DEPORTE EXTREMO

Diego Poncelet, el skater más rápido del mundo gracias a los consejos de un monje budista: “Patino mejor con miedo"

Diego Poncelet en una de sus bajadas: rompió un récord mundial con 151 km/h. (Foto: cedida)
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Imaginen la escena. Una cuesta de Mallorca, unos chavales subiéndola a pie, monopatín bajo el brazo, sudando e imaginando la siguiente bajada. Y un coche que los adelanta despacio, cargado con varios patinadores dentro, camino de la cima. Al volante, un hombre que ni patina ni lo pretende, pero que lleva años haciendo de lanzadera, enfermero y confidente de toda una tribu. Diego Poncelet era uno de esos chavales que miraban pasar el coche. "Veíamos su coche pasar con diez patinadores dentro, y pensábamos: 'Guau, el día que seamos parte de eso…'", recuerda. Aquel conductor se llama Joan, y en la historia de Poncelet no es un secundario: es la explicación de casi todo.

Poncelet nació en Ciudad de México, se crió en Mallorca y fue el primer español que se proclamó campeón del mundo de downhill, la modalidad más rápida y expuesta del monopatín. Lo ha sido dos veces seguidas, pero su último logro es tan impresionante o más que esos dos campeonatos.

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Diego se ha convertido en el skater más rápido de la historia al alcanzar los 151,83km/h sobre su tabla en una carretera de Canadá, un desafío que tenía entre ceja y ceja desde hace años este mexicano que dedica su vida entera a bajar carreteras a más de cien kilómetros por hora sin motor y sin más freno que su propio cuerpo derrapando contra el asfalto.

Es un deporte que, como él mismo admite, ni siquiera existe del todo a ojos de la ley. Pero lo que convierte su relato en algo más grande que una sucesión de podios es precisamente ese hombre al volante del que se ha hecho inseparable.

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El botiquín y los remontes

La amistad entre ambos empezó por un golpe. "Un día me di una buena hostia patinando, cuando empezaba, en Mallorca. Todavía era bastante principiante, y él tenía lo que llamaba su botiquín, que era como unos primeros auxilios. Me ayudó con eso, y después nos fuimos conociendo y poco a poco nos hicimos más amigos", explica Poncelet.

Joan, que así se llama, era, en aquella escena, una figura tan discreta como imprescindible. No competía: sostenía a los que competían. "Era la persona que llevaba a los patinadores y que les hacía los remontes", explica. En un deporte en el que cada descenso obliga a volver a subir la montaña, quien te lleva arriba una y otra vez te está regalando, en realidad, horas y horas de entrenamiento y diversión. Poncelet lo tiene medido: buena parte de su ventaja técnica, dice, "viene de todas las sesiones que he hecho con él".

Un monje antes de serlo

Para entender a Joan hay que retroceder décadas, a una época en la que su vida teníafecha de caducidad. "Yo digo que fue monje antes de serlo, porque hace ya décadas que tiene VIH. Tuvo una esperanza de vida muy corta cuando era joven; él pensaba que se iba a morir dentro de poco y tuvo que vivir siempre con ese presente todo el tiempo", cuenta Diego.

Ahí está, quizá, la raíz de la conexión entre un veinteañero que juega con el límite y un hombre que aprendió a convivir con la muerte antes de tiempo. Vivir en presente, no dar por hecho el minuto siguiente, exprimir la experiencia porque podría ser la última: es la filosofía que Poncelet persigue a cien por hora y la que Joan lleva décadas siguiendo a pies juntillas. No es de extrañar que el joven lo describa con una mezcla de asombro y ternura: "Tiene la energía de un tío de 20 años".

La muerte que no llegó le dejó tiempo para reinventarse hasta el punto de que Joan se terminó ordenando monje budista de pleno derecho. "Lleva seis o siete años como monje budista oficial; es decir, tiene ya todos los rituales monásticos, y tiene un maestro en el monasterio que le da el permiso para salir a hacer estas aventuras conmigo", apunta Poncelet.

Así es, un hombre con 70 años a sus espaldas que vive en un monasterio sólo pide permiso para salir cuando le toca acompañar a un chico a bajar montañas por medio mundo. Se lo suelen conceder, aunque no de buena gana, y por una razón deliciosamente terrenal. "Es el panadero del monasterio y es muy bueno —ríe Poncelet—. Dicen que cuando él se va, el pan es muy malo".

