AYUDAS INSUFICIENTES

Veinte años de la ley de dependencia: ¿por qué 3 de cada 4 mayores dependientes no reciben la ayuda?

apertura 20 años ley dependencia
Se tarda de media casi un año en recibir los servicios o prestaciones prescritas.. (Magnific)
Compartir

La Ley de Dependencia cumple 20 años con un balance agridulce. Fue una de las grandes promesas sociales de este siglo: reconocer que las personas que no pueden valerse por sí mismas tienen derecho a recibir apoyos públicos. Dicho de otra forma, que cuidar no debía ser solo un asunto de familia, de hijas, de esposas o de quien buenamente pudiera hacerse cargo. Debía convertirse en el cuarto pilar del Estado del bienestar, junto a la sanidad, la educación y las pensiones.

apertura 20 años ley dependencia
PUEDE INTERESARTE

El informe

Dos décadas después, el sistema existe, ha crecido y atiende a más personas que nunca. Pero sigue sin llegar a todos los que lo necesitan. El CNIE, Centro nacional de Investigación sobre Envejecimiento, acaba de publicar el informe El Derecho al Cuidado y la Economía de los Cuidados en España. Está elaborado entre otros por Nacho Álvarez, que fue secretario de Estado de Servicios Sociales y que dispone de información de primera mano al respecto, porque entre sus responsabilidades estaba analizar y desarrollar el sistema de atención a la dependencia.

El informe concluye con una cifra que llama la atención: cerca de tres de cada cuatro personas mayores de 65 años que declaran tener alguna limitación para las actividades básicas de la vida diaria no reciben atención efectiva del Sistema para la Autonomía y Atención a la Dependencia, el conocido SAAD. Incluso entre quienes tienen limitaciones severas, dos de cada tres carecen de un apoyo público adecuado.

PUEDE INTERESARTE

“Es descorazonador”, explica José Manuel Ramírez, presidente de la Asociación Estatal de Directoras y Gerentes en Servicios Sociales. “Llevamos 20 años con un sistema de atención a la dependencia low cost en España, y con el ritmo actual se tardarían 94 años en lograr la plena atención”.

La ley, aprobada el 14 de diciembre de 2006, supuso un antes y un después. Por primera vez se reconocía un derecho subjetivo a recibir atención en caso de dependencia, ni una ayuda, ni caridad, ni un favor administrativo: era un derecho. Sin embargo, el informe advierte de que el sistema ha permanecido “estructuralmente infra desarrollado”. Persisten déficits en la oferta de servicios, plazos administrativos largos, listas de espera y una financiación insuficiente. Además, el acceso real a los cuidados depende todavía demasiado del lugar donde se viva.

También hay avances. A finales de 2025, el SAAD atendía a más de 1,6 millones de personas y superaba los 2,27 millones de prestaciones. El llamado “limbo de la dependencia” —personas con grado reconocido, pero sin prestación— se ha reducido más de un 70% entre 2015 y 2025. El sistema, por tanto, funciona mejor que hace diez años. Pero funciona tarde, funciona de forma desigual y, sobre todo, no funciona para una parte enorme de quienes necesitan ayuda.

Insuficiente

El problema está en la distancia entre el derecho escrito en el BOE y el derecho que llega a casa. Una persona puede tener reconocida una situación de dependencia, pero esperar meses para la valoración, para el programa individual de atención o para recibir finalmente una prestación. En algunos territorios, señala el informe, los plazos superan ampliamente el año. Y cuando la necesidad es levantarse de la cama, asearse, comer, vestirse o no pasar el día solo, esperar un año es tener la vida de una familia bloqueada durante un año.

El informe utiliza un concepto para medir esta grieta: la brecha de cuidados. La brecha absoluta son las personas con necesidades que no reciben apoyos públicos. La brecha relativa la abren quienes sí reciben algo, pero no lo suficiente. Porque también hay dependientes con ayuda a domicilio de pocas horas, prestaciones económicas que no cubren el coste real del cuidado o servicios que no se adaptan a lo que la persona necesita.

De hecho, entre quienes sí reciben apoyos del SAAD, el 28% considera que los cuidados que recibe son insuficientes. El porcentaje sube hasta el 40% entre quienes solo reciben cuidados formales. Es decir, no basta con aparecer en la estadística como beneficiario. La pregunta clave es si esa ayuda permite vivir con dignidad. Para José Manuel Ramírez, “el sistema actual es en gran medida percibido como equivocado e insuficiente por las personas mayores y sus familias. la Ley de Dependencia ha sufrido muchas vicisitudes y, en parte, es una ley fallida”.

La familia cuidadora

Cuando el sistema público no llega, cuida la familia. Y en la mayoría de los casos, cuidan las mujeres. El informe subraya que la falta de servicios públicos desplaza buena parte de la carga al ámbito familiar e informal. Más del 95% de las personas con dependencia reconocida recibe cuidados informales, generalmente de familiares o trabajadoras del hogar. Entre los cuidadores principales, las hijas y las parejas femeninas suman el 41,2%, frente al 25,8% de hijos y parejas masculinas.

Ese cuidado tiene un valor económico enorme, aunque no aparezca en una nómina. El estudio estima que los cuidados informales de larga duración equivalen al 3,6%–4,7% del PIB español, según el método de coste de reemplazo. Si todas esas horas salieran a la economía formal, equivaldrían a millones de jornadas de trabajo. Pero hoy siguen descansando, en gran medida, sobre la espalda de las familias.

Salarios

También hay un problema laboral. Los cuidados son un sector esencial, pero con condiciones muy mejorables. El 87% de las personas empleadas en cuidados son mujeres. La temporalidad alcanza el 23% y la parcialidad el 35,6%, muy por encima del conjunto de la economía. Además, el salario medio del sector se sitúa entre un 35% y un 45% por debajo del salario medio nacional.

La cuestión de fondo es si España quiere seguir tratando la dependencia como un gasto o como una inversión. En 2023, un gasto inicial de 10.623 millones de euros en prestaciones de dependencia generó un impacto total sobre el PIB de 17.260 millones. Es decir, un multiplicador cercano a 1,6. Además, por cada euro público gastado en cuidados de larga duración, las administraciones recuperan 49 céntimos vía impuestos y cotizaciones.

Decisiones

El reto se va a hacer enorme. España vive más años, y eso es una gran noticia. Pero vivir más exige organizar mejor los apoyos cuando llega la dependencia. Mantener constante el peso de la inversión en dependencia sobre el PIB sería insuficiente y aumentaría la brecha de cuidados. Para avanzar hacia una cobertura universal y reforzar los servicios domiciliarios y comunitarios, la inversión pública debería crecer de forma sostenida hasta 2030. Para Ramírez, “España está rozando, si acaso, siendo generoso en el redondeo, un 0,8% del PIB en gasto público en dependencia, frente al 1,8% de media de la UE. Tenemos que hacer una apuesta como país de invertir en este ámbito”.

Veinte años después, la Ley de Dependencia ha demostrado que era necesaria. Pero también ha dejado claro que reconocer un derecho no basta. Hay que financiarlo, gestionarlo a tiempo y garantizar que llegue con intensidad suficiente. Porque la dependencia no espera a que la Administración resuelva. Y porque cuidar, en una sociedad envejecida, ya no puede seguir siendo una tarea invisible que se arregla en silencio dentro de casa.