José Luis Moreno, bombero de 55 años: "Un veterano tiene la mente fría y emplea la fuerza con inteligencia"

José Luis Moreno regresó de vacaciones para incorporarse al incendio que arrasó Madrid, Ávila y Toledo
El calor extremo y la sequía, responsables de los voraces incendios en Europa
Han sido semanas de auténtico infierno. Y el calificativo no está utilizado a la ligera. Lo que se ha vivido en Madrid, Ávila y Toledo con uno de los mayores incendios en la historia de la Península ha sido una batalla contra las llamas en la que los soldados tenían que soportar temperaturas de hasta 65 grados. El fuego del averno en mitad de Madrid. Y allí, entre humo y ceniza estaba José Luis Moreno Cobos, bombero del parque de Villaviciosa de Odón (Madrid) que a sus 55 años sigue con fuerzas suficientes para luchar contra la plaga que cada verano arrasa con miles de hectáreas en toda España.
“Ante esta situación, lo primero que piensas es ‘tengo que estar allí como sea, por mis compañeros que necesitan ayuda y por la ciudadanía que lo están perdiendo todo’. Necesitaba ir lo antes posible. Este maldito incendio no es otro más, es un incendio muy destructivo y toda la ayuda va a ser poca”, reflexiona Moreno en conversación con Uppers sobre uno de los incendios más destructivos a los que se ha enfrentado en sus más de dos décadas como bombero de la Comunidad de Madrid.
Su primera declaración no fue sólo una frase hecha. Se convirtió en realidad apenas unas horas después de que comenzaran a propagarse las llamas. Moreno estaba de vacaciones. “Llegué a Madrid en avión con la familia sobre las 7 de la mañana y lo primero que hice es llamar al operativo para que contaran conmigo cuanto antes, aún estando de vacaciones, ya que como muchos compañeros dejamos aun lado nuestros días de descanso, y sin pensarlo nos ofrecimos para poder ir a ayudar. Esto pasa en muy pocos trabajos y tenemos la suerte que en el nuestro de bombero es muy normal que ocurra, existe un compañerismo y una vocación de servicio fuera de lo normal”.
Un infierno a toda velocidad
Cuando llegó a la zona cero, se dio cuenta de que no era un incendio más. Después de más de veinte años apagando incendios, Moreno asegura que nunca había visto un escenario semejante. "De hecho, en realidad eran tres grandes incendios en uno. Se juntaban el de Ávila, el de Villa del Prado y el de San Martín de Valdeiglesias, con una extensión enorme y con las peores condiciones meteorológicas posibles: muchísimo viento, calor y una humedad bajísima". El resultado fue un fuego imposible de domesticar. "Corría, literalmente, más que nosotros".
Aquella velocidad obligó incluso a cambiar la estrategia habitual de los equipos de extinción. "Tuvimos que dejar de intentar atacarlo en algunos puntos y esperarle en las zonas urbanas, en pueblos, urbanizaciones y viviendas aisladas, tratando de protegerlas como pudiéramos". En ese momento la prioridad ya no era ganar terreno al incendio, sino impedir que se llevara por delante las casas y, sobre todo, las vidas de quienes aún permanecían en ellas.
A sus 55 años, Moreno sigue formando parte de la primera línea. Una edad en la que muchos trabajadores empiezan a pensar en reducir el ritmo mientras él continúa entrando en el monte cuando las llamas convierten el paisaje en un infierno.
Lo que hace falta es mucha pasión por lo que haces. Tengo las mismas ganas, o más, que cuando entré hace más de dos décadas
"Lo que hace falta es mucha pasión por lo que haces. Tengo las mismas ganas, o más, que cuando entré hace más de dos décadas", explica. Aunque reconoce que los años cambian la manera de enfrentarse al peligro. "La veteranía te hace ser más calmado. Analizas mejor las intervenciones y priorizas siempre tu seguridad y la de tus compañeros. A los más jóvenes, igual que hicieron conmigo hace muchos años, a veces también hay que frenarles un poco".
