José María y Milagros, viticultores, bodegueros y leyendas
Recibieron 1.000 cepas cada uno cuando se casaron hace 65 años y fue el punto de partida de esta familia de vinicultores
El día de la jubilación se hicieron bodegueros y construyeron Bodegas Figuero, un emblema de la Ribera del Duero
Los sueños no tienen edad. Están hechos de una materia ajena al paso del tiempo. Quizás por eso, José María García y Milagros Figuero se hicieron bodegueros a los 65 años. Y por eso José María decidió cumplir 90 años el mismo día que su bodega alcanzaba sus primeros 25 de vida. Hubo fiesta larga, con percebes y gambas y mucho vino.
Y será por ese sentido de la buena vida eterna que cada mañana a las once en punto se come un bocadillo de jamón con una copa de su tinto, se fuma un puro y, si se tercia, se bebe algo de Escocia. “Mi madre, con 102 años, se tomaba una copa diaria y decía: con Figuero me mantengo viva”. Cuando José María ha desayunado comienzan las visitas turísticas a la bodega. Nunca, antes. Los relojes de La Horra (Burgos) se sincronizan a su exacta hora, como los de Königsberg al paso de Immanuel Kant.
Tras una vida dedicada a la viña, la edad de jubilación -esa que anhela el resto de humanos- marcó el inicio de un nuevo ciclo para este este matrimonio. Es una historia de éxito, lo que un yanki llamaría 'go the extra mile', o lo que es lo mismo, hacer mucho más de lo que se espera de ti, ir más lejos. Esa milla extra llevó al matrimonio a pensar, impulsar y construir una bodega en La Horra, donde se concentra la mayor parte de la uva de la D.O. de Ribera del Duero, 772 hectáreas de arcilla, arena y limo. Una zona de gran calidad. Es la milla de oro de la producción vitivinícola de la Ribera.
Viven allí unas 200 personas, casi todas dedicadas al vino, hoy como siempre. Hace un siglo llegaron a contarse 1.300 vecinos, lo que ya les daba para escuela y médico. Ahora es un pueblo silente en el que es difícil saludar a alguien por la calle. Como testigos de la historia y la vida, el paisaje de la localidad se corona con zarceras, las chimeneas cónicas de piedra que ventilaban de forma natural el interior de las bodegas subterráneas y que hoy son una manifestación poética y nostálgica del abandono de la España vacía y vaciada.
Los hermanos de la Sagrada Familia
El 11 de noviembre de 1909 -el mismo día en que nació la madre de José María García- llegaron a La Horra los hermanos de la Sagrada Familia de Francia. Huían de las leyes laicistas radicales de la III República francesa, que expulsó a miles de religiosos del país. Por mediación del Abad de Silos se instalaron en La Horra, donde recibieron en herencia los viñedos de un matrimonio que murió sin descendencia. Revolucionaron la viticultura de la zona luchando contra la filoxera, que ya había devorado los viñedos en Francia; introduciendo la cabernet sauvignon, aunque la reina absoluta en la zona es la tinta fina (tempranillo); e impulsando comercialmente el producto. Por entonces, los abuelos de José María ya elaboraban un vino sencillo, “un vino para segadores”.
Las mil cepas
José María y Milagros se casaron en 1961. Cada uno recibió de su familia una dote nupcial de mil cepas. Media hectárea cada uno para que pudieran ser independientes y tener su propio viñedo. Son de la generación que tenía una ropa para entresemana, una para los domingos y tres mudas de ropa interior. Gente dura del tiempo de quien iba al arroyo a partir el hielo para que la madre pudiera lavar la ropa al alba. De ahí vienen. La necesaria perspectiva.
Un año después se compraron su vivienda familiar en el pueblo. El vendedor les puso como condición que se quedaran también con 7.000 cepas adscritas a la propiedad. Se llamaba Calixto el propietario, “un riquejo que venía del pueblo”, recuerda el bodeguero. Se las quedaron, pero prorrateando el pago en dos años con el 5% de interés. Apretón de manos y para adelante. Aún en el campo, un apretón de manos encallecidas y una mirada de frente sustituía a la fe pública.
