Ana Paula, madrina de divorcios: “Mi figura está para apoyar, no para meter el dedo en la herida"
Esta nueva figura, creada por Nieves Aparicio, acompaña a las personas durante el proceso de un modo global, mucho más allá de los aspectos legales y psicológicos
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Tras el verano, los divorcios aumentan. Un tópico que es una realidad. “Es totalmente cierto”, asegura Nieves Aparicio, fundadora de Valory, primera empresa en España especializada en el asesoramiento del divorcio con hijos. “Yo lo digo un poco también en plan de broma, pero sí, 'me apunto al gimnasio, a aprender inglés, a la autoescuela y me divorcio'. Es como que tienes pendientes una serie de cosas y las llevas a la acción”.
Según Aparicio ese ‘boom’ de divorcios que se produce a la vuelta del periodo estival (y también en enero) tiene una explicación muy sencilla: “Pasas mucho tiempo en contacto con la otra persona. Se hace ese parón, igual en vacaciones de Navidad. Tienes unos días más de descanso, más de convivencia, y no tienes ese ritmo tan frenético. Estos periodos te paran en seco y te hacen ser consciente de lo que tienes en tu casa”.
¿El resultado? "Se produce un terremoto que hace tambalearse todos los cimientos de una vida: “Un divorcio te toca todos los palos. Te van a tocar tu casa, tu economía, el tiempo que pasas con tus hijos y quizás el horario de tu trabajo. Te va a tocar las amistades, porque hay gente que permanecerá a tu lado y otros que se irán. Te toca todo. Es una decisión muy bestia”.
Es el final de un camino y el comienzo de otro. Uno incierto en el que no sabes muy bien qué pasos tienes que dar. Algo que Aparicio vivió en sus carnes y que, años después, le llevó a fundar Valory. Lo hizo para acompañar durante el divorcio desde todos los ángulos. “Cuando yo me divorcié, intenté encontrar en un mismo sitio, y sin tener que dar palos de ciego, quién me podía ayudar a nivel legal, quién me podía ayudar a nivel emocional. Yo iba como pollo sin cabeza y no había ningún sitio que aunara todo”.
Las madrinas o la empatía
Para acompañar esa incertidumbre, Valory incorporó hace seis años una figura singular: las madrinas. Son mujeres que han pasado por una separación o un divorcio y que, de manera altruista, acompañan a otras mujeres durante el proceso. No son abogadas ni psicólogas. Escuchan, están disponibles y aportan algo difícil de encontrar en un despacho: la experiencia de haber pasado por lo mismo.
La madrina forma parte de un equipo junto a la abogada, la psicóloga y la propia Nieves. Se intenta que madrina y amadrinada tengan circunstancias parecidas: ciudad, situación familiar, edades de los hijos o nacionalidad. El contacto puede ser presencial o telefónico y se mantiene durante el proceso. Después, quien ha recibido ese apoyo puede convertirse también en madrina.
Ana Paula conoce ambos lados. Ella pasó por un divorcio y después decidió acompañar a otras mujeres. Su función, explica, es ofrecer “una palabra amiga. La madrina está para apoyar, no para meter el dedo en la herida” y demostrar que existe “una luz al final del túnel”. Porque cuando llega una separación aparecen miedos muy concretos: el dinero, los hijos, la soledad o la sensación de no saber qué ocurrirá mañana.

La experiencia tiene un valor especial cuando quien escucha siente que no será capaz. También puede ayudar a relativizar algunos temores, especialmente los relacionados con los hijos: un mal marido puede ser un buen padre, y la separación obliga a aprender a dejar espacio.
Nuria llegó a Valory a través de las redes sociales y fue acompañada por una madrina. Define la separación como “un proceso más parecido a un luto”, una pérdida que se vive en vida. Para ella, la madrina fue alguien a quien recurrir en los días malos, cuando aparecían los fantasmas y las dudas. “Siempre tenido ahí a alguien del que podía tirar porque ya había pasado por este proceso”, cuenta.
