¿Y si envejecer juntos fuera la nueva forma de vivir?

Con una población cada vez más longeva, surgen nuevas formas de vivir la madurez en compañía y compartiendo espacios
"¿Asilo tradicional? No, gracias": cuatro alternativas de mujeres en Europa que se organizan para vivir juntas de mayores
Durante décadas hemos asociado hacerse mayor con una retirada progresiva. Primero se marchan los hijos, después se jubila uno, más tarde desaparecen algunos amigos, quizá muere la pareja y, casi sin darnos cuenta, la casa que durante años fue sinónimo de hogar puede convertirse en un lugar demasiado grande y demasiado silencioso. La paradoja es que nunca antes habíamos tenido tantas posibilidades de vivir muchos años con autonomía y, al mismo tiempo, nunca había sido tan necesario preguntarnos con quién queremos vivirlos.

La demografía alienta esa conversación. España tiene ya un 21,1% de población de 65 años o más y el Instituto Nacional de Estadística (INE) calcula que, si se mantienen las tendencias actuales, esa proporción llegará al 30,9% en 2076. No estamos ante un fenómeno pasajero ni ante una cuestión que afecte solo a los más mayores. Es el paisaje social en el que van a transcurrir las próximas décadas.
Cumplir 60, 65 o 70 años ya no significa necesariamente entrar en una etapa de dependencia. Para una parte creciente de la población significa disponer de tiempo, recursos, experiencia y ganas de seguir haciendo cosas. El problema es que nuestras viviendas y nuestras ciudades todavía están diseñadas en buena medida alrededor de un modelo de familia que ya no existe como antes.
La pregunta ya no es solamente dónde vivir cuando uno necesite ayuda. También es dónde vivir cuando todavía está perfectamente capacitado para decidir cómo quiere hacerlo. Porque vivir solo puede ser una elección estupenda, pero la soledad no deseada es otra cosa. Así que el debate sobre las nuevas formas de vivienda para mayores debería centrarse en crear entornos que faciliten relaciones significativas sin sacrificar la intimidad.
En ese sentido, una de las conclusiones más importantes del famoso Harvard Study of Adult Development, investigación longitudinal que comenzó en 1938 siguiendo a un grupo de hombres y que con el tiempo incorporó otras generaciones y participantes, apuntaba a la importancia de las relaciones satisfactorias para la salud y el bienestar.
También sabemos, a partir de otras investigaciones, que el aislamiento social y la falta de vínculos fuertes se relacionan con peores resultados de salud. Dicho de forma más sencilla, tener gente alrededor importa. Pero importa todavía más tener gente con la que uno pueda contar.
Cohousing, una vida compartida
Así es como surgen iniciativas como el cohousing senior, una fórmula en la que cada persona o pareja dispone de una vivienda privada y, al mismo tiempo, forma parte de una comunidad con espacios y servicios compartidos. No se trata de meter a varias personas en un mismo piso ni de convertir una residencia en algo más bonito. La gracia reside en vivir acompañado pero sin sentirse obligado a estarlo en todo momento.
La vivienda privada conserva su función esencial. Es el lugar donde uno duerme, recibe a sus amigos, ve la televisión, cocina si quiere y cierra la puerta cuando necesita estar solo. Alrededor aparecen espacios comunes que pueden incluir comedor, salón, jardín, lavandería, talleres, biblioteca o zonas para actividades. Y, sobre todo, aparece una comunidad que participa en la organización de la vida cotidiana.
En muchos de estos proyectos los residentes participan en la gestión, toman decisiones y acuerdan cómo quieren convivir. El cohousing se parece así menos a contratar una prestación y más a formar parte de una comunidad intencionada.
Coliving, más flexible y urbano
El cohousing no es exactamente coliving, que suele partir de una lógica más flexible y urbana. En esta fórmula se alquila una vivienda privada y se comparten determinados espacios y servicios. Es habitual que el operador gestione el edificio y que los residentes puedan entrar y salir con relativa facilidad.
No hay que confundir ninguno de los dos con una residencia de mayores. En una residencia, el edificio está organizado alrededor de la prestación de cuidados y servicios asistenciales. En un cohousing senior, la idea de partida es que las personas puedan seguir viviendo de manera autónoma dentro de una comunidad que les acompañe en el proceso de envejecer.
España ya tiene sus pioneros
No estamos hablando de una utopía importada de una película escandinava. España lleva más de una década experimentando con estas fórmulas. El primer cohousing español surgió en Málaga, en el año 2000, cuando un grupo de amigas del barrio de la Victoria se juntaron con un plan muy claro: envejecer juntas en comunidad, cómodamente, pero sin perder su independencia. Así nacía el Residencial Santa Clara.
Otro de los nombres imprescindibles es Trabensol, en Torremocha de Jarama, en Madrid. La cooperativa abrió sus puertas en 2013 después de que un grupo de personas que se conocían desde hacía años decidiera construir una alternativa para su propia vejez. Cada residente dispone de su alojamiento privado y existe un amplio conjunto de espacios y servicios comunes.
No son casos aislados. Estudios sobre el cohousing senior en España recogen experiencias como Puerto de la Luz, también en Málaga; Axuntase, en Asturias; Servimayor, en Extremadura; Convivir, en Cuenca; Profuturo, en Valladolid; La Muralleta, en Tarragona; o Los Girasoles en Gran Canaria; además de Finca Villa Rosita, en Torrelodones, y otros proyectos repartidos por distintas comunidades.

Y el mapa continúa creciendo. En Rincón de la Victoria, Málaga otra vez, el Centro Tartessos abrió sus puertas en 2025 como proyecto de cohousing senior y envejecimiento activo, concebido alrededor de la convivencia colaborativa y la lucha contra la soledad no deseada. El propio Ayuntamiento lo presenta como un proyecto pionero en el municipio.
En otros países llevan más tiempo
En el norte de Europa, estas fórmulas tienen una trayectoria más larga. El cohousing nació en Dinamarca y desde allí se extendió por otros países escandinavos, Alemania, Países Bajos y posteriormente Reino Unido y EEEUU.
Dinamarca ofrece numerosos ejemplos de comunidades residenciales para mayores, hasta el punto de que la organización filantrópica Realdania ha documentado diez proyectos de senior cohousing desarrollados con distintos socios, desde entidades de vivienda social hasta fondos de pensiones y promotores.
En Reino Unido destaca New Ground, en High Barnet, al norte de Londres. Es una comunidad creada por mujeres mayores de 50 años que comenzaron a imaginar juntas cómo querían vivir su vejez. El proyecto cuenta con viviendas privadas y espacios comunes y está gestionado por sus propias residentes.

En cualquier caso, el gran problema de estas iniciativas no es únicamente construir edificios, sino convencer a la gente de que la vejez se empieza a diseñar bastante antes de que llegue la dependencia. Quien espera a tener 78 años, una enfermedad o una viudedad para buscar una alternativa probablemente encontrará muchas menos opciones.
Los proyectos de cohousing necesitan grupos, planificación, suelo, financiación, acuerdos jurídicos y tiempo. En España, además, el acceso económico continúa siendo una barrera importante para algunos modelos. Por eso empieza a cobrar sentido imaginar estas comunidades para personas de 50, 55 o 60 años que todavía trabajan, viajan, cuidan de otros, tienen proyectos y no se sienten en absoluto mayores. Precisamente porque no se sienten mayores pueden decidir cómo quieren serlo.
La ciencia del envejecimiento lleva tiempo recordándonos que las relaciones importan. Y algunas comunidades llevan años intentando convertir esa evidencia en una forma concreta de vivir.
