La ceremonia en Dehesa de los Canónigos fue celebrada con un Luzianilla 2023, el rosado de la casa
El tesoro del vino de las Rías Baixas resiste a los aranceles
Sucede que en Dehesa de los Canónigos el tiempo discurre con calma, en clara vocación de permanencia. Allí, entre las viñas húmedas y el rumor leve de la tierra, los padrinos de vendimia volvimos a encontrarnos. No era una cita. Era un regreso a un hogar que no se abandona nunca del todo. Y quizá por eso ninguno parecíamos del todo recién llegados.
Somos los padrinos tripulantes de esta embarcación simbólica, custodios de una tradición que no entiende de protocolos sino de vínculos. Cada uno aportamos nuestra brazada de afecto, nuestra forma de sostener el equilibrio de una casa que ha hecho del vino un lenguaje y de la amistad una forma de cultivo.
Ángel Expósito, padrino de la vendimia 2025
En el corazón de la jornada, el periodista Ángel Expósito fue investido Padrino de la Cosecha 2025. La ceremonia, muy sencilla, despojada de artificios y rebosante de fraternidad, subrayó la esencia de esta bodega.
Tengo para mí que los padrinos somos como remeros de esa "gabarra afectiva" que es la Dehesa; una estafeta de sentimientos donde cada nuevo integrante asume el compromiso de custodiar no solo un vino, una añada, sino una forma de entender la vida. Un nudo llano que no se deshace porque está hecho de lealtades.

Expósito, con su voz curtida en la realidad y la palabra, se une a una estirpe de amigos que entendemos que este lugar es, en palabras de mi querido David Felipe Arranz, “un refugio de civilización y afecto en un mundo que a menudo olvida las raíces”. Su nombramiento no es una distinción protocolaria, sino un abrazo colectivo que lo integra en esta familia que se expande a través del respeto por la tierra.
El recuerdo encendido de Luis Sanz
Había algo más. Algo que no se decía y, sin embargo, estaba. La ausencia de Luis Sanz. Un hueco. Una presencia que se ha vuelto callada. Está en los caminos, en las cepas, en esa manera que tiene este lugar de recogerse al atardecer. Está, sobre todo, en quienes continúan, Mari Luz y sus hijos allí presentes: Luis, Iván y Belén que sostienen la memoria sin hacer ruido, con esa dignidad que no precisa de explicaciones.
“Es extraña la muerte, se lleva lo que más queremos pero no sus recuerdos”, escribió Gustavo Martín Garzo. Esa es la pequeña victoria íntima de quienes permanecemos. El Palomar símbolo icónico de la finca, ardía en un carmesí lento. Las viñas iluminadas, parecían escuchar. Y la lluvia —siempre la lluvia— caía con una cadencia leve, como queriendo escribir su poema abreviado.

El homenaje, conducido con mucha sobriedad por el primero de todos nosotros, Pepe Ribagorda, evitó cualquier exceso. Fue sincero, como las cosas verdaderas. Y cada padrino, cada amigo allí presentes parecíamos entender que recordar no es detenerse, sino seguir caminando con alguien que ya no camina.
En el aire flotaban también las palabras de Miguel Delibes, que tanto supo de campos y de silencios: “La vida rural enseña que nada es del todo nuestro, salvo lo que damos”. Y Luis dio mucho: tiempo, hospitalidad, una manera de entender el vino como acto de generosidad. Por eso su legado no es una herencia cerrada, sino un cauce abierto.
La cena de los padrinos
Llegó la noche y con ella el momento más colectivo del día: la cena que nos reúne a los padrinos y que comenzó con su gesto ritual, un desfile de aperitivos: las ostras, abiertas como una respiración salina, trayendo al corazón de la Ribera un eco de mareas lejanas; el jamón, lento y brillante, cortado con la cadencia de quien sabe que cada lasca es una forma de respeto; el queso castellano, firme y sobrio, con ese punto de leche curada que sabe a páramo y a viento; las croquetas, cremosas, casi domésticas, como si alguien hubiese querido traer la cocina de casa a la mesa común; y las rabas con pimientos, alegres, con ese crujido que devuelve a la boca la infancia compartida de los bares.

Todo acompañado por Luzianilla 2023, el rosado de la casa. Luzianilla —nombre pequeño— era como Luis llamaba cariñosamente a su mujer, Mari Luz. Y el vino, en esa ternura, se vuelve otra cosa. Tiene la delicadeza de la fruta roja apenas rozada, una acidez que limpia y alarga, y un fondo emocional que no se enseña en las catas. Y en cada sorbo hay algo de esa forma de nombrar —Luzianilla— que convierte el cariño en lenguaje.
Después, ya sentados, llegó el menú de todas las veces. Huevos fritos con patatas, chorizo y lomo. Nada más. Nada menos. La cocina que forma parte de la vida. La que sostiene.
En la copa, Solideo 2022. El trasatlántico de la bodega. Un vino que avanza despacio, con esa seguridad de enseñar de dónde viene. Profundo, estructurado, con capas que se van abriendo a la manera de una conversación larga. Un vino ideal acompañar el plato y el tiempo. La añada que apadrinó Carlos Sobera —de los últimos en sumarse a esta singular grey— parece llevar en sí misma esa idea de tránsito: de lo que llega y se integra sin romper nada.
Quizá por eso, en medio de esa mesa tan sencilla y tan cargada de sentido, encontraba su lugar la voz de Rosa Chacel: “recordar es volver a vivir, pero con una luz distinta”. Esa luz estaba allí. En el plato. En el vino. En las conversaciones que iban demorando la noche.
Dehesa de los Canónigos no es solo una bodega. Es una forma de permanecer. Y sus padrinos, esos remeros silenciosos, sabemos que cada vendimia es también un acto de reunión y de memoria. Al fin y al cabo, como dijo Calvino al comienzo, todo, también el vino, también la amistad, se sostiene en ella.

