Mar Cabra o la cara amarga de ganar un Pulitzer por los Papeles de Panamá: "Llegaba a casa vacía, sola y agotada"

La periodista, que ganó el Pulitzer en 2017, revela en 'Vivir a jornada completa' cómo la obsesión por el trabajo le costó salud mental y vida social
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Un Nobel, un Oscar, un Balón de Oro o un Pulitzer. Son nombres propios que reflejan el sueño de millones de profesionales en todo el mundo. Premios con los que se reconoce la labor de un individuo o de un grupo y que sirven para colmar los sueños y las expectativas de miles de individuos que están dispuestos a pagar cualquier precio por ello. O no. Porque muchas veces el brillo de esos trofeos, corta.
Eso es algo que Mar Cabra ha aprendido a la fuerza y que le ha servido para dar un giro radical a su vida. La periodista que ayudó a destapar la mayor filtración de la historia —los papeles de Panamá— y que en 2017 levantó un Premio Pulitzer cuenta hoy la resaca de aquel éxito en su nuevo libro, ‘Vivir a jornada completa’. No es un ajuste de cuentas con el periodismo ni con la ambición. Es algo más incómodo: una autopsia del éxito cuando se confunde con identidad.
Cabra habla con la serenidad de quien ya ha pasado por la tormenta y ha aprendido a leer el radar. Pero no edulcora. “Yo decía: he ganado un Pulitzer, pero he perdido salud, he dejado mi trabajo y tengo un ovario menos. Si esto es el éxito, es una puta mierda”. Lo dice sin pose, como quien recuerda una fractura que aún duele cuando cambia el tiempo.
Si esto es el éxito, es una puta mierda
La tesis de Cabra es simple y, a la vez, incómoda: no vivimos para trabajar ni trabajamos para vivir. Vivimos, punto. Y además trabajamos. Parece semántica, pero no lo es. “Nos pasamos unas 80.000 horas trabajando. Claro que el trabajo importa: da ingresos, propósito, relaciones. Pero no lo es todo. Yo creía que yo era mi trabajo. Y cuando paras —por baja, despido o jubilación—, si eres solo eso, te quedas sin sentido”.
Esa confusión no es abstracta: fue el origen de su burnout. Durante años, Cabra estuvo hiperconectada, disponible, celebrada. El éxito profesional crecía al mismo ritmo que la erosión personal. “Salía en la tele, fui a El Intermedio, hablaba con grandes figuras… y llegaba a casa vacía, sola, agotada”. El contraste —la ovación fuera, el silencio dentro— fue la primera alarma.
El Pulitzer como salvación
Cabra tardó años en agradecer aquel Pulitzer que hoy figura en todas las biografías. “Ahora entiendo que me da voz para hablar de salud mental y de cómo trabajamos. Hay una epidemia silenciosa: desde 2020 las bajas por salud mental han subido un 70%, muchas ligadas al trabajo”. La periodista no habla desde la teoría. Tras la investigación coordinada desde el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación, su vida se desmoronó en privado mientras el periodismo celebraba en público.
Fue el resultado de una rutina demoledora: “Mi día a día en los Papeles de Panamá es todo lo que hay que cambiar. Trabajaba desde que me despertaba hasta que me dormía. Podía pasar días sin salir de casa. Se me olvidaba comer. No tenía pausas, ni límites”. La gesta global tenía un backstage de cafés, ansiedad y soledad, aunque su quemazón venía de mucho antes. “Mi burnout se fue cocinando a fuego lento durante tres o cuatro años”.
En profesiones vocacionales —periodismo, sanidad, docencia— el peligro es doble: explotación externa y autoexplotación. “Creemos que un buen profesional es quien está siempre disponible. Y no. La ciencia dice que la hiperconectividad sobrecarga el sistema nervioso y acaba en problema de salud”. Cabra no demoniza la ambición. La cuestiona cuando se vuelve religión.
La factura fue concreta: parejas perdidas, maternidad postergada, salud dañada, tiempo robado a los suyos. “Los sacrificios existen. El problema es hacerlos sin conciencia”. Si hoy alguien le ofreciera repetir el camino con el mismo coste —ovario, salud, vida—, dice que no. La diferencia no es el premio; es saber el precio.
Un parón con un estigma
Tras el boom de los papeles de Panamá, Cabra hizo lo impensable en la cultura del rendimiento: paró. “Paré para sanarme. Y me fui con la cabeza gacha, pensando que me faltaba algo, que no tenía lo que hay que tener”. Mientras otros la llamaban valiente, ella se sentía fracasada. Y todo por una valoración personal en la que tiene mucho que ver el estigma que todavía hoy sobrevuela los problemas de salud mental: “Una de cada dos personas no se siente cómoda diciendo en el trabajo que no está bien”.
Con el tiempo, la mirada cambió. Entendió que su burnout no era solo individual: también sistémico. De esa conciencia nace hoy su labor en la fundación 'Self Investigation', desde la que promueve una “digitalización saludable” y sobre todo un mensaje que pone al individuo, a la persona, por delante del trabajador.
A Cabra le incomodan las frases de trinchera (“al trabajo se viene llorado de casa”, “sois una generación de cristal”). Las considera falta de curiosidad por el otro. “Hoy conviven cuatro generaciones con valores distintos. No es que los jóvenes sean flojos: es que el mundo ha cambiado. No hay empleo para toda la vida, ni vivienda accesible. No puedes pedir los mismos valores en un contexto distinto”. Desde el reconocimiento del problema, la periodista y escritora da la receta: empatía intergeneracional y redefinir el éxito más allá del cargo.
Si hay un primer gesto universal, Cabra lo tiene claro: repensar la relación con el móvil. “Nuestros cuerpos no están hechos para la hiperestimulación constante. Estar todo el día pendiente de las notificaciones todo el día dañan atención, trabajo y relaciones”. Además, la batalla es desigual: “Quienes diseñan las apps saben más de tu mente que tú”. Por eso propone microhábitos: pausas reales, foco sin multitarea, espacios protegidos de descanso, bienestar dentro de la jornada —no al final como premio—.
Tú eres más importante que tu trabajo
Ahora, con una experiencia tan agotadora como valiosa, Mar tiene claro cuál es el mensaje que quiere transmitir: “Tú eres más importante que tu trabajo”. Es la tarjeta que la acompaña a todos lados, la frase que se repite mil veces al día y el consejo que le daría a aquella Mar que empezaba en el periodismo y se exigía llegar a lo más alto a cualquier precio. El momento de intervenir es antes de que el aplauso ahogue el cansancio.
Al final, la conversación vuelve al principio: vivir a jornada completa. No como eslogan, sino como orden de prioridades. Cabra lo resume sin grandilocuencia: “Si yo no me cuido, no puedo ser buena profesional”. Dicho así, parece obvio. Pero quizá la parte oscura del éxito sea precisamente esa: que lo obvio llegue demasiado tarde. Y que alguien tenga que ganar un Pulitzer para recordarnos que, antes que profesionales, somos personas. Y que eso, a veces, se nos olvida cuando más nos aplauden.