Sumándolo todo, tenían ya uva como para producir 8.000 botellas. Empezaron a trabajar la viña. Pero no les daba lo suficiente para mantener a sus tres hijos - Carlos, Henar y Antonio - así que José María se puso a trabajar como mozo de almacén en Michelin, en Aranda de Duero. Cuando llegaba el verano pedía 20 días de permiso -“como era buen trabajador me los concedían”- y se iba a trabajar con la cosechadora a Alcalá de Gurrea (Huesca). Se empleaba en la cebada y la hierba “y ganaba unas perrillas que venían estupendamente para la familia”, recuerda, “estuve yendo siete años, 14 horas diarias, de 9 de la mañana a once de la noche”. Iba al campo con un hueso de aceituna o una uva agraz en la boca y jamás tuvo sed. José María tenía siete hermanos, Milagros es hija única. Durante muchos años, José María aprendió con su suegro, también viticultor, todo sobre el mundo del vino.
Emigración y cepas viejas
A mitad de la década de los 50 comenzó la gran emigración del campo a la ciudad. Quienes se marchaban del pueblo vendían todo su patrimonio para ganar liquidez y poder instalarse en los entornos urbanos. José María comenzó a comprar viñedos de cepas viejas, que entonces no tenían la consideración estratégica y comercial de hoy. De los siete vinos que elabora Bodegas Figuero – vinos de pueblo, de paraje y vinos singulares-, cinco proceden de cepas viejas. Hoy, son propietarios de 120 hectáreas y adquieren la uva de otras 60 a viticultores locales. ”Yo empecé sin nada”, afirma José María, “a fuerza de mucho trabajo, tesón y de echar siempre la vista adelante he llegado aquí, mi vida ha sido un continuo trabajo hasta que a los 85 años me fastidié la rodilla, pero hasta entonces seguía yendo a diario con el tractor a la viña”.
En el tiempo en el que José María y Milagro no tenían bodega, la uva la vendían a la cooperativa Nuestra señora de la Asunción, que pagaba tarde, a los tres años de entregarla, y mal. 1968. A través de un contacto, un comercial de Roa, José María llegó a Vega Sicilia, santo y seña de la DO y del vino español. Fue la primera vez que vendía las uvas fuera de la cooperativa, que le pagaba el kilo a cuatro pesetas. Vega Sicilia comenzó a comprárselo a 23 pesetas. La relación duró hasta 1972.
El comercial que hacía de puente murió y a partir de ese momento la bodega, que no conocía personalmente a José María, no quiso seguir comprándole, le dijeron que no adquirían uva de otras propiedades. Cogió su uva y se fue a ver a Alejandro Fernández, de Pesquera. Inicialmente, le dijo que ya tenía hecho el cupo cubierto. Pero el químico, que era Teófilo Reyes – catedrático de física y química y enólogo de referencia que terminaría triunfando con su propio vino-, le dijo qué uvas eran y decidió comprarle. “Nunca le pregunté a Alejandro cuánto iba a pagarme por la uva, pero me las pago bien”. En la segunda cosecha, Pesquera le adelantó a José María dos millones de pesetas para que pudiera anticipar los gastos de la vendimia. “Alejandro y yo fuimos muy buenos amigos. Todos los sábados cuando volvía del campo, me aseaba e iba con mi mujer a su merendero. Le estuve vendiendo uvas durante 22 años. Y era un privilegio para mí”. Pero la historia se repitió, la Ribera es tierra circular: “Llegó un momento en el que me dijo que me iba a pagar menos. No lo acepté. Le dije que éramos amigos pero no primos. Quédate con tu vino que yo me quedo con mi uva, le dije”.
Con la uva a otra parte
Y así, cogió de nuevo sus capachos y se fue a Protos, otra de las grandes, que se las volvió a pagar al precio que consideraba justo. Ya era 1988: el año que más dinero sacó de las uvas, 110 millones de pesetas de la época. “Yo era capitán general en la Ribera”. Cuatro años más tarde, Protos quiso hacer lo mismo. Debe ser un patrón vitivinícola. Una nueva mudanza: a Pago de Carraovejas. “Tomás Postigo, que era el enólogo, me las pagó a 400 pesetas el kilo. Y Carlos Moro me puso un cheque en blanco”.
El aprecio y el precio de las cepas viejas se había disparado. José María y Milagros tenían buenas tierras y buenas vides. Llevaban buenas cartas. Hoy se están pagando hasta 3,5 euros las cepas viejas y a 80 céntimos las nuevas. En aquel tiempo se pagaban todas las uvas casi igual, no se valoraban ni se abonaban lo que valían las de más calidad. “Mis uvas siguen saliendo de los mejores terrenos de la Ribera, por la altitud, el suelo y el clima; porque es cultivo de secano y tiene más calidad y concentración”.
Las uvas de la familia proceden del clon histórico de La Horra, cepas con más de un siglo que sobrevivieron a la filoxera, viñas de viticultores que se resistieron a plantar clones que procedían de viveros de La Rioja o del Penedès.
