuye a beneficios y cargas en proporción a su cuota, y que cualquiera puede obligar a los demás a pagar los gastos de conservación.
El cohousing exige además una inversión de entrada considerable: entre 100.000 y 250.000 euros, según el terreno y la construcción. A eso se suman cuotas mensuales de entre 350 y 900 euros para suministros y servicios comunes. También hace falta tiempo. Hispacoop calcula un periodo medio de maduración de unos 10 años, necesarios para trabajar la cohesión del grupo.
El día en que alguien necesite cuidados
Un plan de convivencia pensado a los 65 años tiene que prever los 85. En España, los residentes de un cohousing pueden quedarse hasta el final de sus días, a diferencia del modelo nórdico, donde quienes necesitan más cuidados pasan a una residencia. Algunos grupos lo planifican en dos fases. Laura Irigaray, presidenta de la asociación Lagungarri, describe la segunda: “En la zona común podremos estar todos juntos recibiendo una asistencia compartida las 24 horas”. Entre amigos que comparten un piso corriente, la pregunta es la misma, aunque los recursos sean menores. Hay que decidir quién cuida, quién paga a un profesional y si la vivienda sirve para alguien con movilidad reducida.
La puerta de salida
Toda convivencia necesita un plan para cuando termina. En una copropiedad, cada cuota puede transmitirse por herencia, de modo que los herederos de un amigo pueden convertirse en copropietarios y pedir la división. Si la vivienda no puede dividirse y no hay acuerdo, el juez puede ordenar una subasta, donde los precios suelen quedar muy por debajo del mercado. Los demás tienen derecho preferente para comprar la parte de quien quiere vender. En las cooperativas, el socio que se marcha suele recuperar su aportación, y el nuevo paga una cantidad similar. Qué pasa con la vivienda cuando un socio fallece depende de los estatutos de cada cooperativa.
