Noruega busca voluntarios para restaurar barcos de madera centenarios con alojamiento y comida incluidos
No hay sueldo, pero sí mesa y techo, aunque el techo puede ser una hamaca
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Una voluntaria recordaba así sus noches de invierno a bordo: bajo cubierta, el barco empezaba a crujir, se mecía suavemente y los témpanos de hielo rozaban el casco. El olor a madera vieja, a humo y a mar, escribió, hacía pensar en todas las historias que aquella embarcación había presenciado. Ese barco, convertido en vivienda, taller y escenario a la vez, está amarrado en Fredrikstad, en el sur de Noruega, y su dueño busca gente dispuesta a ayudar a devolverlo al agua.
Un sueño con bandera pirata
El anuncio, publicado en la plataforma de intercambio de trabajo por alojamiento Workaway, es poco convencional. Su autor, David, se presenta como “un hombre de Sligo con un sueño”, el de restaurar viejos barcos de madera para navegar algún día por el mundo ofreciendo un circo de temática pirata. Ese circo, admite él mismo, está “literalmente empezando”.
El barco principal es un queche noruego de aparejo áurico que en los años ochenta se transformó a partir de un pesquero de tipo Hardanger kutter. David lo describe como una embarcación “con historias en sus huesos y podredumbre en sus maderas”, muy exigente, pero confía en que merezca la pena. La flota cuenta hoy con dos barcos principales, con calefacción de leña, radiadores y electricidad, y un pequeño velero donde también se puede vivir. Todo permanece amarrado en el Glomma porque el capitán está haciendo un curso de construcción naval y prevé quedarse allí al menos dos años.

Lo que se ofrece y lo que se pide
El intercambio es sencillo: no hay sueldo, pero comida y techo se comparten con quien arrime el hombro. La compra se hace en grupo y los voluntarios cocinan por turnos tres comidas al día. Parte de los alimentos procede de contenedores de basura, sobre todo pan, bollería, fruta y verdura que, según el anfitrión, se lavan antes de usarse. En cualquier caso, David afirma que gasta unos 180 euros semanales en comida y que lo recuperado de la basura es un complemento.
El alojamiento depende de cuánta gente haya. Uno puede dormir en una litera, en un sofá, en cubierta, en una tienda de campaña o en una hamaca. El anuncio avisa también de que algunos tripulantes van desnudos cuando el tiempo lo permite, y de que el invierno noruego es “frío, oscuro y húmedo”.
Cada día laborable, a las 10:30, se celebra una reunión en la que cada voluntario elige un grupo de trabajo: mecánica, mantenimiento de los espacios comunes, logística y transporte de materiales, o leña. Se trabaja por la mañana y hasta las cuatro o las cinco de la tarde, sin prisas, con las tardes y el fin de semana libres. La estancia mínima es de un mes. En pleno verano se llegó a contar 42 personas trabajando al mismo tiempo.
Para participar hay que darse de alta en Workaway, cuya suscripción anual cuesta 69 dólares por persona o 79 por pareja. La plataforma recuerda que quienes no sean ciudadanos noruegos o de la Unión Europea necesitarán el visado correspondiente.

Un país que se apoya en voluntarios
La iniciativa de Fredrikstad es privada, pero encaja en una tradición muy noruega. Riksantikvaren, la dirección estatal de patrimonio cultural, afirma en su guía para propietarios de barcos protegidos que los voluntarios son “el pilar” de la conservación de embarcaciones históricas, y que sin esas personas entregadas no sería posible mantener la flota que se conserva hoy. A finales de 2020, 244 embarcaciones tenían en Noruega la condición de barco protegido y otras 15 estaban declaradas bien cultural.
El organismo recuerda que la mayoría de los barcos se construyen para durar entre 25 y 30 años, por lo que mantenerlos a flote décadas después exige sustituir piezas una y otra vez. También explica de dónde suele venir esa vocación: el interés de los voluntarios está ligado a menudo a un trabajo anterior en el mar o a una familia en la que la pesca y la vida marinera ocupaban un lugar central. Como cada vez menos gente trabaja en el sector, advierte, reclutar nuevos voluntarios se ha convertido en un reto.
