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Esther Santos: "Me gustaría que la gente entendiera mejor que ser sorda no significa ser menos capaz"

Esther Santos, miembro del Consejo Consultivo de Personas Mayores Sordas. CNSE
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Alerta: Spoiler (pero no demasiado). En una escena de la película ‘Sorda’ -galardonada con tres premios Goya y que se puede ver en Mediaset Infinity- Miriam Garlo, la actriz protagonista que da vida a Ángela, disfruta de una comida con los amigos oyentes de su pareja, Héctor, interpretado por Álvaro Cervantes. Durante la reunión, Ángela empieza a ponerse nerviosa, a poner excusas para levantarse de la mesa mientras los amigos de su pareja intentan comunicarse con ella levantando la voz. Una escena cotidiana con un peso brutal para las personas sordas.

La cinta dirigida por Eva Libertad no sólo muestra los miedos y las dudas de una persona sorda ante la maternidad y su vida en familia. También enseña las dificultades que encuentra una persona sorda ante un mundo pensado para oyentes y los obstáculos que existen a la hora de la comunicación entre unos y otros. Una problemática que traspasa la pantalla y a la que se tienen que enfrentar a diario miles de personas en España.

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El de Ángela no es un caso excepcional y como ella muchas personas sordas han tenido que adaptarse y luchar por su lugar en el mundo pese a las dificultades. Y como la protagonista de ‘Sorda’, Esther Santos, persona sorda y miembro del Consejo Consultivo de Personas Mayores Sordas de la CNSE, también ha tenido que convivir con un mundo del que muchas veces se sienten excluidos.

“Recuerdo que crecí muchas veces sintiéndome sola, porque era la única persona sorda en un entorno formado casi completamente por oyentes. Desde pequeña pensé que era algo que tenía que aceptar: yo era diferente y mi forma de comunicarme, la lengua de signos, también”, recuerda Santos sobre su adolescencia y cómo tuvo que adaptarse a su realidad. “En ocasiones, sentía como si hubiera un muro entre las personas oyentes y yo”.

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Ese “muro” del que habla no siempre es evidente. No se ve, no hace ruido, pero está ahí en momentos tan cotidianos como una conversación en grupo, una llamada telefónica o una gestión administrativa. “Las mayores dificultades aparecen por lo general en gestiones o en el contacto con otras personas”, explica. “En ese tipo de situaciones el intercambio es más complejo y es donde más se notan las barreras”.

Porque, aunque pueda parecer lo contrario, no todo depende de la voluntad. Muchas veces el problema es estructural. La comunicación, tal y como está planteada en la mayoría de entornos, sigue pensada para oyentes. Y eso deja fuera, o al menos en desventaja, a quienes utilizan la lengua de signos como principal vía de comunicación.

El problema no es el volumen

Con todo, algo ha cambiado. Y bastante. “Ahora es muy diferente a cuando yo era joven”, reconoce Santos. “Han mejorado algunos aspectos, como el acceso a la universidad, al empleo o la posibilidad de relacionarse con más facilidad con otras personas”. Internet, las nuevas tecnologías y una mayor visibilidad han abierto puertas que antes estaban cerradas.

Pero el avance, insiste, es parcial. “Aún queda mucho camino por recorrer, especialmente en el acceso a la comunicación”. Y ahí entra en juego una de las grandes asignaturas pendientes: el conocimiento de la lengua de signos por parte de la población oyente. “Sería importante que más personas la conocieran y que la sociedad la viera como algo normal”.

Esa falta de normalización es la que provoca muchas de las situaciones incómodas —o directamente excluyentes— que viven las personas sordas. Algunas, además, nacen de la buena intención, pero del desconocimiento. “El problema no está en el volumen, sino en cómo se intenta establecer la comunicación”, explica Santos.

Hablar sin mirar a la cara, demasiado rápido o tapándose la boca son errores habituales que dificultan aún más la comprensión. “Hay actitudes sencillas que facilitan mucho la comunicación. Por ejemplo, mirar de frente al hablar, vocalizar con claridad y no hacerlo demasiado deprisa.”, apunta. “Aprender algunas palabras en lengua de signos hace que la relación sea mucho más cercana y respetuosa”, añade.

Porque la comunicación no es solo una herramienta práctica, también es emocional. Y ahí el impacto de la sordera es profundo. “En la relación con la familia, los amigos o la pareja, la comunicación requiere esfuerzo y en ocasiones resulta complicado”, reconoce. “En cambio, cuando estoy con otras personas sordas y utilizamos la lengua de signos, todo fluye de forma natural y me siento cómoda y feliz”.

Ese contraste —entre el esfuerzo constante y la fluidez natural— es el que muchas veces marca la experiencia vital de las personas sordas. No se trata de capacidad, sino de contexto. “Me gustaría que la gente oyente entendiera mejor que ser sorda no significa ser menos capaz”, reivindica Santos. “Podemos estudiar, trabajar y tener una vida plena”.

Y es en ámbitos como el laboral donde Esther se ha encontrado más de una barrera. "Sí que me he topado con prejuicios. Recuerdo una entrevista en la que, cuando expliqué que era sorda, percibí sorpresa y dudas, por ejemplo por el tema de comunicarme por teléfono", apunta. "Después me ocurrió algo similar en varias empresas: enviaba el currículum y muchas veces la respuesta era negativa. Hasta que una empresa me dio una oportunidad".

Accesibilidad, educación y empatía

Lo que falta, insiste, es accesibilidad. Y ahí es donde entran iniciativas como el reciente protocolo presentado por la CNSE, que busca precisamente eliminar barreras en la atención a familias con miembros sordos. Un documento que define procedimientos específicos para garantizar que la comunicación sea efectiva en ámbitos clave como los servicios sociales, la sanidad o la educación.

El protocolo pone el foco en algo tan básico —y tan olvidado a veces— como asegurar que la información llegue en condiciones de igualdad. Esto incluye desde la presencia de intérpretes de lengua de signos hasta la adaptación de materiales y la formación de los profesionales que atienden al público. La idea es sencilla: que ninguna familia tenga que hacer un esfuerzo extra para entender o ser entendida. Que no haya que improvisar soluciones sobre la marcha ni depender de la buena voluntad de terceros. Que la accesibilidad sea la norma, no la excepción.

En el fondo, se trata de evitar escenas como la de ‘Sorda’. No porque no reflejen la realidad —que lo hacen—, sino porque deberían dejar de ser habituales. Porque nadie debería sentirse fuera de lugar en una mesa, en una consulta médica o en una ventanilla administrativa por una barrera que se puede eliminar.

La clave, como casi siempre, está en la educación. “Mi consejo para las personas oyentes sería que aprendan lengua de signos. Sería muy positivo que se enseñara en la escuela a los niños oyentes”, propone Santos. Una idea que, de materializarse, cambiaría el panorama a medio plazo. “Así, cuando crezcan, cualquier persona podría relacionarse con las personas sordas con normalidad”.

Y eso, más que inclusión, sería simplemente convivencia.