El sueño hecho realidad de apuntarse a teatro a partir de los 50: “Disfruto muchísimo, es una evasión”
Cada vez más personas recuperan una afición que dejaron aparcada en la veintena: teatro para vencer la timidez y para ser más tú
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¿Por qué lo dejé si me encantaba? ¿Por qué nunca me decidí a empezar si lo deseaba? Cada vez más personas se plantean estas preguntas más allá de los 50, cuando, en muchas ocasiones, se produce un punto de inflexión vital. ¿Estoy haciendo lo que de verdad quiero con mi vida? El teatro es una de esas espinitas clavadas que se repiten. ¿Por qué no? Dicen cada vez más adeptos.
“Es algo que le hubiese gustado hacer y lo tiene como un anhelo que no consiguió desarrollar. Todo el mundo tiene su vida hecha y, de repente, es conocer gente nueva y empezar una actividad que es importante para ti. Se convierte en una rutina que tiene que ver mucho con lo social, con hacer equipo y con volver a tener un vínculo personal con la gente”, explica Tamara Berbés, directora de La Íntegra, un grupo y escuela de teatro en el centro de Madrid, que lo resume todo en una frase. “Es jugar todo el rato”.
Para quienes vuelven a clase, ese juego puede empezar antes de memorizar un texto. En La Íntegra, septiembre llega con clases abiertas para que los nuevos prueben sin compromiso. La idea es sencilla: encontrar un lugar donde uno se sienta como en casa. No todos llegan con la misma mochila. Algunos hicieron teatro de jóvenes y quieren recuperarlo; otros buscan vencer la timidez, aprender a hablar en público o conocer gente.
Mercedes, de 51 años, sabe lo que significa recuperar una asignatura pendiente. Desde los 12 años sentía atracción por el teatro y llegó a decirles a sus padres que quería ser actriz. Ellos prefirieron que estudiara una carrera y dejara después abierta esa puerta. La puerta tardó en abrirse, pero lo hizo. Lleva siete años en La Íntegra y describe sus clases como una desconexión de su vida cotidiana.
“Disfruto muchísimo. Es una evasión de la realidad. Ya no es que quieras dedicarte, porque no dejaría mi trabajo por ser actriz, pero es tal la felicidad que es algo que tengo fijo en mi agenda. El teatro no lo dejo ni borracha”, cuenta. Su frase resume una de las claves de esta afición: no hace falta querer vivir del escenario para necesitarlo.
Un "transformación" en vida
De hecho, Mercedes cree que apuntarse después de los 50 tiene que ver con atreverse. “Es hacer algo tan distinto, tan bonito. Es atreverse a hacer cosas que no te has atrevido antes”, explica. También con romper una rutina y enfrentarse a esa timidez que puede acompañar durante años. En su caso, el teatro le ha dado herramientas que van más allá del escenario: escucha, trabajo en equipo y una mirada diferente hacia los demás.
“A mi no es tanto que me cambiara la vida, pero sí me ha dado una visión hacia otras personas y profundizar personajes que te da herramientas. No es un cambio de vida, pero el teatro aficionado te permite relacionarte con algunas personas que a lo mejor en otros círculos no te habrías relacionado”, señala. “Yo entro en clase y me transformo”.
Mari Carmen, de 57 años, también habla de una carrera frustrada. La vida la llevó por otros caminos, pero hace diez años decidió quitarse la espinita en un centro cultural. Después participó en una adaptación casera de ‘El Mago de Oz’ vinculada a la enfermedad rara del hijo de una amiga. La experiencia despertó una necesidad: quería hacer más teatro. Pasó por otra escuela durante cuatro o cinco años y finalmente llegó a La Íntegra, donde encontró el lugar y los horarios que buscaba.
Para ella, el cambio es evidente. "Yo siempre he sido muy vergonzosa y esto lo que te hace es abrirte un poco más. Esto te aporta socializar con otras personas que les gusta lo mismo que a ti y que entiendo lo mismo que tú, aunque otras no sea por la pasión por el teatro, porque hay muchas personas que se apuntan para conocer gente”, explica.
Pero también hay una dimensión menos solemne: el placer de ser visto. “Y eso que es un sitio lleno de egos, porque en el momento que tú te subes a un escenario y quieres que te aplaudan es porque te mola eso", reconoce entre risas. "Debe ser que la edad me hace soltar la lengua, pero si yo te digo que cuando actúo no me gusta que me aplaudan o que a la salida no me venga a ver mi gente, te estaría mintiendo”, admite.
