Opinión

Mesa 50: el menú secreto con el que Coque celebra cinco décadas de cocina y familia

La Mesa CinQuenta de Mantequería Teresa Huertas
La Mesa CinQuenta de Mantequería Teresa Huertas. Mantequería Teresa Huertas
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En algunos lugares el tiempo se sedimenta capa sobre capa, hasta formar un estrato de pura memoria y afecto. La Mesa 50 de la Mantequería Teresa Huertas no es solo el espacio de un mueble; es un altar civil. Se llama así porque el aire ya huele a celebración, a ese medio siglo de Coque que se asoma en el horizonte, y porque el nombre de Teresa —madre, raíz y brújula— sostiene cada viga de este refugio elegante y cálido. Aquí, todo sabe a efeméride y el servicio se posa como si fuese una sobremesa eterna en la cocina de casa, pero afinada con la precisión de un reloj suizo.

Como diría Azorín, "vivir es ver volver", y en esta esquina de Madrid, lo que vuelve es la esencia de Humanes, ese terruño de la Sagra donde la familia Sandoval aprendió que cocinar es, ante todo, un gesto de generosidad.

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Fuimos a cenar y la liturgia comenzó con un consomé de aves limpio, profundo, reconfortante, que era ese abrazo líquido, esa caricia de tiempo y fuego lento que te quita el abrigo y que prepara el espíritu. Le siguió un buñuelo con trufa, un juego del escondite entre lo crujiente y lo etéreo, una esfera de aire y tierra que estallaba en el paladar con la elegancia de lo breve.

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Entonces, llegó el primer plato que parecía un paisaje otoño con vocación de alta costura: calabaza asada en puré con currysetas pie azul y trufa melanosporum. La cuchara entraba e iba descubriendo capas: primero la dulzura tostada, luego el susurro especiado del curry, la carnosidad terrosa de la seta y, arriba, la trufa añadiendo un punto de bosque. Un diálogo entre la huerta humilde y el misterio de la espesura, una armonía que recuerda que, en la cocina de Mario, el producto es sagrado.

Lo siguiente fue la cococha al pil-pil presentada con su piel crujiente, en un juego de texturas donde la gelatina se volvía seda y el crujido era el eco de un puerto lejano, temblando apenas, como si supiera que estaba en el centro de la escena. El mar en una textura.

Acto seguido, llegó la pintada en pepitoria con alcachofa que nos devolvía a la tierra firme. Traía la memoria de las casas donde el domingo era sagrado. Salsa de almendra, yema, fondo con sabor a paciencia. La alcachofa aportaba el contrapunto vegetal, una leve amargura que despertaba el conjunto. Un plato de los que caminan despacio y dejan huella. Un guiso de herencia, de manos sabias.

Pintada en pepitoria

Los vinos y el dulce final

Beber aquí es leer el paisaje: Albamar 2024, un albariño que respira. Un vino de orilla, de salitre pegada a la piel de la uva. Tiene esa acidez eléctrica, casi vertical, que atraviesa el paladar como una ráfaga de viento atlántico en una mañana fría. Es la pureza del granito y la frescura de lo que no necesita artificios para ser eterno.

Se deslizaba con la cococha como si ambos hubieran sido traídos por la misma marea. Un vino que mira de frente y habla en voz baja, pero deja eco.

Tentenublo Custero 2024: Aquí la Rioja Alavesa se hace verso. Es un vino de viñedo viejo, de manos curtidas. Hay en él una finura mineral, una fruta roja que cuenta historias de suelos calcáreos y cielos abiertos. Fondo de monte bajo y una crianza ordenada. De una rusticidad pulida que recuerda el trabajo de la viña. Con la pintada, el diálogo fue sereno: la pepitoria encontraba estructura, la alcachofa no asustaba, el conjunto respiraba. Un vino que tiene memoria de suelo y voluntad de equilibrio, ancho y profundo como una tarde de siega.

Para cerrar el círculo, la Tarta de La Mantequería Teresa Huertas (Lemon Pie). Un prodigio de acidez y dulzor, una oda a la repostería que no olvida sus orígenes. Un postre que resume un linaje: técnica impecable y corazón de madre.

La Tarta de La Mantequería Teresa Huertas (Lemon Pie)

El umbral de la memoria

Para entender de verdad esta mesa hay que viajar unos kilómetros al sur de la capital, a Humanes, en la cuenca del Arroyo Guatén. Donde empezó todo. Allí la familia aprendió que la hostelería no es un negocio, es una forma de estar en el mundo. En aquellas calles se forjó el carácter de Mario Sandoval y de sus hermanos, Rafa y Diego que con él sujetan esta memoria como quien sostiene una reliquia viva: con respeto y con hambre de futuro. Mario cocina como quien escribe una biografía colectiva; Rafa escucha al vino hasta que el vino habla; Diego hace que todo fluya con la naturalidad de quien ha mamado sala desde niño. Son tres manos en un mismo latido, tres voces en un mismo relato. Y en el centro, el recuerdo de Teresa Huertas, madre y brújula.

Decía Cervantes que “el que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho”. Aquí podríamos adaptarlo: quien guisa mucho y sirve mucho, recuerda mucho y ama mucho. Porque en esta mesa 50, la belleza acecha desde lo cotidiano, servida en plato de porcelana y copa de cristal fino.

Así la cita resultó ser una celebración redonda; un círculo que se cerraba y se volvía a abrir, como las buenas historias.