La diferencia con una amiga está precisamente en esa experiencia y en la neutralidad. Una amiga puede conocer a la pareja, posicionarse, cansarse de escuchar o incluso desaparecer durante la ruptura. “En las separaciones se pierden también muchos amigos”, asegura Nuria. La madrina, en cambio, llega sin esa historia previa y sabe que su función no es juzgar.
La compañía también sirve para atravesar esos pequeños momentos que no aparecen en ningún documento. Nuria recuerda, por ejemplo, el miedo a conducir sola durante un viaje de 400 kilómetros porque siempre lo hacía su expareja. Saber que su madrina ya lo había hecho le permitió pensar: “Si ella puede, yo puedo”. Son miedos cotidianos que adquieren otra dimensión cuando una relación termina. La madrina no decide por la mujer ni le marca el camino, pero puede ayudarla a recuperar pequeñas parcelas de autonomía. A veces, rehacerse empieza precisamente por algo tan sencillo como volver a confiar en una misma.
El divorcio a partir de los 50
Y esa necesidad cambia cuando la ruptura llega después de los 50. El perfil más habitual de Valory se sitúa entre los treinta y pocos y los 47 años, pero también llegan mujeres mayores. En estos casos, uno de los grandes asuntos desaparece: cuando los hijos ya son adultos, la custodia deja de ser el principal campo de batalla.
“Si tienes ya de 47 para arriba, o en mi caso, que tengo 55, es muy raro que tengas niños pequeños”, explica Aparicio. El conflicto se concentra entonces en el dinero y en la liquidación de los bienes acumulados durante años de matrimonio. Los hijos pueden decidir con quién vivir o cómo repartir su tiempo, pero ya no forman parte de una disputa legal de custodia.
El problema puede ser más profundo en lo emocional. Hablamos de parejas que han compartido veinte, treinta o más años de vida. Hay una casa, patrimonio, amistades, rutinas y una historia familiar que no desaparecen al firmar un divorcio. Y los hijos adultos tampoco siempre comprenden la decisión. “¿Cómo deshago yo todo esto?”, resume Aparicio.
Para algunas mujeres, además, el divorcio llega después de años de espera. Muchas cuentan que decidieron separarse cuando sus hijos tenían 14 o 16 años y prefirieron aguantar hasta que fueran mayores. El motivo es intentar evitar que una ruptura complique todavía más una etapa familiar delicada. Después de los 50, cuando llega finalmente el momento, la vida que hay que reconstruir puede parecer enorme.
Ahí la madrina puede tener un papel especialmente importante. No puede solucionar el reparto de bienes ni sustituir el asesoramiento profesional, pero conoce el miedo a empezar de nuevo cuando la vida adulta parecía ya construida. Nuria lo resume desde su experiencia. Lo que más le preocupaba era la economía; lo que más deseaba era la libertad. Saber que otra mujer ya había recorrido aquel camino le hacía pensar que también ella podría hacerlo. “Era como caminar sobre una carretera que ya había pasado alguien”. Y añade otra imagen: es como ver que alguien ha pasado por el proceso, ha salido y vuelve a vivir, sonreír y ser feliz.
Su consejo a una mujer que acaba de empezar un divorcio es sencillo: “Que crea en una misma y que si no es feliz, tire para adelante”. Pero también advierte de que hay trabajo por delante. La libertad que llega después de una ruptura no aparece de un día para otro.
Ana Paula coincide. Una de las cosas que ha aprendido acompañando a otras mujeres es que “nunca, nunca nada es un punto final”. Ha visto situaciones que parecían imposibles y procesos en los que una conversación o una palabra han ayudado a romper el bucle de pensamientos negativos.
Las madrinas no prometen finales felices. Su mensaje es más sencillo: yo estuve ahí, tuve miedo y seguí adelante. Para una mujer que lleva años aplazando una decisión, que vuelve de vacaciones con la sensación de que ya no puede seguir igual o que se enfrenta a una nueva vida después de los 50, escuchar esa frase puede ser el primer paso para empezar de nuevo.
