Tania recuerda que cuando empezaron con las 'dragonas de Lavapies' eran tan solo 10 mujeres
Les pusieron las cámaras en sus manos para que ellas mismas contaran su historia
Las 'dragonas de Lavapies' son un grupo de mujeres que encontraron en el fútbol una manera de sobrellevar la vida. Muchas de ellas comparten historias realmente duras, pero este deporte les arrojó un poco de luz a sus vidas. Nacieron en 2018, cuando ellas acompañaban a sus hijos a los partidos de fútbol. Y, justo ahí, terminaron haciendo un equipo.
Con el deporte, se agarraron a la vida. "A mí el fútbol me ha salvado. Yo los problemas gordos que he tenido en mi vida, el fútbol me ha librado de todo eso", afirma Tania, una mujer que llegó de Brasil hace 23 años.
"Queríamos escuchar sus voces porque tienen doble invisibilización", señala Ofelia de Pablo
Tania recuerda que cuando empezaron con las 'dragonas de Lavapies' eran tan solo 10 mujeres: "Ahora, somos 140 y algo". Todas ellas se han convertido ahora en las protagonistas del proyecto 'Goals for hope'. "Queríamos escuchar sus voces porque tienen doble invisibilización: son madres migrantes y mujeres", explica Ofelia de Pablo, creadora del proyecto.
Les pusieron las cámaras en sus manos para que ellas mismas contaran su historia. "Esas imágenes al final son una lección para nosotros", añade Javier Zurita, creador del proyecto.
"Un chico de Barcelona nos fotografió un sillón", destaca Zurita
Esto ya lo hicieron en otras ocasiones con refugiados o jóvenes sin acompañamiento. "Un chico de Barcelona nos fotografió un sillón. Nos miramos y nos dijo 'Es que nadie que no haya vivido en la calle sabe lo importante que es tener un sofá'", recuerda Zurita.
Ahora, las 'dragonas de Lavapiés' van enseñando sus fotos en el barrio con una gran felicidad. Sus fotografías forman parte del proyecto educativo para migración en los colegios. Y es que en estas historias residen los detalles verdaderamente importantes. Los grandes del fútbol no deberían de olvidar que ese fútbol base es el alma de este deporte", concluye Ofelia de Pablo.

