El Jerez sagrado: del Corpus granadino a Santiago Apóstol

Los vinos de Bodegas Tradición, de Jerez, han sido elegidos por la Catedral de Granada para las consagraciones en las celebraciones del Corpus Christi
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La Catedral de Granada ha publicado en estos días una imagen que tiene algo de estampita barroca y de pequeño milagro contemporáneo. Las botellas de Bodegas Tradicion aparecen junto al cáliz, bajo la penumbra solemne de la seo granadina, para anunciar que sus vinos serán utilizados en la consagración del Corpus Christi.
Así se unen dos andalucías: la de la viña atlántica y recia y la de la vega mística y recoleta. Bien sabemos que el jerez no es un vino cualquiera; es arqueología viva, paciencia embotellada, herencia de siglos que exige una devoción casi clerical en su crianza. No en vano, el añorado José Manuel Caballero Bonald, que con tanta precisión y pulso poético describió el alma de este marco geográfico, dejó escrito en su magistral “Breviario del vino”: “El Jerez es un vino civilizado, un compendio de cultura que exige del hombre una lentitud y una sabiduría casi sagradas”.

Esa misma sabiduría se traslada ahora al cáliz de la seo granadina, una ciudad donde lo sagrado tiene siempre un eco de misterio y de duende. Paseando con la memoria por esas naves catedralicias, es imposible no evocar a Federico García Lorca, quien supo entender mejor que nadie el pulso invisible de su tierra. En sus versos latía siempre esa dualidad andaluza de la luz y la sombra, de lo litúrgico y lo telúrico, recordándonos que:
“En Granada las campanas tienen un fondo de almizcle y la luz se bebe como un vino antiguo en copas de plata”.
Una geografía de la fe y el paladar.
Pero la geografía de esta andadura no se detiene en el Reino de Granada. Hay en esta iniciativa una feliz coincidencia que añade un plus de alta diplomacia cultural e histórica: estos mismos vinos de Bodegas Tradición suelen viajar también hacia el norte, hacia Galicia, para estar presentes en la misa grande del Apóstol Santiago, el 25 de julio.
Se establece así un eje espiritual y estético formidable que cruza la Península de sur a norte. Del jerez que se consagra bajo el cimborrio de Siloé en Granada, al jerez que reverbera bajo el botafumeiro compostelano. Es la comunión de dos finisterres, el encuentro del Atlántico jerezano con el Atlántico gallego.
Y quizá no sea casualidad que sea precisamente un vino viejo el elegido para esos altares mayores. Porque los grandes vinos de Jerez poseen algo profundamente litúrgico: viven gracias a la memoria. Cada saca contiene rastros de añadas remotas, de vendimias desaparecidas, de hombres y mujeres que ya no están. En cada copa hay un diálogo entre vivos y muertos. Entre presente y tradición.

Al hilo de esta conexión, recuerdo a Eduardo Blanco Amor que tan bien retrató la hondura del alma gallega y su relación casi litúrgica con el vino, afirmando que: “El vino une los corazones distantes y convierte la memoria en un camino donde Galicia y el Sur terminan por hablar el mismo lenguaje del misterio”.
En estos tiempos de mudanzas constantes, donde la zafiedad política y la prisa económica parecen colonizarlo todo, este puente tendido por las soleras jerezanas entre la Catedral de Granada y la de Compostela es la confección de un tejido espiritual que enlaza dos latitudes.
Que un vino que lleva en su nombre la palabra Tradición sea el elegido para tomar parte en dos de las mayores solemnidades de Andalucía y Galicia, no es una mera curiosidad de almanaque; es un acto de justicia mística.
Mientras fuera pasan las procesiones, las alfombras florales, las bandas y el rumor popular de las fiestas, dentro de las catedrales permanece intacto ese instante suspendido en el tiempo: un cáliz elevado, una oración milenaria y un vino nacido bajo las soleras de Jerez que asciende lentamente hacia el misterio.
