Del descapotable a la máquina de café bueno: así está cambiando la crisis masculina de mediana edad
Ya no se compra tanto lujo como competencia. La nueva ecuación de la distinción social a los 50 es tiempo + sacrificio = estatus
¿Y si la crisis de los 50 fuese una etapa de crecimiento?
En la generación de nuestros padres un hombre que cumplía los 50 podía ser reconocido a kilómetros. Bastaba con un coche deportivo descapotable rojo, un Rolex que costaba lo mismo que un utilitario o una chaqueta de cuero diseñada para alguien 20 años más joven. No hacía falta preguntarle qué le estaba pasando. Aquello era, en el lenguaje popular, una crisis de la mediana edad.
El cliché tenía algo de caricatura, pero también mucho de psicología intuitiva. El hombre descubría que el tiempo avanzaba, que el cuerpo ya no respondía exactamente igual, que los hijos crecían y que algunas promesas de juventud no se habían cumplido exactamente como había previsto. Entonces compraba algo que pudiera recordarle, a sí mismo y a los demás, que todavía estaba en condiciones de elegir. El coche decía juventud, el Rolex decía éxito, la chaqueta de cuero prometía algo de aventura.
Hoy el paisaje es bastante menos estridente. El hombre de mediana edad puede seguir teniendo dinero, pero ya no necesita demostrarlo de la misma manera; prefiere la sutileza. Puede gastarse 8.000 euros en una bicicleta de gravel y conseguir que casi nadie que no comparta su afición se dé cuenta.
Puede dedicar meses a preparar un maratón, o puede comprarse una cafetera espresso de alta gama para preparar cada mañana un café que, en teoría, podría resolver con una máquina bastante más barata. Nada de esto es, a primera vista, un símbolo clásico de estatus. Y ahí está la diferencia. Ya no se compra tanto lujo como competencia.
En lugar de exhibir simplemente aquello que uno puede comprar, se exhibe aquello en lo que uno ha aprendido a convertirse. La nueva ecuación, según se apunta en un ensayo del periodista Max Scharnigg publicado en Süddeutsche Zeitung y recogido por 'Página Internacional', puede formularse así: tiempo + sacrificio = estatus.
No abandonar tu vida, sino optimizarla
Un metaanálisis publicado en Journal of Retailing que compilaba 59 estudios encontró que el consumo conspicuo está relacionado con factores como la necesidad de singularidad, el deseo de acceso a grupos de élite y la percepción de un estatus superior.
La distinción importa porque el estatus no necesita presentarse siempre como lujo visible. Puede adoptar la forma de conocimiento especializado, pertenencia a una comunidad o dominio de una práctica. De ahí que una bicicleta de 7.000 euros pueda resultar socialmente más discreta que un deportivo de 70.000.
La pregunta ya no es necesariamente '¿cómo demuestro que todavía soy joven?', sino '¿qué hago con los próximos veinte años?'. Nuestros padres podían responder al malestar de los 50 mediante la ruptura. El coche nuevo, la aventura extramatrimonial, el cambio de trabajo o las vacaciones improvisadas eran formas de decirse a sí mismo que la vida todavía podía empezar otra vez.
El hombre contemporáneo parece disponer de una estrategia mucho más compatible con su agenda. Ya no se trata de abandonar su vida, sino de optimizarla. Si tiene la sensación de que los años se le escapan, convierte su cuerpo en un proyecto. Si percibe que ha perdido contacto con sus amigos, entra en un club de ciclismo. Si cree que su trabajo consume demasiado tiempo, empieza a medirlo. Y si está aburrido, aprende a hacer un espresso. Las marcas se han dado cuenta de esto, y por eso no es casual que sean hombres maduros bien parecidos como Brad Pitt, David Beckham o George Clooney los nuevos iconos del café.
Así que, de alguna forma, la crisis existencial se transforma en un proyecto personal. Y los proyectos personales tienen una ventaja extraordinaria sobre las crisis existenciales: tienen métricas. Kilómetros. Vatios. Ritmo por kilómetro. Frecuencia cardiaca. Peso. Horas de sueño. Número de fermentaciones. Temperatura del agua. Gramos de café. Porcentaje de grasa corporal.
Bienvenidos a la crisis cuantificada
Bienvenidos al mundo de Strava, la plataforma deportiva donde el rendimiento puede convertirse en información pública, comparable y social. El nuevo símbolo de estatus ahora puede ser una marca personal, un KOM (King of the Mountain) o una ruta que demuestra que el domingo por la mañana uno no estaba simplemente fuera de casa, sino acumulando 2.000 metros de desnivel.
Así que donde el Rolex gritaba "puedo permitirme esto", la aplicación susurra al oído "he conseguido esto". Algo parecido ocurre con la cocina, el café, la jardinería, la fotografía o la elaboración de pan. El estatus de quien sabe. La nueva amante de fin de semana, en efecto, puede ser una app.
