Entrevistas

La increíble historia de Ai Futaki, récord Guinness de apnea y fotógrafa del mar: “Siento más miedo en la tierra”

Entrevista con Ai Futaki, documentalista, récord Guinness de apnea y fotógrafa del mar
Hablamos con la documentalista japonesa sobre el proceso que la llevó a convertirse en apneísta para poder vincularse con los animales marinos y fotografiarlos. Informativos Telecinco
  • La documentalista japonesa estuvo en Menorca y habló con Informativos Telecinco sobre cómo llegó a convertirse en apneísta para conocer mejor a los animales marinos

  • "Te das cuenta cuando un tiburón tiene hambre y ese es el momento de salir”, explica y asegura que no se siente en peligro

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Nacer cerca del mar permite una experiencia que quizás no todos los afortunados de zonas costeras aprovechan: la de crecer como un mamífero marino. Ai Futaki no se acuerda cuándo aprendió a nadar porque lo hizo antes de tener recuerdos en las costas de la ciudad japonesa de Kanazawa y se ha propuesto allí donde tenga oportunidad hablar en nombre de los océanos, despojarlos de prejuicios, enseñar a conocerlos mejor, a cuidarlos y, sobre todo, a no temerles. “Siento más miedo en el centro de Tokio que cuando estoy bajo el agua”, dice en una charla a solas con Informativos Telecinco.

Ai Futaki tiene 46 años, es documentalista, fotógrafa y apneísta, tres disciplinas que juntas producen un corpus fascinante de imágenes marinas tomadas tras varios minutos sumergida sin botellas de oxígeno y con una sola respiración. Tiene, además, dos récords Guinness.

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Llegó a Menorca para participar en las Trobades Camusianas, un encuentro en homenaje a Albert Camus y a su legado que cada año reúne en San Lluís a referentes de la cultura de todo el Mediterráneo y más allá también, para conversar en torno a alguno de los temas que atraviesan el pensamiento del Premio Nobel de Literatura francés. Este año el hilo conductor fue el concepto de fraternidad y la “poética del vínculo”, y Ai Futaki tenía mucho que aportar a la conversación: ha conseguido vincularse y comunicarse de una forma extraordinaria con animales como ballenas jorobadas, delfines, cocodrilos, tortugas y mantarrayas, de los que ha aprendido grandes lecciones sobre la convivencia, el cuidado y el amor.

Cuando veo una familia de ballenas, veo a la mamá, a sus bebés, veo el amor, veo cómo cuidan. Luego, vuelvo a la tierra y me pregunto: ¿dónde está el amor?

“Cuando veo una familia de ballenas, veo a la mamá, a sus bebés, veo el amor, veo cómo cuidan. Luego vuelvo a la tierra y me pregunto ¿dónde está el amor? ¿Dónde está la comunicación? Tenemos tanta tecnología, pero, ¿estamos comunicándonos? No lo sé”, reflexiona. Fue ese sentimiento de carencia de comunidad, de no sentirse parte del mundo de los humanos lo que la empujó al mar.

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Dos récords Guinness para hablar en nombre del mar

Desde muy joven viajó por el mundo siguiendo objetivos muy concretos: para aprender francés, se instaló un tiempo en Quebec (Canadá); para ser documentalista, viajó a Cuba, país que tiene algunas de las mejores escuelas de cine documental del mundo. Estaba allí cuando recibió la noticia de la muerte de su abuela y tuvo que volver a Japón. Tenía en torno a 20 años y sufrió una depresión que la mantuvo encerrada en casa durante un año. No encajaba con la vida en Tokio ni quería encajar, pero sí quería recuperar la alegría. Así fue como volvió al mar. Le dijeron que Honduras era un buen lugar para aprender buceo y se puso en marcha sin dudarlo. Pronto descubrió que el buceo con bombonas tenía una dificultad muy grande para conectarse con el entorno marino: el ruido de la respiración. Soltó las botellas y se dedicó a entrenar para hacer apnea. “Las ballenas, las tortugas, los cocodrilos hacen apnea. No tienen ningún equipo. Simplemente lo hacen. Y yo quería ser una más de ellos”.

