Los arqueólogos que descifran ‘el templo perdido’ de Tarteso: "Nadie ha tocado esto en 2.500 años"
Sebastián Celestino y Esther Rodríguez, codirectores de la excavación de Casas del Turuñuelo, están reescribiendo la historia con sus descubrimientos
Eudald Carbonell, arqueólogo de Atapuerca durante 30 años: “Encontramos el primer asesinato de la historia"
Hace 2.500 años, en una llanura del suroeste peninsular que los antiguos tenían por el fin del mundo, un pueblo celebró un último gran banquete, sacrificó decenas de animales y prendió fuego para después enterrar y sellar para siempre su templo. Al terminar, aquella civilización se esfumó de la Historia sin dejar una sola línea escrita que explicara lo que había sucedido. Ni un por qué resuelto. Nada.
Sobre aquel mismo suelo, hoy, en una loma discreta de Guareña (Badajoz), en plena vega del Guadiana, dos arqueólogos excavan sin descanso para averiguar qué ocurrió —o qué pudo ocurrir— allí.
Sebastián Celestino y Esther Rodríguez, codirectores de la excavación de Casas del Turuñuelo y autores del recién publicado ‘Tarteso’, llevan once años levantando con pinceles el mundo sellado de Tarteso, la civilización que los griegos situaron más allá de las columnas de Hércules.
Lo hacen con la convicción de saber a lo que se enfrentan y con el anhelo de encontrar cada campaña e incluso cada día nueva información (ojalá escrita) que arroje luz a un mundo, el tartésico, del que apenas conocemos detalles pero que se antoja increíble.
"Estás tocando algo que nadie ha tocado en 2.500 años", resumen ellos para que nos demos cuenta de la magnitud y la importancia de sus estudios en un túmulo en el que ya han encontrado, por ejemplo, un patio con decenas de animales sacrificados, las primeras caras humanas de toda la cultura tartésica o un carro de bronce sin parangón en la península.
Un pueblo sin nombre
Situar Tarteso no es sencillo, ni siquiera para quienes lo excavan. "Esa es la eterna pregunta, la más complicada", reconoce Rodríguez. “Fue una cultura que floreció en el suroeste de la Península Ibérica entre finales del siglo VIII y finales del siglo V antes de Cristo, nacida de una mezcla: la gente que ya habitaba estas tierras y los fenicios, griegos y sardos que fueron llegando por mar. De esa mezcolanza es lo que da como resultado Tarteso", añade.
Lo cierto es que ni siquiera sabemos cómo se llamaban a sí mismos. "Tarteso es un término que nos ha legado la fuente griega y que nosotros hemos tomado prestado. Ojalá algún día consigamos ponerle su verdadero nombre a esa sociedad", apuntan.
Tarteso es un término que nos ha legado la fuente griega y que nosotros hemos tomado prestado. Ojalá algún día consigamos ponerle su verdadero nombre a esa sociedad
Ahí reside buena parte del enigma, y también de la penumbra en la que ha permanecido frente a egipcios, griegos o romanos: la falta de textos propios. "Si tuviéramos textos directos, ya estaríamos dentro de la Historia", apunta Celestino, que además explica que los tartesios escribían sobre madera y cuero, materiales que en este clima no sobreviven; lo poco que ha llegado, siempre en piedra, son inscripciones minúsculas todavía imposibles de traducir.
Enterraron su propio mundo
Sin embargo, y con prácticamente una civilización entera por descifrar, el mayor misterio es, precisamente, cómo terminaron con ella. El final del Turuñuelo tiene la fuerza de una escena mítica. Tras un gran banquete y un sacrificio masivo de animales —más de medio centenar, entre ellos decenas de caballos—, los tartesios destruyeron su propio santuario y lo sellaron bajo tierra y adobe. ¿Por qué? "A ciencia cierta no lo sabremos nunca porque necesitaríamos un texto de ellos mismos narrándolo", comentan resignados.
