Cientos de militares están aprendiendo a marchas forzadas a conducir y manejar camiones cisterna.
El gobierno se plantea hacer lo mismo con reclusos condenados por delitos menores.
Ahora ofrecen noventa mil euros anuales a los camioneros europeos.
Tras la borrachera del Brexit, ha llegado la resaca de la realidad. Los británicos descubren ahora, cuando ven supermercados medio vacíos y colas kilométricas en las gasolineras, que no podían permitirse prescindir de cientos de miles de trabajadores extranjeros. Sobre todo de transportistas. Y están perdiendo los nervios. Se suceden las peleas por llenar el depósito, o las agresiones a los empleados de las estaciones de servicio. Nigel Farage, el líder populista número uno en el brexit se queja ahora de haber tenido que recorrer siete gasolineras para encontrar combustible.
Cientos de militares están aprendiendo a marchas forzadas a conducir y manejar camiones cisterna. El gobierno se plantea hacer lo mismo con reclusos condenados por delitos menores. Incluso ofrece noventa mil euros anuales a los camioneros europeos. Que no están en su mayoría por la labor de acudir al rescate.
Ya se especula con que puedan peligrar hasta las cenas y los regalos de Navidad. La prensa británica bautiza lo que se le viene encima al país como "el invierno del descontento". Nos movemos en el terreno de las tragedias de Shakespeare.
Hay tres elementos que resumen los problemas de abastecimiento que está experimentando el Reino Unido: las largas esperas en las aduanas, la obligación de duplicar el pago a los camioneros españoles y europeos si quieren sus servicios y la peligrosidad del país para los transportistas. No solo eso. Las malas condiciones de trabajo, largas distancias y semanas, incluso meses, lejos de casa son algunas de las razones de la escasez de camioneros en Europa.

"El Gobierno británico no hizo lo necesario para gestionar los problemas laborales que probablemente surgirían con el Brexit", explica David Henig, analista del Centro Europeo de Economía Política Internacional. "Las empresas eran reacias a dar un paso al frente y decir lo que iba a pasar. Incluso cuando lo hicieron, no querían llevarlo demasiado lejos. El Gobierno tendía a decir 'esto es simplemente 'el proyecto miedo', os adaptaréis bien, no será un problema".









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