 Lo del récord Guinness también fue un medio para un fin: “Quería tener una voz y pensé que nadie iba a escuchar a una mujer apneísta”. En 2011, se convirtió en la primera mujer en nadar la distancia más larga (90 metros) sin aletas y luego, en la primera persona en nadar 100 metros con la ayuda de aletas. “Lo hice para que me escuchen. Pero ya no lo hago más, ahora solo me sumerjo un minuto o dos. Prefiero hacer varias inmersiones cortas a una larga”. Ríe. Tiene claro el tablero de ajedrez por el que mueve sus fichas. Ha aprendido de los mamíferos marinos el lenguaje de los movimientos.

Hay que estar atentos, ver cómo se mueven. Así te das cuenta cuando un tiburón tiene hambre y ese es el momento de salir.

“Hay que estar atentos, ver cómo se mueven. Así te das cuenta cuando un tiburón tiene hambre y ese es el momento de salir”. Suele decirse que los animales perciben el miedo incluso antes que lo hagas consciente. “Es la vibración, que viaja cuatro veces más rápido bajo del agua que en la tierra. Entonces lo sienten muy rápido. Sienten todo lo que nos pasa”, explica.

De coger la mano de un cocodrilo a flotar con una raya: las fotografías imposibles de Ai Futaki

Las fotografías que ha tomado a lo largo de 20 años de trabajo contagian a cualquiera las ganas de sumergirse con la única ayuda de unas antiparras para acariciar ballenas como un pez más. Ai Futaki se ha autorretratado con todo tipo de animales y lo que impresiona más es que ellos parecen disfrutar de su compañía. “Cada uno tiene su carácter. Los lobos marinos son como perritos, siempre quieren jugar. Los delfines son como adolescentes. Quieren jugar, pero sólo si eres ‘cool’. Las ballenas son muy sabias, son como chamanas. Cuando veo sus ojos muy cerca, siento que me dicen sigue la verdad, sé sincera, sé honesta”.

¿Cómo lo logra? “Bajo del agua es su casa. Por eso voy con respeto. Me presento. Los animales son como nosotros, que no todos somos amigables. Algunos conectamos más rápido otros somos más tímidos y los animales son iguales. Cuando no es el momento, los dejo o busco otro que sí quiera conectar”.

Entre las imágenes que se proyectaron durante su exposición en Menorca, una en particular parece imposible: se la puede ver nadando al lado de un cocodrilo, cogiéndolo de la “mano”. “Lo mejor siempre es no tocar nada”, advierte, en plan “no hagáis esto en casa”. “Cuando voy a un sitio nuevo, lo primero que hago es preguntar a los locales. Al capitán, por ejemplo. Lo del cocodrilo fue en Cuba. No se dio de un día para el otro. Estuve dos semanas allí. Iba un día sí, un día no. Primero le toqué la cola y me fui acercando poco a poco.Luego le empecé a dar masajes debajo de los brazos, en las piernas y veía que se quedaba blandito, tranquilo. Hasta que nos tomamos la mano e hicimos la foto”.

De cada encuentro con los animales Ai se lleva un aprendizaje y va comprendiendo el poder de su lenguaje. Los machos de las ballenas jorobadas se comunican cantando, pero si nadas por encima de ellos cuando está cantando lo que sientes es una vibración tan potente que te golpea en la tripa. También ha aprendido a dejar en tierra firme el cerebro, los pensamientos, lo más racional del humano, y concentrarse en el aquí y ahora: “Si piensas antes de actuar ya es tarde. El pensamiento hace un ruido tan grande que no puedes capturar las señales de la naturaleza. Además, el cerebro usa mucho oxígeno. Hay que dejarlo afuera”.

Tras su viaje a Menorca, Ai Futaki, que está pasando una temporada en España pero vive en Hayama, cerca de Tokio (Japón), tiene planeado volver a las Baleares para buscar cachalotes en las costas mallorquinas. Quiere fotografiar estos majestuosos cetáceos para completar una colección que planea exponer en una muestra inmersiva en el Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid entre mayo y septiembre del 2027. Todo sea para volver al mar: “Es mi sitio en el mundo. Cuando hay problemas en la tierra hago glup, glup, glup (imita el sonido de las burbujas) y me olvido de todo”.