Bienestar

No es egoísmo: poner límites a los hijos adultos puede convertirse en una de las decisiones más saludables después de los 50

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No contar con límites claros dentro de la relación puede deteriorar el vínculo. Pexels
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MadridA lo largo de la vida, la relación entre padres e hijos va cambiando. Durante la infancia, los padres son los protectores, quienes ponen las normas que los hijos tienen que cumplir, de este modo les guían en su desarrollo y les acompañan. Durante la adolescencia suele haber una distancia necesaria entre ambos, es el momento de negociar, porque la autoridad ya no funciona. 

Una vez que los hijos son adultos, llega el momento de replantearse todo lo que se conocía, ya no existe una relación vertical, sino horizontal, los hijos han crecido y se han convertido en personas independientes y, como tal, hay que tratarlas. Se pasa a un proceso de aceptación mutua, los padres entienden que sus hijos tienen criterio propio y así les tratan. 

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Que la teoría sea 'sencilla' no quiere decir que sea fácil llevarla a cabo, tampoco que todo vaya como la seda si se siguen estas pautas. Una vez que los hijos son adultos, surgen nuevos conflictos que hay que afrontar y estos suelen poner de manifiesto la importancia de poner límites. A algunos padres, esto les hace sentir que están siendo egoístas, nada más lejos de la realidad: no contar con límites claros dentro de la relación puede deteriorar el vínculo.

Poner límites a los hijos adultos, una decisión saludable después de los 50

Mantener la armonía y el bienestar familiar es cosa de todos, por eso establecer límites se convierte en algo esencial. Al hablar de límites, no siempre tenemos claro a lo que estamos haciendo referencia, solemos pensar que es establecer las normas que los demás tienen que seguir, pero no es así, los límites tratan de lo que hacemos nosotros, no de lo que hacen los demás. No podemos controlar lo que hacen los demás, pero sí cómo respondemos nosotros. 

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En una relación sin límites claros puede crearse la sensación de estar dando demasiado de uno mismo y de no recibir lo mismo. Establecer límites es expresar nuestras propias necesidades dentro de la relación, sea esta del tipo que sea. No solo se trata de poner límites, también implica actuar de manera coherente con lo establecido. Instaurar y mantener los límites no es tarea sencilla, puede llevar tiempo y esfuerzo, pero es importante. 

Sin límites claros, es probable que la relación entre padres e hijos adultos se deteriore, es fácil caer en ciclos de dependencia o faltas de respeto, todo ello genera tensiones extra que pueden hacer que se dañe la relación. De hecho, establecer límites tiene ciertas ventajas, por ejemplo, promueve la independencia y responsabilidad en los hijos adultos. Se les anima a tomar el control de sus vidas al definir expectativas sobre la contribución económica, entre otras cosas. 

Al establecer límites saludables, mejoran las relaciones familiares, porque todo el mundo siente que sus necesidades y espacios son respetados. Gracias a una comunicación efectiva, se reducen conflictos y problemas. De este modo se fomenta el respeto mutuo: si pones límites y respetas los del otro, estás demostrando que todos los miembros de la familia son iguales, todos merecen ser escuchados y tratados con dignidad. 

A través de estos límites, los padres no solo dan ejemplo a sus hijos para el futuro, enseñándoles una manera sana de cuidar la relación, también se cuidan a ellos mismos. Los límites son importantes para el bienestar emocional de los progenitores. Evitan sentimientos negativos como el agotamiento y el resentimiento, priorizando sus propios intereses y relaciones ahora que sus hijos ya no dependen de ellos por completo. 

Establecer límites claros evita que los hijos puedan aprovecharse de sus padres o que estos sientan que está sucediendo. Los más habituales están relacionados con el dinero, las finanzas familiares cambian cuando todos son adultos y puede que haya llegado el momento de que el hijo contribuya a los gastos del hogar. No es lo único que cambia cuando los hijos son adultos, también la convivencia será diferente, los horarios, los invitados o su papel en la distribución de tareas es otra de las cosas que conviene tener en cuenta y poner sobre la mesa. 

Lo importante es que la comunicación sea clara y se mantenga fluida, hacerles saber cómo se sienten los padres y escuchar lo que tengan que decir ellos. Los límites deben ser claros y sin ambigüedades y, por supuesto, una vez tomada la decisión, debe ser firme y debe haber consecuencias en caso de no respetarlos. No siempre es sencillo, pero es esencial. Esto no quiere decir que, ante una situación concreta o una necesidad puntual, no se puedan modificar los planes, los límites son ajustables. 

Los hijos deben tener su propio espacio, tomar sus propias decisiones y ser capaces de solucionar sus propios problemas sin la intervención de los progenitores y, por supuesto, sin esperar que sean ellos quienes les solucionen los problemas cada vez que surja alguno. Así promueven su autonomía, pero también conseguirán la armonía familiar.