Luis Alemany: “El edificio de Torres Blancas es un símbolo de las ilusiones y frustraciones de la generación de mis padres”

El periodista debuta en la novela con 'Angie de las Torres Blancas', un relato sobre el fin de la inocencia en el Madrid de los 90
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Torres Blancas, un edificio de hormigón que se terminó de construir en 1969, en el madrileño barrio de Prosperidad, se convirtió en los años 90 en emblema de estatus intelectual y vanguardia urbana. Mientras Madrid, en plena resaca de la Movida, se expandía y se llenaba de anodinos bloques de oficinas de cristal, esta estructura de enormes cilindros orgánicos se convertía en el refugio de una clase bohemia que buscaba distinguirse del nuevo rico.
Ese laberinto arquitectónico de cemento y memoria juega un papel determinante en el debut literario del periodista Luis Alemany, 'Angie de las Torres Blancas' (Harper Collins). Su joven protagonista atraviesa ese umbral crítico donde la adolescencia se rompe y la vida deja de ser inocente. Torres Blancas, con sus curvas y recovecos, simboliza los secretos familiares, las miradas entre vecinos y lo que se hereda sin saberlo a través de las paredes.
¿Por qué elegiste situar el núcleo narrativo de la novela en Torres Blancas y no en otro icono urbano de Madrid?
Creo que expresa las ilusiones y las frustraciones de la generación de mis padres. Su idea de bienestar, de sofisticación estética, de cosmopolitismo... Y, a la vez, porque hay una tensión entre ese proyecto optimista y el aspecto del edificio, que en el fondo es una mole de hormigón nada complaciente.

Torres Blancas nació como un proyecto de modernidad y cierta élite ¿Qué representa este edificio dentro del imaginario colectivo madrileño y cómo encaja en la historia de iniciación de Angie?
El valor cultural de la arquitectura cambia. En algún momento, creo que Torres Blancas fue percibido con ironía, que los habitantes de Madrid no tenían muchas ganas de sentirse representados por esa imagen tan desafiante y que, encima, tenía una buena fama intelectual y que, por tanto, sonaba un poco esnob. Hay otro dato importante: durante décadas, los habitantes de Torres Blancas no supieron bien cómo habitar el edificio. No era fácil, que conste. Supongo que hoy, han cambiado algunos códigos y no es nada transgresor decir que Torres Blancas es un lugar valioso para la ciudad.
¿Cuánto hay de Luis Alemany en la protagonista del libro?
Le he pedido a mi madre y a mi hermana que no lean la novela o no todavía, para no sentirme retratado en mis embustes y delirios de grandeza ante las dos personas que pueden hacer una continuidad desde que tenía 18 años hasta aquí. O sea que podéis calcular. Si os parece, lo voy a dejar en que crecí en un paisaje parecido.
Torres Blancas no es blanca ni son dos torres. ¿Es esta 'mentira' arquitectónica una metáfora de las expectativas de la clase media ilustrada que retratas en la novela?
Lo de la blancura fue un malentendido, más que otra cosa. Y, en todo caso, era una evocación de una idea de intimidad despojada, como de arquitectura popular en algún pueblo de Andalucía. Los pisos de Torres Blancas iban de eso, de ofrecer recogimiento incluso en un rascacielos. El conflicto, en realidad, no fue que alguien vendiera blancura y entregara hormigón; el problema fue que alguien ofreció recogimiento e intimidad pero que esos valores son abstractos y difíciles de apreciar y, por eso, fueron malgastados durante muchos años.

Sitúas la trama en 1995. ¿Qué tenía esa adolescencia de mediados de los 90, sin redes sociales, que no tenga la de ahora?
La información era escasa y era valiosa. Me refiero a la información cultural y artística. Veíamos un número limitado de películas al año. Cada película que veíamos era valiosa, era un hito en nuestra biografía, era lo que nos hacía. Había una parte de narcisismo en eso, era una invitación a la pedantería, pero también me parece algo dulce y gracioso.
¿Qué aspectos de aquella adolescencia crees que resultan hoy más ajenos o incomprensibles?
El desapego, ¿no? Cierta idea de pudor para lo bueno y para lo malo. La ironía como una actitud general ante la realidad.
¿Cómo condicionan los espacios que habitamos durante la infancia y la adolescencia la construcción de nuestra identidad?
Esa es la gran pregunta de la que creo que no tiene respuesta. Si creciéramos en el centro de Florencia, ¿seríamos mejores personas? Soy escéptico. Supongo que las pruebas ante las que nos pone la vida son las mismas en todas partes. Puede que la gente a nuestro alrededor nos percibiera mejor; no hay que desdeñar eso, la autoestima ayuda a tomar bien las decisiones importantes.
En 1995 España también estaba en un punto de giro político y social. ¿Refleja la crisis interna de Angie ese 'fin de fiesta' de la euforia de los años anteriores?
El desapego que nombré antes era, sobre todo, político. Lo pienso ahora como un infierno y un paraíso simultáneamente. Nuestro mundo de 2026 es mucho más político pero, paradójicamente, es mucho más grotesco y distópico.
¿Te dejaste influir por la cultura pop, la música o la televisión de esa época para construir la atmósfera del libro?
Ese es un rasgo de inseguridad como escritor, una manera de comprobar que hago pie en la piscina.
¿Qué herencias emocionales o culturales de los 90 dirías que siguen vigentes hoy?
Alguna vez escribí un texto periodístico sobre esa idea, o sea que me autocito de memoria: la idea era que el mundo de 2026 ofrece a los chicos más estímulos de los que pueden tolerar y que eso los lleva a un recogimiento un poco melancólico y a una búsqueda, a lo mejor no explícita pero real, de algo auténtico, y ya sé que esa palabra es problemática. Pero lo propongo como una hipótesis, no como una certeza.
