Carmen Lanchares, periodista: “Estamos cayendo en una obsesión por el autocuidado que nos amarga la existencia”
“A partir de los 50 o 60 años, puede producirse una curva ascendente de bienestar mental. Quizá porque empiezas a poner muchas cosas en perspectiva”
“La gente dice que quiere vivir 150 años, en realidad quiere tener 30 durante 150 años. Y eso biológicamente no es posible”
Carmen Lanchares fue directora de belleza de Vogue durante 22 años y ha vivido en primera persona lo que es hacerse mayor en un entorno donde la juventud manda. Desde la atalaya de sus 63 años habla de la enfermedad de su madre, de la cara oculta del envejecimiento y de las dificultades de transitar de la vida laboral a la jubilación sin brújula y sin red.
Acaba de publicar El tiempo a nuestro favor, (Edasa) una visión positiva pero crítica del proceso de envejecer y de las cosas que se quedan fuera del discurso políticamente correcto.
Tú vienes del mundo de la belleza. ¿Seguimos confundiendo envejecer bien con parecer más joven?
Un poco sí. Nuestra apariencia es nuestra carta de presentación ante los demás. Durante muchos años, en el imaginario popular, envejecer significaba tener arrugas. Eso no ha desaparecido por completo, pero en la ecuación de la belleza ha entrado un nuevo factor: el bienestar. Ya no se trata solamente de verte bien, sino también de sentirte bien. Y ahí entra el cuidarse y sentirse con salud. Ambas cosas van un poco en paralelo.
En los últimos años se habla muchísimo de longevidad, de mantenerse en forma, de hacerlo todo bien. ¿No estamos cayendo en cierta obsesión?
Cierta no: mucha. Estamos cayendo en una dinámica un poco dictatorial. Hay incluso un término acuñado, “salutismo”. Estamos tan preocupados por hacerlo todo bien que nos olvidamos de que es imposible. No nos da la vida, ni el tiempo y, muchas veces, tampoco los recursos. Las redes sociales fomentan muchísimo esos mensajes: tienes que hacer esto, dejar de hacer aquello, comer de una determinada manera, hacer ejercicio, dormir bien…
Y todo para ganar cinco o siete años, y con muchas incertidumbres. Hay una parte genética y otra ambiental, y tampoco podemos controlar completamente esa influencia exterior. Nadie nos asegura que vayamos a vivir más solo por hacer exactamente todo lo que se nos dice. Al final, esa obsesión por el autocuidado puede amargarnos la existencia. Nos genera estrés, se dispara el cortisol y eso también nos envejece. Es una paradoja.
¿Existe además el riesgo de culpabilizar a quien envejece peor?
Sí. Y no solo de que la sociedad nos culpabilice, sino de que uno mismo se auto culpabilice. Cuando haces algo que supuestamente no deberías hacer, aparece esa vocecita interior diciendo: “Esto no lo tendrías que hacer”.
A mí me gusta la mantequilla y la mermelada. ¿Qué le voy a hacer? Sé que no es lo más sano del mundo. Intento compensarlo con otras cosas, no sé si se compensa o no, pero el sentimiento de culpa no es bueno para nada. La culpa genera ansiedad y la ansiedad también nos perjudica.
¿Tienes miedo a envejecer?
Sí. Creo que tenemos más miedo al envejecimiento que a la muerte. Ahora hay muchos gurús y muchos mensajes en redes que intentan romantizar el envejecimiento, como si fuera todo maravilloso. Y no lo es. Envejecer lleva asociados una serie de procesos biológicos y aumenta el riesgo de determinadas enfermedades y deterioros.
A mí lo que me da miedo es la enfermedad. Todos conocemos casos de deterioro cognitivo o funcional. También vemos personas con 80 y tantos años que están pletóricas, claro. Pero lo que me da miedo del envejecimiento es esa mayor probabilidad de enfermedad. La arruga ya me da bastante igual.
Seamos sinceros, envejecer es una mierda.
Sí. En muchos casos sí. Pero una cosa que me sorprendió mucho mientras escribía el libro fue la famosa curva de la felicidad. Cuando eres joven piensas que envejecer es algo terrible. Sin embargo, los estudios muestran que, a partir de los 50 o 60 años, puede producirse una curva ascendente de bienestar mental. Quizá porque empiezas a poner muchas cosas en perspectiva, porque te has liberado de ciertos lastres. Siempre, claro, que la salud y la autonomía acompañen. He descubierto una cara positiva del envejecimiento que antes desconocía.
