Muere el padre de Paula Echevarría: cómo lidiar con el duelo cuando estabas muy unido a tu progenitor
A partir de cierta edad, la muerte del padre o de la madre suele vivirse como un punto de inflexión biográfico
Reyes López Casas, psicóloga experta en duelo crónico: “El dolor que no se nombra se enquista en el cuerpo y en la memoria”
La muerte de un padre nunca es una experiencia corriente ni fácil de vivir. Tampoco cuando se tienen hijos propios, una carrera consolidada o una vida aparentemente estable. Hay pérdidas que desordenan los cimientos de la identidad y la desaparición de ese referente es una de ellas, especialmente cuando el vínculo ha sido estrecho.
La noticia del fallecimiento a los 76 años de Luis Ángel Echevarría Muñiz, padre de la actriz Paula Echevarría, nos permite poner el foco sobre un duelo del que se habla menos de lo que cabría esperar. La actriz mantenía una relación muy cercana con su progenitor. Era una de las personas más importantes en su vida y le había dedicado en numerosas ocasiones mensajes públicos cargados de afecto.
Existe una idea muy extendida según la cual el fallecimiento de los padres resulta "más natural" cuando los hijos ya son adultos. Es cierto que forma parte del ciclo vital, pero la psicología del duelo lleva décadas demostrando que conocer racionalmente ese desenlace no disminuye necesariamente el impacto emocional.
De hecho, diversos especialistas sostienen que, a partir de cierta edad, la muerte del padre o de la madre suele vivirse como un punto de inflexión biográfico. No solo desaparece una persona querida. También se pierde al testigo de toda una vida, alguien que conocía nuestra historia desde el principio. Y cuanto más estrecho ha sido el vínculo, más profunda suele ser la ausencia.
"Nuestro padre es nuestra principal conexión con el mundo. Aunque tengamos hijos, amigos o una red social, el padre es nuestro vínculo, nuestras raíces. Perder al padre o a la madre es perder una de las figuras más importantes de nuestro mundo. Aunque sea ley de vida, aunque lo entendamos, tenemos la fantasía de que los padres son eternos, van a estar ahí para siempre, y, en realidad, no", nos contaba la psicóloga Lara Ferreiro.
El psiquiatra británico Colin Murray Parkes, una de las grandes referencias internacionales en el estudio del duelo, describía esta experiencia como una reorganización profunda del mundo interno. El duelo obliga a reconstruir la relación con la persona fallecida de otra manera, ya no desde la presencia física sino desde el recuerdo y el significado que conserva en la propia vida.
A los 50 años el dolor puede ser diferente, no menor
Quienes atraviesan esta pérdida en la madurez suelen enfrentarse a circunstancias particulares. Muchos siguen cuidando de hijos adolescentes o jóvenes adultos mientras, al mismo tiempo, habían comenzado a ejercer de apoyo para unos padres cada vez más mayores. Cuando uno de ellos fallece, aparece con frecuencia una mezcla de tristeza, responsabilidad y una inesperada sensación de orfandad.
"La muerte de nuestros padres nos lleva a hacer un balance de todo lo que hemos vivido, nos da una sensación de desarraigo que ocurre de manera real. Aunque es un duelo natural, es uno de los más duros. Va a generar reacciones intensas. Atravesar ese duelo puede durar un año porque hay que pasar por situaciones dolorosas: mi cumpleaños sin mi padre, el síndrome de la silla vacía en Navidad... Hay que gestionar un duelo que duele en el alma", subraya Ferreiro.
Aunque los expertos cifran en un año la duración habitual de ese duelo, en realidad no hay un ciclo definido para superarlo, ya que es un proceso personal y único que cada persona experimenta de manera distinta.
La psicóloga estadounidense Katherine Shear, directora del Center for Prolonged Grief de la Universidad de Columbia, explica que el duelo no consiste en "olvidar" al fallecido, sino en aprender a vivir manteniendo un vínculo emocional adaptado a la nueva realidad. Y en cada persona eso lleva un tiempo distinto.
"Es importante hacer una despedida simbólica, si no has podido despedirte: escribirle una carta o leer unas palabras en su funeral. Hay personas que incluso van al cementerio a hablar con él. Es importante sanar y pasar todas las fases del duelo, sabiendo que hay que transitarlo, forma parte de la vida. No vivirlo hace que se enquiste y, desde ahí, podemos somatizarlo", explica Ferreiro.
El vínculo no desaparece
Durante muchos años predominó la idea de que superar un duelo implicaba romper emocionalmente con quien había fallecido. Hoy esa teoría está ampliamente superada.
Los investigadores hablan de los continuing bonds o "vínculos continuados". Mantener presente al padre mediante fotografías, tradiciones familiares, conversaciones con los hijos o recordando enseñanzas recibidas no solo no dificulta la adaptación, sino que puede favorecer una integración saludable de la pérdida cuando surge de forma natural y no impide seguir viviendo.
Y si, pasados muchos meses, el sufrimiento sigue siendo incapacitante, impide funcionar con normalidad o se acompaña de una sensación permanente de vacío sin mejoría, los especialistas aconsejan consultar con un profesional de salud mental. En una minoría de personas puede desarrollarse un trastorno de duelo prolongado, reconocido actualmente por los principales manuales diagnósticos internacionales.
