Laura Yerpes, experta en interiorismo para la longevidad: "La habitación que dejan los hijos es una oportunidad maravillosa”
Diseñar el hogar para la longevidad no es prepararlo para la vejez, sino para vivir mejor: cada edad tiene unas necesidades y unos deseos
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Hay un momento en que uno abre la puerta de la habitación del hijo que ya no duerme en casa y puede ver la cama hecha (no como antes), los pósters descoloridos y el escritorio prácticamente vacío o con documentos propios y no del joven que hace ya años que no se sienta a estudiar allí.
Si se consigue dejar de lado la nostalgia, algo que no es ni mucho menos sencillo, uno puede pensar: ¿Qué hacemos con ese cuarto? ¿Lo conservamos como una pequeña cápsula del tiempo o lo convertimos en otra cosa? La pregunta, además de lógica, parece casi trivial, pero esconde otra mucho mayor: qué queremos de nuestra casa en la segunda mitad de la vida.
Laura Yerpes lleva veinte años respondiéndola por oficio. Fundó su estudio en Valencia en 2005 y hoy firma viviendas, clínicas, hoteles e incluso yates con un sello que ella resume en dos palabras: alma mediterránea.
De un tiempo a esta parte su mirada se ha desplazado hacia un terreno más íntimo, el del interiorismo pensado para la longevidad: casas que nos acompañen y nos ayuden a vivir mejor a medida que vamos cumpliendo años. Porque si algo tiene claro es que la salud está ligada al lugar donde vivimos: “Cada día influye en cómo vivimos, cómo descansamos, cómo dormimos, cómo nos movemos e incluso en nuestro estado de ánimo”, enumera. A partir de cierta edad, avanza, “nuestro cuerpo cambia muchísimo y empezamos a pensar de otra manera”.
No es la vejez
Conviene deshacer un malentendido de entrada. Diseñar para la longevidad no es llenar la casa de asideros ni pensar en los setenta cuando uno tiene cincuenta. “No es pensar sólo en la vejez, sino en todas las etapas de la vida”. Cada etapa conlleva una serie de cambios y el hogar tiene que saber acompañarlos: “Los hogares tienen que ser flexibles y cómodos, capaces de adaptarse a nuestros cambios sin perder el diseño ni la belleza. La casa está a nuestro servicio, y no nosotros al servicio de la casa”.
“Los hogares tienen que ser flexibles y cómodos, capaces de adaptarse a nuestros cambios sin perder el diseño ni la belleza
Ahí es donde la habitación que se queda sin dueño debería dejar de ser un problema y pasar a convertirse en una oportunidad. Y en esto Yerpes es rotunda. “Es una oportunidad maravillosa para recuperar esos espacios para uno mismo”, zanja. Le apuntamos el reparo evidente —la nostalgia, la sensación de estar borrando una etapa— y no lo esquiva: “No es mi caso, mi hijo es pequeño, pero sé que en esa etapa de la vida debes pensar que es tu momento y que debes cuidarlo”.
El cuarto puede transformarse en un despacho, una biblioteca, un gimnasio o un rincón para ver a los amigos. La vivienda, insiste, tiene que evolucionar: “Es el momento de buscar un interiorista y hacerte la casa de tus sueños. Se acabaron los juguetes”, zanja.
¿Y qué pensarán los hijos, que les quitamos la habitación? La interiorista no se anda con rodeos. “Los hijos tienen que hacer su vida; han venido al mundo para vivir la suya. Son personas, no son nuestros. Eso sí, hay que reservarles un rinconcito para cuando vengan, para que sigan estando con mamá y papá. Pero la casa tiene que evolucionar con nosotros”.
Los hijos tienen que hacer su vida; han venido al mundo para vivir la suya. Son personas, no son nuestros
Nada de esto exige, necesariamente, una obra. Podemos respirar... “Muchas veces se trata de eliminar el exceso; no hace falta una reforma”, cuenta. El enemigo tiene nombres concretos: “el ruido visual, el desorden, la mala iluminación, una distribución incómoda”. Todo eso “genera una tensión constante que muchas personas ni siquiera identifican”. Su antídoto es casi filosófico. Por eso Laura reivindica un minimalismo que no va de decoración, sino de vida: “Lo importante no es tener, sino ser”.
El cálculo que sale mal
Tampoco le gusta el usar y tirar, y aquí se enciende. “Compras unos muebles baratos para montarlos tú mismo y, total, si me van a durar un año, los tiro. Pero el cálculo, que lo sepa la gente, sale mal. Un buen mueble de madera natural o de un material noble cuesta más, pero lo vas a tener casi toda la vida”.
Si tuviéramos que quedarnos con un único gesto para retocar nuestra casa en busca de comodidad y felicidad para los próximos años sería, sin duda, dejar paso a la luz. Yerpes es una enamorada de la luz natural: “Es vitamina, favorece el descanso, reduce el estrés y hasta mejora las relaciones. Por eso siempre digo que hay que huir de la luz blanca, esto es esencial. Para combatirla hay que poner lámparas de sobremesa y de rincón con bombillas de luz cálida, crear ambientes”, asegura.
Para quien quiera empezar hoy mismo, sin llamar a nadie, la interiorista deja tres deberes. El primero, despejar, limpiar y ordenar. El segundo, cambiar la iluminación por esa luz cálida y reservarse “algún espacio para ti, aunque sea un rinconcito en tu habitación”. El tercero, dejar entrar lo vivo: “plantas, alguna alfombra de fibra vegetal, cortinas de lino, algo de madera, flores frescas… algo sencillo”. Y, si uno se atasca, “llamar a un interiorista”.
Tu casa tiene que ser tu santuario de paz
Detrás de todos estos consejos late una misma convicción, probablemente la que más resuena a partir de los cincuenta: que la casa deje de ser una lista de tareas pendientes entre la lavadora, la plancha o la nevera para volverse refugio. “Tu casa tiene que ser tu santuario de paz. Llegar, descalzarse, sentarse en la butaca preferida, cuidar las plantas. Buscar entre esas cuatro paredes esas sensaciones que tenemos cuando nos vamos de viaje o de vacaciones”, explica.
La tecnología que hoy lo invade todo, noestá reñida con esa calma. Al contrario: “va muy unida al bienestar, porque nos organiza y nos ayuda. Gestos como encender la calefacción desde el móvil antes de llegar, bajar las persianas o activar la alarma son muy útiles. Una cosa no quita la otra”, zanja.
