Spiderman bate récords (otra vez): cuando el trepamuros llenaba cines de barrio lanzando redes de portería
El hombre araña de Nicholas Hammond enamoró a los niños de los años 70 con sus efectos artesanales
Política, historia y capas voladoras: el superhéroe de cómic que reinó en cada década no fue casualidad
En apenas unos días en cartelera 'Spider-Man: Brand New Day' ha pulverizado todas las previsiones, ha firmado el segundo mejor estreno de la historia del cine y ya se mueve en cifras que rozan los 1.000 millones de dólares de recaudación mundial. En España también ha protagonizado un arranque histórico, confirmando que el trepamuros sigue siendo una apuesta infalible para varias generaciones de espectadores.
Más de 60 años después de su creación, Spider-Man continúa emocionando a quienes descubrieron al personaje en los años sesenta, a quienes crecieron con los dibujos animados de los ochenta y noventa, a los que hicieron cola para ver a Tobey Maguire, Andrew Garfield o Tom Holland y a los niños que hoy siguen soñando con lanzar telarañas desde la muñeca.
Ningún otro superhéroe o personaje de ficción ha atravesado tantas generaciones con semejante naturalidad. Batman cambia de tono cada década, Superman vive periódicas resurrecciones, pero Spidey siempre está ahí. Tal vez porque debajo del traje nunca ha dejado de ser un chico que intenta llegar a fin de mes, estudiar, enamorarse y hacer lo correcto aunque el mundo se empeñe en complicárselo. Peripecias con las que cualquiera, en cualquier época y lugar, puede identificarse.
Para los boomers y primeros GenX, el gran superhéroe de cine de su infancia fue el Superman de Christopher Reeve, pero por ahí también andaban el mítico Hulk de Lou Ferrigno o el Spider-Man de Nicholas Hammond, mucho antes de que los ordenadores permitieran la lanzarredes balancearse entre rascacielos con un realismo apabullante.
El superhéroe del barrio
Hablamos del Spidey de la serie de televisión 'Spiderman' (1977-1979), de la cual se remontaron varios episodios para convertirlos en una trilogía de largometrajes ('Spider-Man: El hombre araña', 'Spider-Man en acción' y 'Spider-Man: El desafío del Dragón') que acabaron proyectándose en numerosos cines de barrio españoles con extraordinario éxito. Jugaban claramente en una liga distinta a las de Superman, pero llenaban hasta la bandera las sesiones dobles los sábados y domingos por la tarde
En una época en la que cualquier estreno de superhéroes suponía todo un acontecimiento, poder ver al trepamuros de los tebeos y la serie de animación en carne y hueso y en pantalla grande para un niño era algo mágico. Y sí, vistas desde 2026 esas películas son extraordinariamente cutres. Precisamente por eso resultan tan encantadoras y hoy provocan una mezcla irresistible de nostalgia y ternura.
Antes de los efectos especiales
El traje parecía confeccionado por la mejor modista del vecindario con un presupuesto muy ajustado. La máscara tenía unas enormes lentes blancas que, dependiendo del plano, daban más sensación de careta de carnaval que de sofisticado héroe de Marvel.
Los balanceos por Nueva York eran un festival de ingenio artesanal. Hammond descendía muchas veces por las fachadas... pero en realidad gateaba por el suelo mientras la cámara estaba girada 180 grados. El truco era tan evidente que cualquiera podía descubrirlo, pero entonces producía exactamente el efecto deseado. Parecía magia.
Cuando tocaba lanzar una telaraña, el resultado recordaba más a una cuerda blanca de gimnasia o a redes de portería de fútbol sala que a la prodigiosa sustancia diseñada por Peter Parker. Y los villanos tampoco ayudaban demasiado a replicar la excitación de las viñetas. En lugar del Duende Verde, Doctor Octopus o el Lagarto, abundaban científicos locos, hipnotizadores, terroristas y criminales con planes que hoy sonarían más propios de un episodio de serie policiaca que de una aventura superheroica.
Ni Marvel ni Stan Lee habían descubierto que el cine de superhéroes podía mover miles de millones. A aquel Peter Parker lo máximo que podía ocurrirle era impedir un robo, frustrar un secuestro o perseguir a unos vulgares malhechores por la azotea... siempre procurando que no se notara demasiado el cable de seguridad. Era un Spider-Man que muchos espectadores siguen recordándolo con un cariño enorme, aunque difícilmente hoy soportarían tragarse una de estas películas del tirón.
Desde entonces han llegado versiones infinitamente superiores desde el punto de vista técnico y artístico. De hecho las películas de Tom Holland son un despliegue de efectos visuales imposibles que habrían volado la cabeza literalmente a los niños de principios de los 80. Sin embargo, todos y cada uno de los Spideys que ha habido en el cine comparten el mismo ADN que aquel de Hammond: un héroe que falla, que duda y que mete la pata. Pero que, aún así, vuelve a levantarse.
