Miguel Ángel Santamarina, mirando a los monstruos a los ojos: "Tenemos metido el morbo en el ADN"
El periodista y divulgador histórico debuta en la novela con 'La hora de los monstruos', una reflexión sobre el poder y los medios de comunicación
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La crónica negra siempre ha vendido en los medios. Desapariciones que mantienen en vilo a todo un país, crímenes que conmocionan a la opinión pública e investigaciones que se prolongan durante meses forman parte de una actualidad que despierta curiosidad, inquietud y, en ocasiones, una fascinación difícil de explicar.
Es precisamente en ese territorio incómodo que hay entre el interés informativo y el espectáculo donde se mueve 'La hora de los monstruos' (Ediciones B), la primera novela de ficción de Miguel Ángel Santamarina, periodista, editor de Zenda y divulgador histórico. A partir de la desaparición de dos adolescentes en Ciudad Real, el autor construye un thriller en el que la búsqueda de la verdad convive con la ambición mediática, la corrupción y la impunidad. Su protagonista, el periodista Javier Redondo, tendrá que adentrarse en una trama peligrosa mientras se enfrenta a sus propios límites.
Pero ¿quiénes son los verdaderos monstruos? ¿Quienes cometen los crímenes, quienes los encubren o quienes convierten el sufrimiento de las víctimas en un espectáculo rentable? Con estas preguntas de fondo, Santamarina aborda en su novela algunas de las contradicciones que nos definen como sociedad.
Después de años dedicado al periodismo y a la divulgación histórica, ¿qué has querido contar con esta incursión en la ficción?
En realidad, este thriller fue anterior a los dos libros de historia, pero se ha publicado más tarde. Me interesa mucho el género negro, como lector y también como escritor, porque permite abordar temas sociales que parece nos cuesta más hacer desde la novela convencional. Elaborar una novela es también una forma de probarte como escritor, porque todo es más complejo y necesita de un equilibrio muy especial para que la historia funcione.
El título, ‘La hora de los monstruos’, tiene algo inquietante y a la vez sugerente. ¿Quiénes son esos monstruos a los que alude?
Creo que monstruos somos todos, o podemos llegar a serlo. No me creo ese rollo del “buen salvaje” de Rousseau. De hecho, defiendo lo contrario, el hombre necesita de unos imperativos morales y unas normas para evitar cometer maldades. Lo he comprobado al escribir sobre la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Civil, personas que hubieran pasado toda su vida sin matar a nadie, en unas circunstancias determinadas, cuando no hay leyes y sólo rigen la venganza y los sentimientos más primarios, actúan como monstruos: torturan, violan y ejecutan sin miramientos.
En el caso de mi novela, los monstruos tampoco tienen leyes morales que les limiten; son gente poderosa, que se cree impune, que piensa que nadie puede fiscalizar sus actos. Ese es un de los grandes temas del libro, la impunidad.
La novela arranca con la desaparición de dos adolescentes en Ciudad Real. ¿Por qué elegiste que tu historia la protagonizaran dos chicos?
Porque ser dos jóvenes, de origen humilde, y de un lugar como Ciudad Real, es el colmo del anonimato. A nadie le importan. Para los medios de comunicación nacionales son invisibles. No es como si desaparece alguien en una gran ciudad, y ya no digamos si pertenecen a una familia conocida o con dinero. Por eso al principio del libro su desaparición sólo le interesa a un periodista de segunda fila que se obsesiona con el caso. Cuando los programas de telebasura ven que pueden hacer caja y conseguir audiencia con el drama de estas familias, entonces llevan su caso al prime time, y a partir de ese momento da igual que sean de Ciudad Real.
Los sucesos criminales llevan décadas ocupando un lugar destacado en los medios. ¿Qué ha cambiado desde el caso de las niñas de Alcàsser en nuestra forma de informar y consumir sucesos?
Me encantaría decir que ha cambiado todo, pero no es verdad. Las redes sociales han amplificado el espectáculo. Hace unos días una mujer octogenaria muere en Burgos. La policía anuncia que la han asesinado dos adolescentes, de 16 y 17 años. Empiezan a circular por redes sociales las fotos de jóvenes acusándoles del asesinato. Todo el mundo difunde y comparte sin cuestionarse que puede estar jodiéndole la vida a dos inocentes. Al día siguiente, se demuestra que los chicos de las fotos no eran los asesinos. Sus fotos se siguen viralizando por WhatsApp.
Lo que antes se hacía mal, ahora es peor con la inmediatez de las redes sociales. Y eso lo vemos en la cobertura que hacen los medios de ciertas situaciones, y no sólo de asesinatos; lo que ocurrió con la DANA fue vergonzoso. Y luego está la fiebre del True Crime, ¿hasta qué punto es lícito hacer una serie, de ficción o no, sobre un caso reciente, pocos años después del suceso?

