Padres e hijos, de la mano: las fotos que rompieron barreras físicas y emocionales

La serie cuenta ya con más de 200 fotografías, realizadas a lo largo de 14 países diferentes
El libro para reconstruir el mundo en caso de que todo colapse
Hay imágenes que no necesitan explicación y que, sin embargo, lo explican todo. En las fotografías de Valery Poshtarov, el planteamiento es invariable, con dos hombres adultos, uno mayor que el otro y de pie, mirando a la cámara con las manos entrelazadas. Nada más. Y sin embargo, en ese gesto mínimo, que si alguno de los implicados fuera un niño, lo haría perfectamente natural, se concentra una vida entera de silencios, de distancias no elegidas, de orgullo mal entendido y de amor que nadie supo cómo pronunciar en voz alta.
Poshtarov nació en Bulgaria en 1986, en el seno de una familia en la que el arte no era para decorar sino parte de su día a día. Su padre era pintor y su madre, poeta. Creció en Varna, sobre el Mar Negro, se formó en la Escuela Nacional Superior de Artes de esa ciudad y viajó después a París a estudiar Artes Plásticas en la Sorbona. En la capital francesa fue nominado al Premio Cartier-Bresson por el Instituto Cultural Búlgaro. En 2011, de vuelta en Bulgaria, fundó la primera galería de arte online de Europa del Este. En 2021 creó la PhotoAnthology Foundation, dedicada a proyectos documentales de impacto social.
El origen de esta colección
La serie Father and Son nació de una certeza íntima y ligeramente aterradora. Poshtarov llevaba a sus dos hijos pequeños al colegio tomados de la mano y un día, mientras caminaban, entendió que ese gesto tenía fecha de caducidad. Los niños crecen y dejan de necesitar esa mano. Inspirado por ese pensamiento, fotografió a su padre y a su abuelo, que entonces tenía 95 años, tomados de la mano. Tras ello guardó la imagen durante un tiempo, hasta que un suceso lo cambió todo: una pareja se acercó a él con un retrato fotográfico de su único hijo, fallecido semanas antes, y le pidió que fotografiara al padre junto a esa imagen. Era la primera vez que Poshtarov captaba a otros padres e hijos que no fueran de su familia. Desde ese momento, el proyecto adquirió una dimensión que él mismo no había previsto.
A partir de ahí, Poshtarov comenzó a buscar sus sujetos de dos formas distintas. La primera, a traves de encuentros espontáneos en la calle, con su propuesta aterrizando sin previo aviso. La segunda, gracias a los contactos a través de redes sociales, lo que permite a los participantes estar más preparados. En el primer método los sujetos están sorprendidos y eso le permite captar emociones en bruto y respuestas a veces controvertidas. En el segundo, los participantes tienen tiempo de reflexionar sobre su relación antes de aparecer ante la cámara.
Un gesto simple, una geografía enorme
Lo que comenzó como un proyecto íntimo en pueblos y ciudades de Bulgaria creció hasta tocar 14 países: Albania, Armenia, Bulgaria, Francia, Georgia, Grecia, Italia, Montenegro, Macedonia del Norte, San Marino, Serbia, Eslovaquia, Suiza y Turquía. Los hombres fotografiados visten monos de trabajo manchados de aceite, uniformes de funcionarios, hábitos religiosos o ropa de domingo. Se encuentran al borde de una carretera, en el umbral de una puerta, en un garaje. El contexto es parte del retrato, y a ello se suma que Poshtarov eligió no nombrar a sus eventuales modelos precisamente para que cada imagen desbordara hacia lo universal, hacia el espejo.
Las diferencias culturales son, en sí mismas, materia del proyecto. El fotógrafo ha contado cómo en Italia el gesto fluía con naturalidad absoluta, sin atisbo de dudas. En otros contextos, tomarse de la mano resultaba casi un tabú, algo cercano a lo prohibido. Esa fricción es lo que hace la serie tan elocuente. Cuando el gesto es fácil, la fotografía muestra complicidad. Cuando es difícil, la fotografía muestra el esfuerzo, y ese esfuerzo dice más que cualquier palabra.
Poshtarov cree que los retratados son los verdaderos autores de sus propios retratos. Las personas frente a su cámara no posan, sino que protagonizan un acto en plenitud. Para algunos, ese acto es símbolo natural de cercanía. Para otros, representa un desafío enorme: hay padres que nunca han expresado afecto físico hacia sus hijos, y tomarse de las manos por primera vez ante un objetivo supone cruzar un umbral que llevaba décadas cerrado.
Uno de los efectos que Poshtarov no había anticipado: hijos que le escribieron, meses o años después de la sesión, para contarle que su padre había fallecido y que aquella fotografía con los dos, de la mano, era ahora la imagen más preciada que conservaban de él. Un instante congelado en el tiempo que, en muchos casos, resultó ser el último en el que el gesto todavía era posible.