Sobrecoge lo ceremonioso del gesto, ejecutado como quien despide a un ser querido: "Es muy romántico. Enterrar tus propios edificios no deja de ser someterlos al mismo ritual que para ellos tiene el ser humano: igual que entierran a un individuo, lo creman y lo sellan en un túmulo, hacen lo mismo con sus construcciones".
En medio de aquel escenario apareció un detalle perturbador: un cuerpo humano donde no debía estar, tendido sobre los escombros, sin señales de violencia. "No pinta nada, y menos en el relleno; nos lo dejó un despistado", desdramatiza Celestino. "Pintar, el pobre pinta —remata Rodríguez—, pero no es lo normal".
Cambiar, no destrozar
Cada hallazgo obliga a corregir los manuales de Historia conocidos. Suena extraño, pero es así. Rodríguez lo ilustra con su propia biografía: "Cuando empecé la carrera estudié Tarteso como una cultura de la prehistoria, una cultura de dólmenes. Ese año empezaron las excavaciones de El Carambolo y, en cuarto de carrera, Tarteso ya era una cultura resultado de la unión entre los fenicios y la gente que vivía aquí". Hubo que reescribirlo entero. Los rostros del Turuñuelo, que ilustran la portada del libro y que en 2023 se presentaron como las primeras representaciones humanas conocidas de esta cultura, son el último de esos vuelcos. "Representan a alguien, aunque no sepamos a quién", aseveran.
"Más que destrozar los libros de Historia, es cambiarlos", matizan. Celestino recuerda que estos procesos son lentos, casi geológicos: les ocurrió a los etruscos, y también a la cultura ibérica, que durante décadas se resumía en una foto de la Dama de Elche "y punto". Con Tarteso terminará pasando lo mismo a medida que las excavaciones avancen y la tierra deje paso a nuevos hallazgos.
La tentación atlante
Un pueblo enigmático y desaparecido es terreno fértil para las fantasías de quien quiere visibilidad y no arrojar luz sobre nuestro pasado. El carro de bronce aparecido en la última campaña reavivó viejas polémicas: los que se molestan porque muchas piezas lleguen del otro extremo del Mediterráneo, y los que ven en cada novedad una prueba de la Atlántida. Sobre lo primero, Rodríguez es tajante: “Que una comunidad del siglo V antes de Cristo consiguiera objetos del otro confín del mar demuestra su enorme riqueza, no lo contrario”. Sobre lo segundo, no se anda con rodeos: "Es más emocionante que sea la Atlántida, pero hay que leer también la otra versión. Al final, el primer desinformado eres tú si te aferras a hipótesis que a día de hoy no tienen ninguna demostración científica".
Podrían rendirse al mito y ganar repercusión, pero la respuesta de Celestino no da opción: "Somos científicos, nos gusta lo real. La Atlántida me encanta, es un mito precioso, pero es un mito. Se lo inventó Platón para hablar de la ambición humana".
Somos científicos, nos gusta lo real. La Atlántida me encanta, es un mito precioso, pero es un mito
Teorías poco edificantes al margen, lo cierto e inapelable es que el equipo que trabaja en el Turuñuelo ha sacado ya a la luz aproximadamente la mitad del túmulo y que cada nuevo descubrimiento es más apasionante que el anterior. "Hemos aprendido a convivir con el yacimiento, a entender cómo funciona esa destrucción y a sacarle el mayor jugo posible a cada campaña. Estamos abiertos a todo lo que venga”, apuntan.
“Ojalá cada año encontrásemos un carro de bronce", añaden con una sonrisa. Sin embargo, el gran sueño real es encontrar ese archivo de textos que los metería de lleno en la Historia. Mientras tanto, el objetivo más inmediato, musealizar el lugar para que cualquiera pueda visitarlo y darse cuenta de la riqueza histórica que tenemos en España.
No en vano, el Turuñuelo es apenas una pieza. El valle medio del Guadiana está sembrado de túmulos gemelos —La Mata, Cancho Roano— y de ciudades enteras que todavía duermen bajo los frutales y los caminos. En algún lugar de esa llanura, sellado en el barro, un pueblo sin nombre sigue esperando a ser despertado por completo.
