Bienestar

El sencillo hábito diario que podría reducir a la mitad el riesgo de deterioro cognitivo

Adulto caminando por el parque
La velocidad a la que caminamos dice mucho sobre cómo envejecemos. Getty Images
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Hay un gesto cotidiano al que solemos prestar poca atención y que, sin embargo, puede decir mucho sobre cómo envejecemos. Es la velocidad a la que caminamos. No se trata de hacer kilómetros ni de convertir el paseo en una sesión deportiva extenuante. Se trata, sencillamente, de conservar la capacidad de caminar con agilidad.

Un nuevo estudio publicado en Neurology aporta una razón de peso para tomarse en serio ese indicador. Los investigadores analizaron a casi 4.000 personas de 80 años o más y observaron que quienes caminaban excepcionalmente rápido presentaban aproximadamente la mitad de riesgo de desarrollar deterioro cognitivo que quienes tenían una velocidad de marcha más baja. El riesgo estimado fue un 51% menor, con un hazard ratio de 0,49.

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El trabajo, titulado 'Cognitive Aging and Brain Health. A Comparison of Super Movers vs Nonsuper Movers', introduce una expresión tan llamativa como descriptiva, los investigadores llaman super movers a las personas de 80 años o más cuya velocidad de marcha se sitúa al menos 1,5 desviaciones estándar por encima de la media correspondiente a su edad y sexo. No estamos, por tanto, ante personas que simplemente salen a pasear. Son adultos muy mayores que conservan una capacidad de desplazamiento especialmente buena.

El paseo rápido como termómetro del envejecimiento

El estudio utilizó datos procedentes de varias grandes cohortes internacionales. En una de ellas, con 3.989 participantes y una edad media al inicio situada alrededor de los 84 años, los super movers presentaron un riesgo significativamente menor de desarrollar deterioro cognitivo durante los años de seguimiento. En otro grupo de participantes, los investigadores pudieron observar además que quienes caminaban más deprisa experimentaban un deterioro más lento tanto de la memoria como de otras funciones cognitivas.

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Las imágenes cerebrales aportaron otra pieza interesante al rompecabezas. En el estudio LonGenity, las personas con una marcha especialmente rápida conservaron un mayor volumen en determinadas regiones del hipocampo, una estructura cerebral fundamental para la memoria y el aprendizaje.

En cualquier caso, el estudio es observacional y retrospectivo. Eso significa que identifica una asociación, pero no permite afirmar que aumentar deliberadamente la velocidad al caminar vaya a producir una reducción del 51% en el riesgo de deterioro cognitivo. Es perfectamente posible que una buena velocidad de marcha sea, en parte, una manifestación de un organismo que ya está envejeciendo de forma más saludable.

La salud cardiovascular, la fuerza muscular, el equilibrio, el estado neurológico, la ausencia de enfermedades crónicas importantes y un estilo de vida físicamente activo pueden contribuir simultáneamente a que una persona camine rápido y conserve mejor sus capacidades cognitivas.

Pero lo cierto es que este nuevo estudio no aparece aislado. Una investigación publicada en Journal of the American Geriatrics Society siguió a 3.932 adultos de 60 años o más pertenecientes al English Longitudinal Study of Ageing. Quienes presentaban una velocidad de marcha más elevada al comienzo del seguimiento tenían un riesgo considerablemente menor de desarrollar demencia.

El hazard ratio fue de 0,36, lo que equivale a una asociación con un riesgo aproximadamente un 64% inferior respecto a los participantes con velocidades más lentas. Además, quienes experimentaban un mayor descenso de su velocidad de marcha tenían posteriormente un mayor riesgo de demencia.

Otro estudio, mucho más amplio, refuerza la asociación. Investigadores que analizaron datos de 495.700 participantes del UK Biobank encontraron que, frente a quienes declaraban caminar despacio, aquellos que describían su ritmo como medio o rápido presentaban un riesgo menor de desarrollar demencia durante una mediana de 12 años de seguimiento. Para el ritmo rápido, el hazard ratio fue de 0,59. La combinación de una marcha rápida y una mayor fuerza de prensión se asoció con un riesgo todavía menor.

La magnitud de estos resultados es llamativa, pero vuelve a aparecer la misma cautela. Son estudios observacionales. No permiten concluir que acelerar el paso vaya a prevenir la demencia por sí solo.

Y caminar, además, parece importar

No solo importa la velocidad, sino mantener una vida físicamente activa. Un análisis conjunto de diez cohortes internacionales, con casi 12.000 participantes, estudió la relación entre actividad física durante la vejez y aparición de demencia. El riesgo disminuyó conforme aumentaba la actividad hasta aproximadamente entre 3,1 y 6 horas semanales.

En ese intervalo, el hazard ratio frente a no realizar actividad física fue de 0,68, es decir, una asociación con un riesgo aproximadamente un 32% menor. Por encima de ese nivel, el beneficio dejó de aumentar claramente.

Este resultado ofrece una perspectiva más sensata que perseguir una cifra mágica de pasos o una velocidad concreta. El cerebro parece beneficiarse de que el cuerpo se mantenga activo de forma habitual, y caminar es probablemente una de las formas más sencillas, accesibles y sostenibles de conseguirlo.

¿Qué significa entonces caminar rápido?

Para una persona sana de más de 50 años, el mensaje práctico no debería ser intentar caminar como si tuviera prisa constantemente. Mucho menos competir con otros caminantes. Una buena referencia es el llamado paso ligero, aquel que aumenta la respiración y la frecuencia cardiaca pero permite mantener una conversación. Puede incorporarse a los paseos cotidianos en intervalos de unos minutos, siempre adaptándolo a la condición física y a posibles limitaciones articulares, cardiovasculares o neurológicas.

Y hay una estrategia todavía más sencilla. Si actualmente se camina despacio, intentar conservar o recuperar la capacidad de acelerar el paso con seguridad puede ser un objetivo saludable.