En el momento que tú te subes a un escenario y quieres que te aplaudan es porque te mola eso
Su definición de actuar tiene algo de liberación. “A mi me da mucha vida. Siempre digo una cosa, cuando estoy actuando me desnudo de mí para vestirme de otro y eso me encanta, no hacer de mí”. Después de tantos años, también ha comprobado que enfrentarse a personajes que nunca habría imaginado interpretar puede ser una manera de descubrirse.
Concha, de 61 años, llegó al teatro a los 50, cuando sus hijos habían crecido y recuperó tiempo para sí misma. Había hecho teatro en el colegio y el instituto, y buscaba retomar una afición que le gustaba mucho. También le atraía la música, pero acabó decantándose por las tabalas. Desde entonces ha pasado por escuelas y por una compañía propia de aficionados.
Su recorrido le ha enseñado que nunca se termina de aprender. “El teatro me aporta que sigo aprendiendo, quiero seguir porque tengo muchísimo que aprender y ya no de la dramaturgia, sino de la gente que se dedica a esto”. Esa curiosidad es una de las razones por las que continúa regresando a clase, incluso después de una crisis provocada por las dificultades de autogestionar un grupo.
También ha descubierto una herramienta de empatía. Interpretar a alguien antipático, comprender por qué se comporta de determinada manera o construir un personaje obliga a mirar al otro desde dentro. Y esa práctica acaba saliendo del aula. Concha trabaja en sanidad y ha comprobado que las herramientas del teatro también sirven para gestionar equipos, distribuir tareas y entender mejor a las personas.
Máscaras y enmascarados
Para Tamara Berbés, esa capacidad de ponerse en otra piel es precisamente una de las grandes virtudes de esta actividad cuando se practica en la madurez. “Creo que es una buena forma de reinventarse porque te da la posibilidad de trabajar emocionalmente cosas que igual en tu vida no has pasado y dices: «Es que a mí ya no me tiene que pasar nada más»”. Pero sí. “Claro que sí. Te tienen que pasar un montón de cosas y aquí te damos la oportunidad de que las vivas”. “Te da unas opciones que igual en tu vida no has tenido”.
El primer día, sin embargo, no siempre es sencillo. Hay quien entra con miedo a equivocarse, a quedar en evidencia o incluso a no estar a la altura de quienes ya tienen experiencia. La respuesta de la escuela pasa por convertir el error en parte del juego. “El error es una cosa que pasa y que normalmente suele ser maravilloso, porque te lleva a una cosa mucho más chula para el personaje”, dice Tamara. La clave está en que nadie sea señalado y en que el trabajo sea colectivo.
“Es muy guay ver cómo esa máscara, que nos cuesta dejar fuera, de repente desaparece. Vienen personas de un perfil determinado, gente que trabaja en banca, que viene de trabajar con su traje y, de repente, un día se meten a buscar vestuario y salen vestidos de tiroleses”. Ahí aparece el niño que muchos adultos creían haber dejado atrás.
Y llega el escenario. Los nervios vuelven, especialmente cuando saben que entre el público estarán sus hijos, sus nietos, sus amigos o su pareja. La adrenalina, dice Tamara, es enorme. “La sensación con el primer aplauso siempre es “Es que me latía el corazón super fuerte””. Después aparece la euforia. Se olvidan los problemas del curso, los ensayos difíciles, el vestuario que no convencía o la escena que no salía. Y suele aparecer una pregunta: ¿cuándo repetimos?
En La Íntegra, septiembre tiene precisamente algo de regreso al cole. “Los reencuentros son como volver al instituto”, cuenta Tamara. Los alumnos que ya se conocen llegan hablando de sus vacaciones, mientras los nuevos observan y esperan su momento. Las clases empiezan a veces más tarde porque hay mucho que contar. Y cuando se mezclan veteranos y recién llegados, el contraste resulta evidente.
Septiembre, en ese sentido, también puede ser una segunda oportunidad. No para convertirse en actor profesional, sino para recuperar una parte de uno mismo que llevaba años esperando. A veces basta con cruzar una puerta, ponerse delante de desconocidos y aceptar una propuesta sencilla: jugar.
