Bienestar

Joan Garriga y sus siete transformaciones: "A los 50 aparece la crisis de si ya estoy viviendo la vida correcta"

El psicólogo y terapeuta Joan Garriga. (Rigden)
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Hay un momento, entre los 50 y los 60 años, en que la vida empieza a mirarse por el retrovisor. Se ha trabajado, se ha formado una familia, se ha alcanzado cierta estabilidad, y aun así asoma una pregunta incómoda: ¿y ahora qué? Joan Garriga, psicólogo, terapeuta Gestalt y uno de los fundadores del Institut Gestalt de Barcelona en 1985, conoce bien esa inquietud. Lleva décadas acompañando los cambios de otras personas, y en su nuevo libro, publicado por Rigden, la editorial que cofundó, propone una cartografía para atravesarlos.

Cambiar no es convertirse en otro

Para Garriga, no todo cambio transforma. “Hay cambios que sirven para apuntalar el ego o el yo que queremos ser, que en la vida tienen su sentido y su lugar, y hay cambios que cuestionan los pilares de la identidad que hemos construido y con suerte nos dejan más libres y abiertos a la vida”, explica. Esos pilares, añade, suelen venir “de las tramas familiares de nuestra infancia” y de los requerimientos culturales. Por eso define una transformación plena como el paso “de la esclavitud o de las cargas a más libertad”.

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Tampoco se trata de ser alguien distinto. “No se trata de ser alguien distinto sino de la aceptación plena de quienes somos verdaderamente”, sostiene. La gran transformación, resume, “es ponerse en coherencia y armonía con la verdad de uno”.

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De la ameba al no-yo

El libro recorre siete arquetipos, y Garriga los explica con un ejemplo. Todos somos amebas en origen, un latido que nace dentro de una trama familiar. Imaginemos una madre que perdió a la suya siendo niña y arrastra una tristeza profunda. Su hija, “por amor a su madre”, se especializa en cargar con esa tristeza, y de adulta repite el patrón cargando con los problemas de su pareja. “Este es el estadio del camello”. El búho llega cuando la persona trabaja terapéuticamente y se da cuenta de la trama que la ata. Entonces puede aparecer el león, que dice: “Yo no quiero estar en relaciones donde siempre tengo que cargar con los problemas de los demás”.

Después, a menudo tras una adversidad que derrumba esa identidad recién conquistada, surge el niño: un contacto “más amoroso, más inocente, más disponible para el momento presente”. De ahí nace la hormiga, el sentido de “pasar por la vida sirviendo a la vida”. El último estadio, el no-yo, lo alcanzan muy pocos: “morir antes de morir”, una meta de algunas tradiciones espirituales que significa “morir al yo para hacer espacio a una apertura mayor”.

La crisis de los 50

¿Por qué esa etapa remueve tanto? Garriga señala dos razones. La primera: “Tomamos conciencia de que ya hemos vivido una gran parte de nuestra vida, y aparecen las preguntas de si ya estoy viviendo o he vivido la vida correcta, la vida que merezco, la vida que necesito, la vida que quiero, o he vivido una vida que no me representa”. La segunda: “Uno mira hacia adelante y lo que ve es que la muerte no está tan lejos”. Y esa mirada, lejos de paralizar, puede liberar: “La muerte nos invita a estar más libres para disfrutar de cada momento que nos sigue regalando la vida”.

Tampoco el éxito apaga esa inquietud. “La sed no se calma sólo con el éxito humano”, advierte. Para él, la búsqueda es “hacia adentro”.

Huir no es transformarse

Cambiar de pareja, de trabajo o de ciudad puede ser una manera de no cambiar nada. Garriga pone el ejemplo de quien tiene un guion victimista: “Cambia de pareja, a veces para peor, y seguirá experimentando que no le dan lo que necesita”. Los cambios que confirman el guion, concluye, “no son verdaderas transformaciones”.

Con los que han cuidado de todos toda la vida, situación “muy común en mujeres”, es tajante: la pregunta que importa es “y yo qué necesito”. Y añade: “Sacrificar la propia vida por los demás es muy agresivo para uno mismo y es muy agresivo para los demás, aunque esté disfrazado de bondad”.

Lo mismo vale para quien, a los 60, sigue decidiendo para no decepcionar a unos padres que quizá ya no están. Garriga habla de “lealtades desdichadas y deslealtades dichosas”: “Si algo te hace feliz no importa si traicionas los mandatos familiares porque en el fondo lo que más profundamente desea la familia es que estés bien”. La culpa que aparece, dice, “es culpa buena, es culpa de desarrollo”.

Aceptar no es resignarse

Cuando alguien cambia, la pareja o la familia lo nota, porque se rompe un contrato no escrito. Unas parejas crecen juntas, otras se separan, “y la vida sigue”. Garriga distingue también entre aceptación y resignación: “La resignación es una postura antivida. La aceptación es un camino espinoso, sudoroso”, en el que se atraviesan el enojo, la impotencia y el dolor hasta poder “decir sí a lo que la vida ha querido”.

¿Y si alguien no sabe por dónde empezar? Su propuesta es ahondar en la incomodidad: “El primer movimiento es el reconocimiento del malestar, el reconocimiento de que queremos algo diferente y la disposición a explorar y a mirar”. ¿Y él, qué querría cambiar? “Ni quiero cambiar de casa, ni quiero cambiar mi situación afectiva, ni quiero cambiar nada con mis hijos. Sí me gustaría que el mundo fuera más amable”.