El Roque Nublo y otros monumentos naturales que demuestran la creatividad de la naturaleza
Estos monumentos naturales son testigos milenarios de la historia de la Tierra y destinos imprescindibles para explorar
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MadridA veces no hace falta ir a un museo para encontrarse ante una obra maestra. Es suficiente con caminar por un sendero de montaña, asomarse a un acantilado o levantar la vista frente a una roca solitaria para comprobar que la naturaleza es la artista más paciente y creativa que existe. A lo largo de millones de años, el fuego volcánico, el agua y el paso del tiempo ha dado forma a monumentos naturales que parecen diseñados para ser los más impresionantes del mundo.
Uno de los ejemplos más emblemáticos de esta creatividad geológica es el Roque Nublo, en Gran Canaria: un coloso pétreo que se eleva sobre el paisaje insular y que se ha convertido en símbolo identitario de la isla. Pero no es el único. España y otros rincones del mundo esconden formaciones naturales que parecen imposibles y que invitan tanto a la contemplación como a la reflexión sobre el poder de la Tierra.
Roque Nublo: el icono pétreo de Gran Canaria
Se encuentra a más de 1.800 metros de altitud, en el corazón de la isla, el Roque Nublo se alza como un gigantesco monolito de origen volcánico que domina la caldera de Tejeda, uno de los paisajes más sobrecogedores del archipiélago canario. Esta mole basáltica parece desafiar el equilibrio y la lógica con casi 80 metros de altura.
El Roque Nublo se formó hace millones de años a partir de materiales volcánicos solidificados que resistieron la erosión mejor que el entorno que los rodeaba, quedando aislados como testigos del pasado geológico de Gran Canaria.
Para los antiguos aborígenes canarios, el Roque Nublo no era solo una roca: era un lugar sagrado, su punto de referencia espiritual. Hoy, continúa conservando ese aura casi mística, sobre todo cuando las nubes se deslizan a sus pies y el monolito parece flotar sobre un mar de bruma.
Mediante senderos bien señalizados, se puede acceder a él para disfrutar del entorno con calma y entender por qué este lugar se considera uno de los grandes monumentos naturales de España.
Flysch de Zumaia: el libro de piedra del tiempo
En la costa vasca, el paisaje cambia radicalmente. En el Flysch de Zumaia, la naturaleza no se expresa con volcanes ni monolitos, lo hace con capas de roca superpuestas que parecen las páginas de un libro gigante.
Estas formaciones geológicas se pueden ver desde los acantilados entre Zumaia y Deba, y recogen millones de años de historia de la Tierra. Cada estrato corresponde a un período diferente, con cambios climáticos, extinciones masivas y transformaciones del planeta que quedan perfectamente registradas.
Geólogos de todo el mundo estudian este enclave porque permite leer la evolución del planeta en piedra.
La Ciudad Encantada: esculturas que parecen imposibles
En el interior de la península, la imaginación se dispara al recorrer la Ciudad Encantada, en Cuenca. Aquí, la erosión ha trabajado durante miles de años sobre la roca caliza, creando figuras que recuerdan animales, rostros humanos y objetos cotidianos.
El agua y el viento han sido los grandes escultores de este paisaje, dando lugar a un entorno que parece diseñado para estimular la fantasía. Por esto, no es casualidad que este lugar haya sido escenario de películas y reportajes: cada formación invita a ponerle nombre y forma.
La Ciudad Encantada es una demostración de que la creatividad natural puede ser divertida y casi humorística, como si la Tierra quisiera jugar con sus propios materiales.
Los Mallos de Riglos: verticalidad y vértigo
En la provincia de Huesca, los Mallos de Riglos se levantan como gigantescos muros de conglomerado rojizo que parecen brotar del suelo. Estas formaciones, de hasta 300 metros de altura, son el resultado de sedimentos acumulados y erosionados durante millones de años.
Su verticalidad extrema los ha convertido en un referente mundial para la escalada, pero también en un espectáculo visual incluso para quien los contempla desde abajo. Durante el atardecer, el color rojizo de la rosa se hace más intenso, creando una escena espectacular.
En esta ocasión, la creatividad de la naturaleza es mucho más dramática, con formas abruptas, sombras profundas y una sensación constante de pequeñez humana frente a las formaciones rocosas.
Las Bardenas Reales: un desierto esculpido por el viento
En el sureste de Navarra se encuentra uno de los paisajes más inesperados de la península: Bardenas Reales. Se trata de un territorio semidesértico, declarado Reserva de la Biosfera por la UNESCO, que parece sacado de otro planeta. Barrancos, mesetas erosionadas y formas caprichosas componen un escenario donde el viento y el agua han sido los artistas incansables.
La singularidad de las Bardenas reside en su aparente austeridad: no hay grandes montañas ni masas forestales, pero sí una sucesión de relieves que cambian de color y textura con la luz del día. La erosión diferencial sobre arcillas, yesos y areniscas ha creado un paisaje vivo, en constante transformación, que es una demostración de cómo la naturaleza puede crear belleza incluso en condiciones extremas. Caminar por este entorno es entender que la creatividad natural no siempre es exuberante, puede ser minimalista y poderosa.
