Muchos mayores de 50 comparten una misma culpa silenciosa: sentir que hacen demasiado por toda la familia
Uno de cada dos cuidadores en España atiende, simultáneamente, a un familiar mayor y a hijos que todavía dependen de él
Generación X vs boomers: quién está envejeciendo mejor según los datos
Hay una forma de culpa que no aparece en los manuales de psicología popular y que, sin embargo, atraviesa como una fina corriente subterránea la vida cotidiana de millones de españoles próximos a la cincuentena o ya instalados en ella. No es la culpa de haber hecho poco. Es, paradójicamente, la culpa de hacer demasiado; de sostener a la vez a la generación de arriba y a la de abajo hasta el punto de haber perdido, por el camino, casi toda referencia de sí mismos. La sociología ya le ha puesto nombre, generación sándwich, y las estadísticas son las que permiten completar los detalles.
Un fenómeno con cifras y biografías
Un estudio reciente sobre el asunto radiografía una realidad que hasta ahora se percibía más como intuición que como dato. Con una muestra de 3.220 personas, retrata a un colectivo cuya composición demográfica sorprende: el perfil de la persona cuidadora en nuestro país tiene 49 años, es mujer en el 64,2% de los casos y cuida, en tres de cada cuatro ocasiones, de su madre o su padre. Casi la mitad de las personas cuidadas (47,4%) tienen más de 81 años, y cuatro de cada diez conviven en el mismo hogar.
El dato central es de la generación sándwich, que ya representa la mitad de todas las personas cuidadoras del país (51,1%). Es decir: uno de cada dos cuidadores en España atiende, simultáneamente, a un familiar mayor y a hijos que todavía dependen de él o de ella.
De media, las personas cuidadoras dedican 20,6 horas semanales a esta labor, y casi la mitad lleva más de dos años cuidando, cuando la media es de tres años de dedicación continua. Un pequeño trabajo a tiempo parcial que se superpone al trabajo remunerado y a la crianza. La respuesta a la pregunta de ¿de dónde sale ese tiempo? es demoledora: el 76% ha tenido que restarlo de otras parcelas de su vida. Un 65% del ocio, un 63% de su tiempo personal y más de un 35% del contacto con amistades o familia.
El precio emocional, no obstante, no se contabiliza en horas. La expresión más precisa la aporta este estudio al describir el paisaje interior del cuidador: la incertidumbre de quién cuidará del familiar si ellos no pueden (35,7%) encabeza la lista, seguida por el temor a que el cuidado afecte a su vida familiar (31,4%) o la duda de si estará cuidando bien (30,8%). Ese último indicador es el núcleo íntimo de esa culpa silenciosa a la que apuntamos.
La voz de quien lo vive
El testimonio de Conchi, 61 años, vecina de Puente Genil que lleva quince años cuidando a su madre, diagnosticada de alzhéimer y hoy con 95 años, condensa con crudeza esa contradicción. Confiesa que "Tengo ansiedad severa, me siento triste, sin ilusiones." Y añade: "La miro y pienso que ella ha vivido la suya, pero yo estoy desatendiendo la mía."
No es un caso aislado. Según el mismo estudio, casi seis de cada diez personas cuidadoras (59,6%) reconocen sentirse física o emocionalmente agotadas. A ello se suma a menudo un catálogo de dolencias físicas propias que pueden deberse al desgaste acumulado.
El giro que muchos no ven venir
Con todo, el mismo estudio matiza el retrato con una advertencia importante: la experiencia también reconfigura para bien. Ocho de cada diez (81,2%) afirman que esta experiencia les ha cambiado la manera de ver la vida, y más de la mitad (55,5%) siente que esta etapa ha fortalecido la relación con el familiar cuidado. No es una compensación, ya que quien ha cuidado durante años sabe que no la hay, pero sí una constatación que quienes trabajan con estos perfiles subrayan.
Nos encontramos así ante una labor esencial, pero escasamente reconocida. Que además requiere de un autoejercicio para que pueda ser sostenible: para cuidar bien a los demás, primero hay que cuidarse a uno mismo. No te olvides de ti, aprende a delegar y a pedir ayuda cuando lo necesites. Quizá sea ese el antídoto adulto contra la culpa silenciosa: aceptar que hacer demasiado por todos, sin dejarse a uno mismo espacio para respirar, no es una forma superior de amor sino, con el tiempo, la peor manera de gastarlo.