¿Qué tienes hoy mejor que a los 20 años?
A los 20 tenía muchos más miedos que ahora. Hoy he aprendido a poner muchas cosas en perspectiva. Y a nivel físico, afortunadamente sigo teniendo una talla parecida a la de entonces, y eso no es tan habitual. Pero ahora lo llevo con más calma.
Joan Manuel Serrat canta una preciosa canción, Llegar a viejo, en la que dice que todo iría mejor si entendiésemos que todos llevamos un viejo encima. ¿No crees que en el relato de la longevidad estamos escondiendo a los viejos que llevamos encima?
Sí. La longevidad es una realidad porque en las últimas décadas se ha extendido mucho la esperanza de vida y también la esperanza de vida saludable. Pero también es verdad que se ha puesto de moda y que ahora sirve para apoyar muchas estrategias de marketing. Todos llevamos un viejo dentro. Si vivimos muchos años, necesariamente vamos envejeciendo, pero no queremos ver esa cara de la longevidad.
El problema es que envejecemos en sociedad, y la sociedad sigue rindiendo culto a la juventud. Juventud se asocia a frescura, éxito y productividad. Y el envejecimiento continúa estigmatizado, especialmente en las mujeres. Existe una invisibilidad social de las personas mayores y existe edadismo.
¿Está cambiando algo con la generación del baby boom?
Sí. La generación del baby boom está entrando ahora en esa etapa y tiene una visión distinta. Somos una generación que se siente activa, que participa, que no quiere quedar excluida. Queremos que la sociedad nos contemple con dignidad y como miembros de pleno derecho.
Además, no tiene sentido meter en el mismo saco a todas las personas mayores. No es lo mismo una persona de 60 años que va al gimnasio, viaja, aprende y disfruta de la vida que otra de 75 u 85 años con patologías o dependencia.
Sin embargo, muchas veces la sociedad nos mete a todos en el mismo grupo y parece que, como ya no eres joven o productivo, vales menos, y claro, lo intentas ocultar lo más posible.
¿Has pensado cómo te gustaría llegar a los 90 o 95 años?
He pensado, sobre todo, cómo no me gustaría llegar. Mientras conserve la funcionalidad, pueda tomar mis propias decisiones y mantenga la autonomía, que me den todos los años que quieran.
Pero he vivido muy de cerca el Alzheimer de mi madre. Fueron nueve años. Son muchos años para aprender cómo evoluciona una enfermedad tan incapacitante, que puede llegar a anularte como persona. Y sé que eso no lo quiero.
¿Y si te llega?
Me gustaría tener la capacidad de poner remedio al sufrimiento. De decidir cómo quiero morir.
¿Qué es lo que más miedo te da además de la enfermedad?
La soledad. Por el camino se van quedando personas atrás, se van perdiendo. Me parece muy doloroso vivir el envejecimiento en soledad o en aislamiento social.
Si tienes una buena red de apoyo, si te sientes útil para los demás y acompañado, eso cambia completamente las cosas. Si tengo eso, adelante.
Hay autores que prometen llegar a edades muy avanzadas en buen estado de salud y morir casi de repente. ¿Es realista?
Ese es el ideal de todo el mundo: vivir plenamente y un día acostarte y no levantarte. Pero la naturaleza tiene sus propios códigos y no sabemos cómo va a ser nuestro final.
Hay autores que hablan de llegar a 120 o incluso 150 años, pero hay una frase de Helen Mirren que me gusta mucho: cuando la gente dice que quiere vivir 150 años, en realidad quiere tener 30 durante 150 años. Y eso biológicamente no es posible.
¿Se está vendiendo demasiada ciencia ficción alrededor de la longevidad?
No sé si llamarlo ciencia ficción. La medicina y la biotecnología están avanzando muchísimo y eso nos está permitiendo llegar a edades muy avanzadas en mejores condiciones. Pero una cosa es el laboratorio y otra llevar esos resultados a la vida real. En laboratorio o en ratones se pueden hacer determinadas pruebas, incluso reprogramar algunas células sin modificar el ADN, pero aplicar todo eso a seres humanos con seguridad requiere todavía mucha evidencia.
Hay muchas esperanzas, sí. Pero lo importante es que la medicina y la biotecnología nos ayuden a vivir los años que tengamos que vivir con buena salud.