La pregunta que lo cambió todo

Hubo un día, del que el propio protagonista apenas guarda memoria, en que aquella relación de enfermero y aprendiz se convirtió en un pacto. "Yo no me acuerdo cómo comenzó exactamente nuestra amistad, pero él dice que un día le pregunté si quería ayudarme a hacerme campeón del mundo, y él directamente dijo que sí".

A partir de ahí, la rutina de dos: "Íbamos a patinar juntos en modo entrenamiento. Yo tenía un bloc de notas y en cada bajada escribía lo que tenía que mejorar". Pocos años después, aquel chaval que caminaba cuestas arriba estaba en lo más alto del ranking mundial. Y eso sin dejar de lado su carrera (es licenciado en Política Internacional) ni su pasión por el cine (ha dirigido varios cortos).

Joan nunca se ha subido a una tabla, y Poncelet jura que no lo hará jamás —"sería un accidente automático"—, pero mira el deporte con ojos de artista. "Siempre le ha encantado el aspecto visual del patín, porque le parece que es como un baile, un baile a alta velocidad", cuenta. El patinador prefiere otra definición, más suya: "Yo suelo describirlo más bien como una meditación de altas consecuencias".

Esa expresión —meditación de altas consecuencias— resume su manera de entender el vértigo, y es donde el discípulo suena más a maestro. Poncelet no combate el miedo sino que lo utiliza para mejorar: "Yo patino mejor cuando tengo miedo. El miedo, si se sabe controlar, es un afecto positivo que nos impulsa a ir más allá", zanja. En la bajada, dice, se apaga el ruido de la cabeza y toma el mando algo más profundo. "Es como si tuviésemos un sabio dentro de nosotros que se ocupara de hacer lo importante".

Yo patino mejor cuando tengo miedo. El miedo, si se sabe controlar, es un afecto positivo que nos impulsa a ir más allá

Lo que otros buscarían en un cojín de meditación, él lo encuentra acercándose a una curva a 100 km/h. "En el momento en el que estás bajando, te quita la necesidad de tener un propósito. Estás en el momento presente y en el lugar correcto", explica.

Toda esta serenidad tiene un reverso en forma de familiares y amigos. Poncelet lo sabe, pero es la vida que él ha escogido y no la cambiaría por nada. Él lo sabe. Los que le quieren, también. "El miedo es peor para los familiares que reciben la llamada". Su padre, dice, "literalmente tiene más pesadillas de eso que yo". Curiosamente, el que menos sufre es el más viejo de todos. "Si estás dentro del deporte como lo está Joan, quizá te pasa menos, porque sientes que conoces todo el control que hay", razona. No es un espectador angustiado: es el jefe de seguridad. "Él es el que hace los protocolos: él me avisa cuando sube un coche o cuando hay un peligro".

Y cuando el cálculo falla y llega el golpe, también es el que conduce: "Me ha acompañado siempre al hospital cuando me ha pasado algo", recuerda un Poncelet que apela a la responsabilidad de quien entrena en carreteras de montaña de todo el mundo sabiendo que no están cortadas al tráfico, que debe fiarse al 200% de quien le da indicaciones desde abajo y que no hay margen de error si no quieres acabar en el hospital.

Con este panorama, su familia, con los años, ha hecho las paces con el riesgo. Poncelet recuerda un reportaje que la televisión francesa dedicó a los dos y una frase de su madre que lo dice todo: entendía, contó ella, que su hijo "prefería morir de su pasión antes que no tener ninguna". Lo dijo, según él, orgullosa.

Ni gurú ni maestro

Sería fácil, y falso, vender esta historia como la de un sabio oriental y su pupilo. Poncelet se apresura a desmontarlo porque lo que son, realmente, es amigos. "Joan es realmente un amigo, no es un maestro para mí. No tenemos esa relación: estamos en un nivel muy igual. Lo que me fascinó de él no fue ninguna doctrina, sino una forma de estar en el mundo. Es un perro verde, alguien radicalmente auténtico, completamente independiente de cualquier molde social", afirma Diego, que matiza cómo se transmite esa lección: "Él no intenta enseñarte cosas con las palabras, sino con las acciones".

Es un perro verde, alguien radicalmente auténtico, completamente independiente de cualquier molde social

¿Patinaría igual sin haberlo conocido? La respuesta no admite matices. "No, absolutamente imposible. Ha sido, al 100 %, lo más importante en mi carrera de patinador". Y así seguirá siendo, porque Diego Poncelet tiene cuerda para muchos años, hasta que el cuerpo aguante.