¿Hasta qué punto hemos convertido el sufrimiento ajeno en una forma de entretenimiento? ¿Dónde termina el interés legítimo por una noticia y empieza el morbo?
El problema es que el morbo lo tenemos metido en el ADN. Todos criticamos esos programas, pero los vemos y validamos su propuesta sensacionalista. Has mencionado de las niñas de Alcàsser, reconozco que no me perdí una emisión del programa de Pepe Navarro. Era pura carnaza, pero me enganché a ese formato. Y si somos sinceros, todos bicheamos en Twitter e Instagram las publicaciones relacionadas con sucesos trágicos, para leer las noticias, los comentarios e incluso comentarlos.
Vuelvo a las leyes, con el código deontológico no basta, hay que sancionar cuando un medio de comunicación traspasa ciertos límites. Adamás, las empresas —periódicos, cadenas de televisión, de radio…— deben sancionar internamente y tener un código de actuación claro. El problema es que vivimos en la dictadura del clic: cuantas más páginas vistas de una web, más escuchas de un pódcast o reproducciones de un vídeo en Youtube o Tiktok, más pasta. Esos clics suben exponencialmente cuando hay una muerte, un asesinato o un suceso trágico. Entre su deber ético y el dinero, las empresas siempre van a elegir el dinero.
El protagonista de la novela es un periodista obsesionado con descubrir la verdad y que atraviesa un momento personal complicado. ¿Cómo dirías que nace una obsesión?
Sin la obsesión por descubrir la verdad es imposible que un periodista consiga descubrirla. La obsesión en una de las cosas más humanas que hay. Si Picasso no hubiera sido un ser obsesivo no hubiera sido Picasso; nadie se sabría su nombre. Igual con Cervantes, y con cualquier persona que ha conseguido publicar una novela, autopublicada o editada en una gran editorial. El ser humano necesita el reto, la situación de estrés para obtener las soluciones.
¿Cuánto hay de tu experiencia periodística en Javier Redondo y qué límites éticos pone a prueba el personaje?
Ninguna. Yo me dedico a editar textos literarios y hacer entrevistas. Lo mío es puro cuento… Sí que me veo reflejado en él cuando se pone obsesivo y le sobra el resto del mundo. Cuando me concentro en escribir, da igual que estalle una bomba a mi lado que no me voy a enterar. Javier Redondo comienza investigando el caso como un periodista de un medio “serio”, y acaba tentado por la telebasura. Al final, todos somos sobornados por el dinero y la fama. No hay droga más dura que el ego. Todos tenemos un precio, y cuando aparece el diablo, le vendemos nuestra alma sin contemplaciones.
En la historia reciente hay episodios en los que la opinión pública ha dictado sentencia antes que los tribunales. ¿Te preocupa el poder de los juicios paralelos?
Muchísimo. Fíjate en esa pobre mujer, Dolores Vázquez. Los españoles hemos sido unos miserables con ella. Decidimos que era culpable y aplaudimos cuando la condenaron. Lo más asqueroso de todo ese tema es que a día hoy, si haces una encuesta, seguro que mucha gente cree que fue culpable, a pesar de haber un asesino reconocido, Tony King. Esta mujer estuvo 17 meses en prisión sin unas pruebas sólidas, y todavía sigue sin cobrar la indemnización que le corresponde por parte del Estado. De la restitución del daño moral hablamos otro día. Si el enfoque mediático hubiera sido diferente, estoy convencido de que nunca hubiera pisado la cárcel.
En una época en la que conocemos cada día noticias reales que parecen sacadas de una novela negra, ¿qué puede aportar la ficción criminal que no nos ofrezca la actualidad?
La ficción criminal lo primero que tiene que aportar son unas horas divertidas de lectura. En segundo término, está la capacidad para exponer situaciones injustas y denunciar comportamientos. Este género le da al autor unas herramientas para la crítica que no tiene de otra forma. Hay como un acuerdo no escrito entre autores, lectores y editores para permitir ese juicio y ese análisis. Creo que un escritor de novela negra no debe desaprovechar ese beneficio del que goza.
Como sociedad, ¿cuál dirías que es nuestro peor monstruo?
La sumisión a los superricos, a los poderosos. Alimentamos su impunidad, y eso está permitiendo la llegada al poder de personas que no creen en la democracia y quieren acabar con ella como Elon Musk y Peter Thiel. Una sociedad sana es aquella que no tiene miedo a denunciar la impunidad de los poderosos.