Cristina Martín Figuero, tercera generación, nieta de José María, hija de Antonio, quien también trabaja en la empresa familiar, y de Henar, a su vez hija de José María y Milagros, es la responsable de los programas de enoturismo, del marketing y la comunicación de la bodega. “Las nuestras son producciones cortas porque son cepas viejas; es un suelo extraordinario, hay mucho predominio de la arcilla, que retiene la humedad y los nutrientes. Es el grand cru de Ribera a nivel de viñedos y de bodegas”, explica. Y José María, que no pierde ripio, avisa: “Hay que pisar la viña todos los días del año. La viña te enseña a ti, no tú a ella”.
Años 2000: “Haremos nuestra bodega”
El capitán de la Ribera y Milagros cosecharon la vendimia del año 2000 y se acabó. Se acabó el trasiego de uvas, el vender el mejor fruto de su tierra a terceros. “Le dije a Milagros que íbamos a hacer un bodega, que tiráramos para adelante y que ya se vería”. El matrimonio y los tres hijos se pusieron manos a la obra. Desde el tractor, el padre vio una parcela que le gustaba para la bodega. Pasó meses negociando y cambiando tierras con nueve propietarios sin que nadie supiera lo que se traía entre manos –“si se lo huelen la operación no habría salido”- hasta juntar 15.000 metros de nueve fincas diferentes. “Hacía 40 años que quería hacer una bodega, pero las circunstancias no me lo permitieron. Hasta que mis hijos no estaban ya criados y con sus estudios terminados no dimos el paso”.
Los primeros años de bodeguero lo hizo como pudo, peleó e hipotecó todas las fincas para pedir un crédito de dos millones de euros. “Estaba jodidillo”, dice en un arranque de sinceridad horrense, “yo he vivido gracias a los bancos y los bancos han vivido gracias a mí”. José María esperaba un crecimiento veloz: “Creía que romperíamos rápido, pero no, tardamos más tiempo de lo que esperaba”.
Dice su hijo Antonio, quien como el resto de hermanos hace de todo en la bodega -está pendiente del campo, de la logística, de la labor comercial y de lo que toque, incluso de las chuletillas de cordero sobre el sarmiento- que cuando empezaron a vender vino “éramos una más del centenar de bodegas de la zona; hoy tenemos cien distribuidores dentro y fuera de España”.
Y añade: “El trabajo ha sido muy duro pero ha merecido la pena, incluso nos ha permitido conocer gentes, ciudades y tener experiencias que nunca hubiéramos podido permitirnos”. Figuero goza hoy de un prestigio ganado a pulso. La empresa vende unas 800.000 botellas, el 75% en España, el 10% en Suiza y el resto por todo el mundo. En 2016 fue elegida como una de las cien mejores bodegas del mundo por la revista 'Wines & Spirits'. Y en 2024, Tim Atkin, 'master of wine', uno de los gurús del vino más reconocidos en todo el mundo, designó a José María como 'Wine making legend', o sea, leyenda en la elaboración del vino.
Con 90 años, mirando hacia adelante
En la etiqueta de sus vinos figura la firma de José María y el apellido de Milagros, que lo perpetuó gracias al vino. Igual que lleva su nombre uno de los vinos más especiales de la bodega, un tinto que es elegante y es memoria. Es el perfecto broche de una vida labrada a cuatro manos por una pareja que se casó con 25 y 24 años. Una historia de amor entre viñedos, esa idea tan bucólica cuando se hace cine pero tan dura, áspera, tan real y tan humana cuando discurre en un páramo castellano deshabitado.
La familia Figuero, reunida en torno a José María en una mañana caliente de julio en La Horra, coincide en que la Ribera produce hoy más vino del que se vende, un dato convertido en amenaza. En 1984 había 20 bodegas en la Ribera. Hoy, 315. Se ha pasado -en 37 años- de vender diez mil botellas, a los 100 millones de botellas de 2021: y al bajón a 92 (ocho millones menos) del año pasado.
José María pasa cada mañana en la bodega, con alguna dificultad física, pero con la cabeza fresca y pensando en el futuro: “No me considero jubilado porque sigo mirando para adelante y cuando miras para adelante nunca te jubilas”. Milagros está aún sin estar. Los hijos fruncen el entrecejo cuando su padre habla de jubilación. Y si le preguntas al viticultor y bodeguero qué es lo más importante para el futuro, lo clava con la sabiduría rural de quien ha sudado mucho y ha visto de todo: “Que los hijos se lleven bien”.