Fillaboa o la 'hija buena', donde el albariño conserva el sabor del tiempo
La finca Fillaboa, que significa 'buena hija', conserva algo que no se compra ni se improvisa: carácter
Nos lo cuenta de primera mano nuestro experto gastronómico, Manuel Villanueva
Bodegas Fillaboa se anuncia en las curvas del Condado, en esa Galicia meridional que se va inclinando hacia Portugal, en el verde que baja mansamente hasta los ríos y en una luz distinta, como si el Miño, antes de seguir su viaje hacia el Atlántico, hubiese decidido quedarse un rato iluminando los viñedos.
Entonces aparece el muro. Mil seiscientos metros de piedra rodean la propiedad y producen la sensación de estar entrando en un pequeño territorio soberano. En su interior, 74 hectáreas de una de las fincas históricas más hermosas de Galicia, 50 de ellas ocupadas por viñedo de albariño, distribuidas en doce pagos. Está el pazo, está la bodega, están los jardines, los árboles que han aprendido a contar los años de otra manera y, al fondo, esa extraordinaria balconada natural sobre el Condado de Tea.
Durante la visita, me acordé de Vicente Risco y uno de sus pensamientos más hermosos: “Tú dices: Galicia es bien pequeña. Yo te digo: Galicia es un mundo”. Este, podría ser uno de esos pequeños mundos que explican un mundo mayor. El paisaje como argumento.
Fillaboa significa 'buena hija'. Y hasta el nombre parece contener una historia. La tradición habla de la hija de un conde que, despreciada por sus hermanas, acabó heredando las mejores tierras de su padre. Las leyendas tienen esa ventaja sobre los catastros: explican las propiedades con sentimientos. Mientras caminamos por Fillaboa, terminamos pensando que acaso no exista nombre mejor para una tierra que durante siglos ha sabido conservarse prácticamente indivisa. Desde el año 2000 pertenece a Masaveu Bodegas. Fillaboa conserva algo que no se compra ni se improvisa: carácter.
Isabel y el tiempo
Nos acompañó en el recorrido, Isabel Salgado, enóloga de Fillaboa desde hace más de 25 años. Y me detengo aquí porque, en ocasiones, una bodega puede contarse a través de una persona. Isabel habla del albariño sin grandilocuencia, con esa serenidad de quienes llevan media vida observando las mismas viñas y saben que el vino no admite demasiadas imposturas. Cada vendimia vuelve a plantear las preguntas y la naturaleza nunca entrega exactamente las mismas respuestas.
A su lado recorrimos la finca y mientras avanzábamos resultaba inevitable pensar que la enología tiene bastante de conversación con el tiempo: saber cuándo intervenir, cuándo esperar y, sobre todo, cuándo no tocar nada.
Desde aquí el Miño deja de ser solamente paisaje y vuelve a ejercer su antigua condición de frontera. Portugal está enfrente, tan próximo que la geografía parece casi una convención.
“Los peces no son de un lugar ni de otro, son del Miño”, escribió Castelao. Estas viñas de Fillaboa tienen también algo de esa condición fronteriza: son del Condado, son atlánticas, son gallegas, pero sobre todo pertenecen a este paisaje que el río lleva siglos ordenando a su manera.
Isabel ha firmado aquí uno de esos vinos que sirven para cambiar algunas ideas preconcebidas. La Fillaboa 1898, añada 2016, obtuvo los 100 puntos de la Guía Peñín. Cien. La cifra impresiona, naturalmente. Pero interesa mucho más lo que existe detrás de ella.
Las uvas proceden de ocho parcelas seleccionadas de la propiedad. Después el vino permanece durante años sobre sus lías finas. No hay madera detrás de la que esconderse. Hay albariño, suelo, acidez, paciencia y una confianza casi obstinada en la capacidad de esta variedad para envejecer y esa es una de las grandes enseñanzas de Fillaboa: demostrar que el albariño no tiene por qué vivir condenado a la juventud, puede cumplir años, crecer y adquirir profundidad sin perder la memoria de la fruta y del paisaje del que procede.
La añada 2016 de La Fillaboa 1898 alcanzó así ese excepcional reconocimiento de la Guía Peñín, después de que la primera edición, la de 2010, hubiera obtenido 97 puntos y el 'Best in Show', de Decanter.
Una puntuación, por redonda que sea, nunca cuenta completamente un vino. Es preciso beberlo. Así aparece un albariño situado ya lejos de la jovialidad inmediata que tantas veces asociamos a la variedad: amplio, profundo, todavía fresco, con fruta madura, recuerdos de manzana asada, panadería, una textura envolvente y una persistencia que parece prolongar la conversación después de haber dejado la copa. Un vino que no lucha contra los años, los incorpora.
Un barco hacia Cuba
El nombre, 1898, no es una ocurrencia comercial. A finales del siglo XIX ya salían desde estas tierras vinos con destino a Cuba. Cruzaban el océano bajo la denominación de Vino del Condado de Fillaboa. Aquella memoria atlántica fue recuperada para bautizar este albariño de larga crianza.
La historia resulta especialmente hermosa porque Galicia también podría contarse siguiendo el rastro de los barcos que se marcharon. En ellos viajaron hombres, mujeres, cartas, fotografías, canciones, nostalgias, despedidas y también vino. Tal vez algunas botellas de Fillaboa llegaron a La Habana cuando el mundo todavía se medía por la duración de las travesías. Más de un siglo después, una bodega vuelve a colocar aquel año en una etiqueta. El vino como botella arrojada al océano del tiempo.