Porque si la juventud aporta fuerza física, la experiencia añade algo todavía más valioso cuando todo se vuelve impredecible. "Un bombero veterano suele tener la mente fría y emplear la fuerza con inteligencia". No se trata de correr más, sino de decidir mejor. "La experiencia te permite reconocer rápidamente las situaciones críticas, anticiparte en lo posible a la evolución del incendio y tomar decisiones con más cautela". Aunque admite que este verano hubo momentos en los que ni siquiera décadas de oficio bastaban para entender cómo iba a reaccionar el fuego. "Era tan complejo que, a veces, ni la experiencia ni los conocimientos te ayudaban como te hubiera gustado. Eso generaba mucha impotencia".
Mantener ese nivel durante jornadas interminables exige un entrenamiento constante. Moreno compara su trabajo con el de un deportista de élite. "Estos incendios son como una carrera de ultrafondo. Hay que dosificar el esfuerzo, no trabajar a lo loco y conocer perfectamente tus límites". El desgaste físico es enorme, pero no es el único. "Sufrimos estrés físico, emocional y psicológico. Todo eso se va acumulando durante los años, por eso intentamos cuidarnos tanto física como mentalmente".
Pese a todo, nunca ha pensado en abandonar una profesión que considera la mejor del mundo. "No hay nada más gratificante que trabajar en algo que te apasiona. Te levantas el día de guardia con unas ganas tremendas de ir al parque, de estar con tus compañeros, que son como una segunda familia, y preparado para ayudar a quien lo necesite".

En casa también saben lo que significa esa elección. Su mujer trabaja igualmente en los servicios de emergencias y conoce de primera mano los riesgos que asumen quienes salen cada día a intervenir. "Ella sabe perfectamente a qué nos enfrentamos. Tanto ella como mis hijos me dan mucha tranquilidad y unas enormes ganas de volver a verlos al día siguiente".
La importancia de mejorar el ámbito rural
Si hay una cuestión sobre la que Moreno habla con especial convicción es sobre el origen de incendios cada vez más devastadores. El cambio climático influye, admite, pero considera que existe otro problema del que se habla mucho menos.
"El abandono del mundo rural es bestial", afirma sin rodeos. "Para mí la principal causa de que los incendios sean tan grandes y peligrosos es la mala gestión medioambiental. El campo se está convirtiendo en un auténtico polvorín porque hay muchísimo combustible acumulado que debería retirarse". Desde su experiencia sobre el terreno lamenta que quienes mejor conocen el monte tengan cada vez menos capacidad para intervenir. "La gente rural sabe perfectamente qué actuaciones habría que hacer, pero muchas veces las administraciones, desde los despachos, no facilitan que se lleven a cabo".
También lanza un mensaje para quienes se ven sorprendidos por un gran incendio. Comprende que muchos vecinos intenten salvar sus casas o sus pertenencias, pero recuerda que esa decisión puede costar vidas. "Hay que ponerse en la piel de quien está perdiéndolo todo, pero lo más importante es marcharse cuanto antes y seguir siempre las instrucciones de las autoridades. Cuando alguien intenta ayudar por su cuenta, muchas veces termina poniéndose en riesgo y también nos pone en peligro a nosotros".
Después de tantos incendios, de tantas noches sin dormir y de tantos veranos jugándose la vida, José Luis Moreno asegura sentirse afortunado por el reconocimiento que reciben los bomberos. "La ciudadanía confía muchísimo en nosotros y eso se nota en las muestras de cariño que recibimos. Es lo que más vale de esta profesión".
Quizá por eso, cuando se le pregunta qué le gustaría que entendiera la sociedad sobre quienes siguen entrando entre las llamas pasados los cincuenta, no habla de sacrificio ni de heroísmo. Prefiere resumir toda una vida de servicio con una frase que explica mejor que ninguna otra por qué, después de más de dos décadas, continúa poniéndose el casco cada vez que suena el aviso.
"Mientras la mayoría de las personas huye del peligro para ponerse a salvo, nosotros avanzamos hacia él para protegerles. Ese es el verdadero significado de ser bombero".
