Quioscos, reinventarse o morir: "Ahora nos especializamos en libros, discos o café bueno para sobrevivir"
Desde el año 2.000 se han perdido más de 16.000 quioscos en España, aunque algunos se resisten a echar el cierre reinventándose
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Que cierre un quiosco en España ya no es noticia. Mantenerlo vivo, casi un acto de fe. Y convertirlo en algo nuevo, directamente, una rareza digna de estudio. Porque mientras el país ha pasado de más de 20.000 quioscos a principios de siglo a menos de 4.000 en la actualidad —una caída cercana al 80%—, hay quienes han decidido hacer justo lo contrario: quedarse. O volver. O reinventarlo todo.
En los últimos dos años, el goteo continúa: entre 200 y 400 quioscos han bajado la persiana en España, con un ritmo de caída anual de entre el 3% y el 5%. Menos cierres que antes, sí, pero también menos margen de error: ya quedan muy pocos. Y, sin embargo, en medio de esa tendencia, aparecen perfiles que proponen lo contrario.
Siempre hay excepciones. Gente que se aferra a su proyecto para ir a contracorriente y demostrar que sí se puede. Es el caso de Miguel Sanz, un joven burgalés que hace 11 años decidió aprovechar la venta de un quiosco en la madrileña calle de Ortega y Gasset para revitalizar un negocio que parecía perdido. Hoy, más de una década después, su quiosco y él se han convertido en tendencia en redes sociales.
Literatura para sobrevivir
“Estoy de moda porque hacer firmas de libros, tener un quiosco abierto los siete días de la semana, apostar por la prensa en papel, por los libros y por los encuentros literarios es algo revolucionario”, afirma Sanz. Un quiosquero de los de toda la vida que se ha convertido en tendencia gracias a las firmas de libros que organiza en plena calle. La imagen de un idealista.
“No sé si soy viral; ojalá hubiera muchos más seguidores, no porque quiera ser influencer ni mucho menos, sino sobre todo como canal informativo y de difusión de las firmas y de las iniciativas que hacemos”, apunta Sanz, que apuesta por ir a contracorriente en una época en la que todo es digital. “Hay que ir a la contra. Tiene mucho valor esto: la prensa en papel, las revistas, los libros, las firmas, el contacto directo con la gente. Por eso apuesto por ello”.
Miguel ha vuelto a hacer popular una estampa tan familiar en los 90: gente sacando monedas de los bolsillos para pagar un periódico, una revista o un sobre de cromos. Pero también compran libros, paraguas o pañuelos, “porque hay que diversificar para mantener el negocio a flote”. Aunque, para Miguel, la apuesta más importante es la cultura, su leitmotiv.
“Cuanto más se lee, cuanto más se paga por la información, cuantos mejores y más independientes son los medios, cuantos más libros se publican, más desarrollado es un país, económica y culturalmente. Va unido”, sentencia Sanz, antes de abogar por una información de calidad para que la prensa vuelva a tener su espacio en estos quioscos que hoy tratan de sobrevivir.
Un quiosco 'gracias' a Metallica
Si en el caso de Sanz el combustible es la cultura, en el de Fausto Palmieri la música es la gasolina que en 2023 le llevó a comprar un quiosco que iba a cerrar en la calle Alcalá, 114. Allí se erige el Morrison, un quiosco que mezcla las portadas de El País, El Mundo, La Razón o Marca con las de vinilos de AC/DC, Kiss o Extremoduro. Música para la recuperación de un espacio perdido.
“Pensé que sería una buena idea colocar un puesto de vinilos donde la persona, mientras busca lo que quiere, pueda tomarse un café, conversar y también encontrar una sección de arte, de ilustraciones, de artistas locales. Iniciamos todo esto en 2024. No empezamos como lo que es ahora, sino con una selección pequeña de vinilos, arte y muchas revistas, hasta que poco a poco lo fuimos transformando”, confiesa este venezolano que ha devuelto la vida a un quiosco que parecía en desuso.
Un pequeño local de hierro que le debe mucho de lo que es hoy a Metallica: “Les debo y les agradezco mucho”, cuenta entre risas Fausto Palmieri. “Antes de un concierto en 2024, ellos colocaron una tienda de merchandising cerca del quiosco. Ese día devolví todas las revistas que tenía; el quiosco se veía un poco vacío, y lo que hice fue llenarlo de vinilos. Cuando las personas que iban a la tienda de Metallica pasaban y decían: ‘Oye, un quiosco de vinilos’. Y así fue como nació el quiosco de los vinilos, y así sigue hasta ahora”.
“Todo el mundo, al principio, me decía qué hacía vendiendo vinilos si esto es un quiosco”, recuerda Palmieri, que defiende estos espacios como arterias de la vida urbana. “Es muy importante porque es un servicio que se le da al peatón: quizá no quiere entrar a una tienda, subir escaleras y perder diez minutos en buscar algo. Aquí vienes, lo coges, conversas, estás al aire libre y es algo que la gente aprecia”.
Un quiosco para dar esperanza a las personas
No todos los quioscos que vuelven a abrir sus puertas lo hacen reinventando el negocio. Hay algunos que ni siquiera es lo primero que miran. Prefieren poner el foco en las personas, en la comunidad. Fue el caso de Marta, Jesús, María y Javier, cuatro jóvenes que vieron en un cubo de hierro y un toldo la oportunidad de ayudar a quienes más lo necesitaban.
Hoy esa idea abre sus puertas cada mañana en Acacias, 37. Un quiosco que no solo ha revitalizado un negocio que parecía perdido en el barrio, sino que también ofrece una oportunidad laboral a personas en riesgo de exclusión social, como Abdul, encargado de atender a los clientes a primera hora de la mañana.
“Esta reapertura para mí ha significado una oportunidad de tener un negocio y poder vivir de ello”, recuerda Abdul, que se ha convertido en una de las imágenes del barrio mientras vende periódicos o despacha cafés. “Los vecinos están encantados de que el quiosco haya vuelto a abrir después de un año cerrado. La relación con ellos es muy buena. Han vuelto los habituales y llegan nuevos clientes”.
Esas dos palabras son las que buscan con ansia otros cientos de propietarios de quioscos que ven cómo el negocio languidece y les obliga a reinventarse, a entender este espacio como un centro cultural, social o incluso emocional. Así tienen algo más de margen. Porque, en el fondo, esto no va solo de papel. Va de personas. De conversaciones rápidas en mitad de la calle. De vecinos que se conocen por su nombre. Y eso, de momento, no hay algoritmo que lo sustituya.