¿Y quién podrá acceder a esos avances?
Ese es otro problema. Hay muchísimo dinero invertido en longevidad, sobre todo en Silicon Valley, pero luego hay que preguntarse quién puede pagar todo eso. Ahora mismo cualquier programa de longevidad no baja de los 10.000 euros. Y además todavía no sabemos realmente hasta qué punto funcionan, porque para medir sus resultados hacen falta años.
En el libro hablas de lifespan, healthspan y también de joyspan. ¿Qué significa este último concepto?
Es una tercera dimensión de la longevidad que me parece preciosa. El joyspan son los años que vives con plenitud, con propósito, conectado con tu comunidad, disfrutando. En el fondo, son los años en los que realmente te sientes vivo.
Y no tiene que ver necesariamente con estar completamente sano. Puedes tener patologías y, sin embargo, conservar esa conexión, sentirte útil y también sentirte apoyado. Eso es lo que da sentido a los años extra que la medicina nos ha ayudado a ganar.
¿Nos preparamos mal para la jubilación?
Sí. La jubilación es un punto de inflexión en nuestra vida. Antes una persona se jubilaba y, más o menos, poco después moría. Ahora pueden quedar décadas por delante.
Los expertos insisten en que esa etapa hay que prepararla con antelación. No vale llegar al último día de trabajo y preguntarte: “¿Y ahora qué hago?”. Hay que prepararla socialmente y también económicamente, porque hacen falta recursos para vivir esa etapa con plenitud.
Hay autores que hablan de replantear esa división rígida entre estudiar, trabajar y jubilarse. Ahora esa línea ya no funciona igual. Se propone alternar etapas de estudio, aprendizaje, ocio, descanso y trabajo. Flexibilizar las fases de la vida.
Eso también puede ayudar a que las personas mayores se sientan más satisfechas, más integradas y más útiles socialmente. Pero para hacerlo hacen falta políticas sociales, y ahora mismo esas políticas no existen.
Has trabajado durante años en un mundo, el de la belleza, donde la juventud pesa mucho. ¿Has sufrido edadismo?
Sí, alguna vez. Cuando empecé en Vogue, el discurso estaba muy centrado en la apariencia y el antienvejecimiento era casi una lucha contra los signos visibles de la edad.
Mi entorno laboral era muy joven. Recuerdo que alrededor de los 45 años empecé a agobiarme porque entraba gente de veintitantos en la redacción y yo ya me veía como la veterana. Estuve en Vogue hasta los 58. Creo que fui la única redactora que llegó a esa edad. No sé si llamarlo edadismo o autoedadismo, porque muchas veces era yo misma quien me sentía fuera de lugar.
¿Está cambiando ese discurso en las revistas de belleza?
Sí, está cambiando. No del todo, porque la apariencia sigue preocupándonos, y tampoco pasa nada por querer verte bien. Pero el lenguaje ha cambiado.
Antes se hablaba mucho menos de combatir la arruga. Ahora importa más la coherencia entre cómo te sientes y cómo te ves. Si con 60 años eres una persona dinámica, activa, integrada, con energía, quieres que tu aspecto exterior refleje también eso. En las revistas femeninas creo que estamos asistiendo a un cambio de paradigma.
En el libro dices que no se trata de ganar la guerra del tiempo, sino de decidir qué batallas pelear. ¿Qué batallas has decidido pelear tú?
La batalla de la conexión social. Yo estaba siempre enfocada en el trabajo y me fallaban las relaciones. Tenía amigos, sí, pero siempre me podía el tengo que hacer, tengo que hacer, tengo que hacer. Mi batalla ahora es disfrutar en lo que pueda de esas conexiones sociales. De no dejarme avasallar. De poder decir no. De no estar tan pendiente de lo que piensan los demás. Antes me daba mucho miedo salir de mi zona de confort. Y yo quiero ahora retarme.
¿Qué propósito tienes de cara a la jubilación?
Todavía no me he jubilado, lo haré en breve. Pero quiero aprender cosas. Me gustaría hacer algo con las manos, dicen que es muy gratificante, pero las manualidades siempre se me dieron fatal. Tengo ahí esa espinita que me gustaría sacárme. Conozco gente que se ha jubilado, que hace distintas manualidades y les llena mucho. Y sí que me gustaría, de alguna forma, implicarme en algo que sea útil para la sociedad. Creo que hace falta implicarse para que las cosas cambien.