Un museo entre viñedos
Fillaboa guarda otra sorpresa: el arte. La colección pictórica que alberga la propiedad convierte la visita en algo inesperadamente distinto. Entras pensando en albariño y terminas caminando también entre pintura. Los cuadros establecen otro diálogo con el paisaje exterior. La naturaleza enmarcada, los bodegones y los retratos interpretados por los artistas sobre los muros. No resulta extraño dentro del universo Masaveu, una familia históricamente vinculada al coleccionismo y al mecenazgo artístico.
Estas son las singularidades más atractivas de Fillaboa: la convivencia de dos formas distintas de vencer al tiempo: el arte y el vino. Un cuadro permanece porque alguien consiguió detener una mirada. Un gran vino permanece porque alguien supo acompañar su transformación. Ambos necesitan sensibilidad, conocimiento y paciencia y terminan dependiendo de algo tan misterioso como la emoción.
Tres tiempos en una copa
Después de caminar hay que sentarse, hablar de vino e, inevitablemente, hay que beberlo. Nos esperaba Belén Montero, del equipo de enoturismo de la bodega, que oficia de anfitriona de esta excelsa casona, en el corazón de la finca. Nos ofreció una sabrosa tabla de quesos y embutidos a modo de aperitivo. Nada excesivamente ceremonioso. Mejor así. El vino agradece algunas veces que le quitemos solemnidad y le devolvamos su condición original de compañero de mesa.
Comenzamos por Fillaboa 2025. Es la juventud de la casa, su tarjeta de presentación. Albariño todavía luminoso, vivo, atlántico, con esa fruta blanca y cítrica que parece caminar sobre una línea de frescura. Hay nervio, limpieza, un punto vegetal y esa sensación salina que invita inmediatamente al siguiente trago. Un vino que no pretende contar todavía el paso del tiempo, sino la alegría del instante.
Después Fillaboa Selección Finca Monte Alto 2023. La música cambió. Monte Alto procede de una de las parcelas emblemáticas de la finca, situada a unos 150 metros de altitud y plantada en 1988. Aquí las lías empiezan a escribir otro relato.
El vino gana hombros, textura y profundidad. Aparecen la fruta madura, la manzana, los cítricos y una ligera insinuación tostada. Pero debajo de todo continúa latiendo la frescura. Es un albariño que ensancha la variedad sin disfrazarla, que demuestra que complejidad y transparencia pueden sentarse perfectamente a la misma mesa.
Previamente, en un paseo por la zona de depósitos, tuvimos el privilegio de catar una añada todavía no terminada, en proceso de afinamiento de La Fillaboa 1898. Hay algo emocionante en probar un vino que aún no ha llegado a ser del todo aquello que será.
Es como entrar en un teatro durante el ensayo general. Todo está allí: la estructura, la profundidad, la acidez, la materia, la longitud, pero el vino continúa ordenando las palabras de una historia que todavía no quiere contar completa. Una promesa. Isabel Salgado lo sabe mejor que nadie. Una vez supo esperar y el tiempo terminó dándole cien razones.
Desde el balcón del Condado
En el paseo inicial por la finca, Fillaboa parecía desplegarse entera ante los ojos. Las laderas de los viñedos descienden buscando los ríos Tea y Miño; Portugal aguarda al otro lado y el Condado se extiende con esa belleza poco enfática de los paisajes gallegos.
Los suelos, el clima atlántico y la proximidad de los ríos explican una parte de los vinos. La otra resulta más difícil de medir: tiene que ver con el conocimiento acumulado, con haber observado muchas vendimias y haber sabido interpretar sus parcela; con reconocer que no todas las uvas deben recorrer el mismo camino.
Fillaboa, es pues, un pequeño territorio vitícola antes que una bodega. El vino nace de un lugar concreto y pretende contarnos precisamente esa procedencia. Algunos vinos podrían hacerse casi en cualquier parte, otros llevan una dirección escrita en su remite.
La hija buena
Al marcharnos vuelvo a pensar en el nombre: Fillaboa. La buena hija. De nuevo, Vicente Risco: “ El pasado es nuestro, y la cosa ya realizada, ya hecha, nadie nos la puede quitar. El futuro, en cambio, se nos puede ir de las manos”.
El pasado está en el pazo, en el muro, en los viñedos viejos, en aquellos barcos que partieron hacia Cuba, en las generaciones que trabajaron estas tierras. En aquella hija. El futuro está en esta tarde dentro de una copa. En esa añada de 1898 todavía durmiente, esperando pacientemente su momento.
En medio, Isabel Salgado, guiándonos por la finca, caminando entre cepas que conoce casi individualmente. Y Belén Montero recibiéndonos en la casa con una tabla de quesos y embutidos; con el Fillaboa 2025 recién nacido, la hondura del Monte Alto 2023; los cuadros en las paredes; el Miño discurriendo allá abajo y Portugal esperando en la otra orilla.
Nos vamos mientras la luces de mediodía van iluminando los viñedos. Esto nos ayuda a comprender que una gran bodega no es solamente un lugar donde se hace vino, es un territorio donde se guarda el paisaje, se administra la memoria y se deja el tiempo suficiente para que algún día podamos beberlos.