Mi madre necesita cuidados en casa y no los quiere: ¿cómo la convenzo?
La experta en terapia familiar sistémica Amelia García nos da las pautas para conseguir que acepte ayuda sin sentir que pierde el control de su vida
El mensaje principal es que con apoyos tendrá más oportunidades de seguir disfrutando de las cosas que le gustan, y que los apoyos son una ventaja más que una renuncia
Una hija llega a visitar a su madre y la encuentra desaseada. Le hace falta teñirse y cortarse el pelo. La ropa de estar por casa luce varios lamparones. La nevera está medio vacía y guarda un plato de comida que huele mal. Las pastillas no cuadran y algunos rincones del baño esconden más suciedad de lo normal. Ella lo ve claro, hace tiempo que lo ve claro, a su madre le hace falta ayuda en casa. Pero se teme las respuestas si vuelve a sacar el tema: “Yo puedo sola”, “no quiero a nadie extraño aquí”, “no soy una inútil” o “lo que pasa es que me queréis quitar de en medio”.
Así empieza uno de los conflictos más delicados del cuidado familiar. Un dilema entre intervenir en la vida de tu madre o dejar que la cosa siga deteriorándose, hasta que ocurra un accidente que obligue a tomar decisiones.
Para la madre se trata de una rendición, la primera renuncia a su independencia, a su libertad. Y no es fácil de asumir. Para la familia supone el primer paso en tomar las riendas de un proceso de cuidados que puede ser largo e imprevisible.
Hemos acudido a la psicóloga y terapeuta ocupacional Amelia García, experta en terapia familiar sistémica, para que nos dé algunas pautas que ayuden a lidiar con el dilema.
El enfoque
“Desde mi punto de vista no se trata tanto de cómo convenzo a mi madre, como si hubiera que ganarle una discusión, sino de cómo la acompaño para que acepte ayuda sin sentir que pierde el control de su vida. El protagonismo debe ser de la madre y hay que hacerle sentir que es su decisión”, explica la experta.
Para Amelia, cuando una persona mayor rechaza cuidados, no siempre lo hace por cabezonería. “A veces hay miedo a perder independencia, a que los hijos decidan por ella, a que una desconocida entre en su casa, toque sus cosas o vea sus limitaciones. También puede haber vergüenza. Nadie quiere reconocer que ya no puede limpiar como antes, que se le olvida apagar el fuego o que necesita ayuda para ducharse”, cuenta Amelia.
Por eso conviene evitar los mensajes que suenan a sentencia. “Decir mamá, tú ya no puedes vivir sola suele cerrar puertas. No está ofreciendo una solución, estás amenazando. Es más eficaz empezar por lo concreto, por ejemplo, diciéndole “he visto que la compra se te hace pesada”, “me preocupa que te puedas caer en la ducha”, “me quedo más tranquilo si alguien viene un rato a ayudarte”.
Elegir las palabras
El lenguaje importa. “Yo no emplearía de primeras la palabra “cuidadora”, sostiene Amelia, porque puede activar todas las alarmas. Se puede empezar por “una persona que venga a echar una mano”, “alguien que te ayude con la compra” o “un apoyo para que no tengas que hacerlo todo sola”. No se trata de engañar, sino de presentar la ayuda de una forma menos amenazante”.
La psicoterapeuta recomienda plantearlo como una prueba, no como una decisión irreversible. “Vamos a probar un mes y luego lo hablamos”. “Si no estás cómoda, buscamos otra opción”. “Tú decides qué días y qué tareas”. Lo peor es que todo llegue decidido: la persona, los horarios, las tareas y hasta la llave de casa. “Yo lo viviría como una invasión”, dice Amelia.
Conviene también cambiar el reproche por la preocupación. No es lo mismo decir “no haces caso a nadie” que “me asusta que te pase algo y no estés acompañada”. No es lo mismo “tienes la casa fatal” que “me gustaría que no cargaras tú sola con todo esto”. No debe plantearse el tema como una pérdida de poder, sino como una forma de seguir viviendo en casa con más seguridad.
