Los últimos meses de Juan Tamariz, fallecido a los 83 años: tenía párkinson y ya no actuaba
Las actuaciones del ilusionista fueron cada vez más esporádicas debido al deterioro físico provocado por el párkinson que padecía
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Hay fallecimientos que despiertan una extraña sensación de pérdida colectiva. Desde que se conoció la noticia de la muerte del mago Juan Tamariz, a los 83 años, las muestras de cariño, admiración y gratitud se han multiplicado, desde el mundo de la cultura y la televisión hasta los grandes nombres de la magia, pasando por millones de personas que fueron felices disfrutando del arte del maestro de las ilusiones.
Porque Tamariz fue uno de esos personajes que forman parte de la memoria sentimental de un país. Para varias generaciones de españoles su imagen pertenece a la infancia, a las tardes frente al televisor, a la sorpresa compartida en familia y a esa sensación, hoy casi exótica, de que durante unos minutos podía ocurrir cualquier cosa.
La chistera, el pelo alborotado, las gafas, la risa contagiosa y aquel violín imaginario con el que celebraba sus números acabaron formando parte del paisaje cultural español. Su magia, que no trucos, buscaba recuperar algo que los adultos vamos perdiendo con los años, la capacidad de sorprendernos.
Mucho más que un showman
Tamariz no era solo un personaje carismático, un showman absoluto sin igual, también fue una reconocida autoridad en su campo. Campeón mundial de cartomagia en 1973, su figura es fundamental en la evolución de la magia contemporánea. Sus conocimientos, sus libros y sus investigaciones sobre la psicología del espectador lo convirtieron en maestro de generaciones de ilusionistas mucho más allá de España.
Quienes conocieron de cerca su trabajo también insisten en su extraordinaria generosidad. No guardaba celosamente sus conocimientos, sino que los compartía con otros magos. Por eso su influencia se prolonga en quienes aprendieron de él.
Apariciones públicas cada vez más esporádicas
La imagen de Tamariz haciendo aparecer cartas ante un público entregado pertenece ya a la memoria colectiva, pero sus últimos años fueron mucho más discretos. Las apariciones públicas y las actuaciones se fueron haciendo cada vez más esporádicas y su actividad profesional quedó muy lejos del ritmo de otras épocas.
El motivo fue, en buena medida, el deterioro físico provocado por el párkinson que padecía. La enfermedad llegó a impedirle algo que para él era casi una prolongación de su propio cuerpo, coger una baraja y manejarla con la precisión que acostumbraba.
"En Navidad ya estaba enfermo, ya tenía muchos problemas de movilidad, el párkinson hizo que ya no tuviera actuaciones, pero él seguía haciendo cositas muy puntualmente con la Asociación de Magos de España", explicaba este miércoles Moisés Rodríguez, portavoz de la familia, a las puertas del tanatorio, según recoge Europa Press.
"Iba en silla de ruedas, por eso él quería preservar también su imagen. Yo recuerdo que hace año y medio fue a un programa de cine y escondía la mano. No decía por qué. A mí me dijo 'es que tengo Parkinson y hay momentos en que no puedo controlarlo. En el momento en que saque la baraja se va a ver", contaba.
"Ya las manos las tenía a veces con cierto temblor y yo lo entiendo. No hacía falta realmente, por eso cuando salía puntualmente en algún congreso de magia él aparecía pero no hacía nada. Aparecía como el gran icono que es, el gran maestro, pero ya dejó de actuar por lo mismo, y él era consciente de que solamente un fin de semana que actuara llenaba porque la gente lo queríamos ver", continuaba.
La enfermedad redujo sus movimientos y se exposición pública, pero no consiguió apagar su curiosidad ni su vocación. "En los últimos años él llenaba un fin de semana o dos o tres, pero ya no podía tanto. Ya su estado de salud era muy débil, se mareaba, se encontraba débil y, sobre todo, su imagen, él quería mantenerla como el gran Juan Tamariz que hemos conocido", concluía el portavoz.
Que la gente llevara años sin verle actuar no significa que hubiera dejado de ocupar un lugar privilegiado en la memoria de quienes crecieron con él. El párkinson pudo apartarle de los focos, pero no pudo borrar esa capacidad que hizo que varias generaciones se sintieran, aunque solo fuera durante unos minutos, como el niño que asiste embelesado ante la magia de lo imposible.