El argumento más potente es que aceptar ayuda no significa perder independencia. Muchas veces significa conservarla. “Tu madre es consciente de que está perdiendo autonomía, y es preciso hacerle comprender que si recibe apoyo unas horas al día puede seguir en su domicilio, mantener sus rutinas, salir a pasear, comer mejor y reducir riesgos. Y si no, puede tener una caída, o llevarse un susto que no desea nadie”.
Poco a poco
La entrada de ayuda en el hogar debe ser gradual. Muchas familias quieren resolverlo todo de golpe porque llevan meses acumulando preocupación. Pero la madre no vive el proceso a la misma velocidad. Quizá para los hijos es evidente que necesita ayuda para asearse, comer bien, ordenar la casa y tomar la medicación. Para ella, aceptar todo eso de golpe puede ser insoportable.
“Suele funcionar mejor empezar por tareas que no hieren tanto el orgullo. La limpieza, la compra, la comida, el acompañamiento al médico o los recados son puertas de entrada más fáciles que la higiene personal. Una persona mayor puede rechazar que alguien la ayude a ducharse, pero aceptar que le suban las bolsas de la compra. Puede negarse a una “cuidadora”, pero aceptar a alguien que le prepare unas lentejas o la acompañe al centro de salud”, cuenta la experta.
Elección compartida
Es importante que la persona mayor participe en la elección. Que pueda conocer antes a quien va a entrar en su casa. Que opine sobre los días. Que marque los límites sobre qué cajones no se abren, qué habitaciones no se tocan, qué cosas prefiere seguir haciendo ella. Es su casa. Y mientras tenga capacidad para decidir, debe seguir decidiendo.
También es útil buscar aliados. A veces una madre escucha mejor a su médica de familia, a una enfermera, a una trabajadora social, a una vecina de confianza o a una amiga que ya tiene ayuda en casa. No porque quiera menos a sus hijos, sino porque con ellos hay demasiada carga emocional. Si la recomendación viene de un profesional o de alguien de su edad, puede aceptarla con menos sensación de derrota.
Estar prevenidos
Los servicios sociales municipales pueden orientar sobre ayuda a domicilio, teleasistencia, valoración de dependencia, centros de día o prestaciones económicas. No hace falta esperar a estar en una situación límite para pedir información. La teleasistencia puede ser una primera medida menos invasiva: un botón de emergencia o llamadas de seguimiento ofrecen tranquilidad sin que la persona sienta que alguien invade su espacio.
Pedir la valoración de la ley de dependencia ayuda a avanzar en un proceso que dura entre seis meses y dos años según las CCAA, por lo que es conveniente hacerlo cuanto antes, como prevención a lo que pueda venir en el futuro.
Tomar decisiones
Pero hay momentos en que hay que tomar decisiones difíciles. “Hay situaciones en las que la familia debe actuar con más firmeza. Si hay caídas frecuentes, desorientación, olvidos graves de medicación, malnutrición, riesgo de incendio, aislamiento extremo o síntomas claros de deterioro cognitivo, estamos hablando de seguridad. Y hay que actuar”, dice Amelia.
Imponer puede ser necesario en algunos momentos, pero incluso entonces hay que cuidar las formas. “La dignidad de la persona mayor debe estar en el centro. Eso implica explicarle lo que ocurre, escuchar su miedo, darle opciones cuando sea posible y no tratarla como si fuera una niña. Ser mayor, estar frágil o necesitar ayuda no borra una biografía entera”, asegura.
Paciencia
La conversación ideal no ocurre una sola vez. Lo normal es avanzar poco a poco, con muchas idas y vueltas. La paciencia forma parte del proceso. No se trata de convencer, se trata de acompañar, de sentarse a hablar sin prisas, reconocer el miedo de quien envejece y también el miedo de quien cuida. Es pactar pequeñas soluciones antes de que llegue una gran crisis.
“Parece de Perogrullo decirlo, pero una madre no deja de ser madre porque necesite ayuda. Sigue siendo una persona adulta, con su historia, su carácter, sus gustos y tiene derecho a decidir sobre su vida. El objetivo es que pueda vivir tranquila, con dignidad, con seguridad y con la mayor libertad posible. El mensaje que deberíamos transmitirle es que con apoyos su vida va a ser más rica, que tendrá más oportunidades de seguir disfrutando de las cosas que le gustan, y que los apoyos son una ventaja más que una renuncia”, concluye Amelia.
