Maternidad

Cómo saber si una mujer está sufriendo violencia obstétrica, a veces "sutil y normalizada": "No empieza en una agresión explícita"

Laia Casadevall, matrona
Laia Casadevall, matrona y enfermera.. Editorial Vergara
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La violencia obstétrica no es nada nuevo, lo llevan sufriendo a lo largo de la historia millones de mujeres. Se trata, de hecho, de una violencia estructural, sistemática e institucional ejercida por los profesionales de la salud, a menudo sin ser conscientes de ello contra la mujer durante el momento de la gestación y el parto. ¿Cómo se ejerce esa violencia? A través de intervenciones innecesarias, el trato poco respetuoso, la infantilización, los comentarios vejatorios, la falta de consentimiento informado adecuado, las coacciones para acceder a ciertos procedimientos o el uso de intervenciones dañinas y sin evidencia. La violencia obstétrica es una forma de violencia de género que predomina globalmente y que afecta al 59% de las mujeres en todo el mundo y aproximadamente al 45% de las mujeres en países de ingresos altos.

Según el Parlamento Europeo, en 2025, revela que existen nuevos estudios sobre violencia obstétrica que han constatado que entre el 21% y el 81% de las mujeres encuestadas que habían dado a luz habían sufrido una o varias formas de violencia obstétrica y que las conclusiones muestran que la falta de consentimiento informado, la prestación de atención médica sin consentimiento, los abusos verbales y físicos y la falta de comunicación son problemas persistentes en los Estados miembros; y que la Organización Mundial de la Salud (OMS) afirma que una atención de calidad prestada por matronas es crucial para mejorar los resultados en materia de salud materna y neonatal, reducir las intervenciones y mejorar las experiencias de parto de las mujeres.

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Esos son los datos pero detrás están las miles de historia de mujeres sobre las que otras mujeres y hombres han ejercido algún tipo de violencia. Por ejemplo, la mía propia (la de esta periodista que está escribiendo este artículo ahora mismo), que el día de su primera ecografía, en plena pandemia, cuando la mayoría de mujeres embarazadas debían acudir solas a las visitas, le espetaron cuando preguntó si podía escuchar el latido del bebé un "¿Estás sorda? ¡Ya te lo hemos puesto!". Evidentemente, no había escuchado el latido, y si lo había hecho, no lo había reconocido porque era primeriza, pero esa violencia verbal quedó para siempre en mi memoria. Esta es una pequeñísima parte de lo que sucede con muchas mujeres embarazadas, que cuentan casos en los que su parto no ha sido respetado ni informado, y que uno de los días más importantes de su vida, se convirtió en una película de terror con secuelas que arrastran ellas y sus bebés de por vida.

Lo sabe bien, por desgracia, la matrona Laia Casadevall que ha tratado a muchísimas mujeres en España tras haber sufrido violencia obstétrica. Desde su cuenta de Instagram, ha sido una de las referencias con las que hemos contado muchas para informarnos y asesorarnos de algo desconocido. Laia es, además, autora de 'Guía para un embarazo consciente' (2021), 'Parir en casa' (2022) y 'Maternidad consciente' (2021), todos ellos publicados en Vergara. Ahora publica un nuevo libro centrado específicamente en esta problemática. 'No estás sola' (Vergara, 2026) es una guía clara para que las futuras madres conozcan sus derechos y las garantías que el sistema debería ofrecerles, así como criterios para identificar profesionales respetuosos y entornos seguros. Señala las líneas rojas que no deben cruzarse y que son responsabilidad de las instituciones, no de las mujeres. Charlamos con ella para entender cómo se da este tipo de violencia y qué podemos hacer las mujeres para evitarla.

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Pregunta: ¿Recuerdas alguno de los últimos casos de violencia obstétrica que has tenido que tratar?

Respuesta: Por desgracia, acompaño a muchas mujeres que han sufrido violencia obstétrica durante sus partos. Podría relatar muchos casos distintos, pero todos comparten un mismo denominador común: mujeres que vivieron intervenciones (en muchos casos innecesarias) a las que accedieron desde el miedo, no desde una información veraz, objetiva y basada en evidencia científica. Con frecuencia no hubo un consentimiento verdaderamente informado, sino decisiones tomadas en contextos de presión, urgencia inducida o falta de alternativas explicadas con claridad. El resultado no es solo un parto medicalizado, sino una experiencia vivida con sensación de pérdida de control, vulnerabilidad y, en muchos casos, trauma.

P: ¿Qué hacéis en este caso? ¿Cómo es el acompañamiento?

R: El acompañamiento comienza por algo fundamental: validar su experiencia. Muchas llegan preguntándose si están exagerando. Nombrar lo que ocurrió, ofrecer información basada en evidencia, explicar qué alternativas existían y ayudarles a comprender que su malestar tiene fundamento es el primer paso. Después trabajamos la reparación emocional y, cuando es necesario, la orientación sobre recursos psicológicos o legales. Porque las secuelas no terminan en el paritorio: pueden afectar a la salud física, al vínculo con el bebé, a la vida sexual y a la decisión de volver o no a ser madres. Lo más doloroso es que muchas de estas situaciones podrían evitarse con algo tan básico como respeto, información y escucha.

"La violencia obstétrica no surge de la nada ni es culpa individual de profesionales concretos. Es el resultado de un modelo biomédico"

P: Como sabemos es un problema de raíz, pero ¿había tanta violencia en los partos de nuestras abuelas y antepasados o es una problemática actual?

R: La violencia obstétrica no es un fenómeno nuevo, pero sí es una realidad que ha cambiado de forma a lo largo del tiempo. Si pensamos en nuestras abuelas o bisabuelas, muchas parían en casa, acompañadas por otras mujeres y con menos intervención tecnológica. Eso no significa que no existiera sufrimiento o riesgo, la mortalidad materna y neonatal era mucho mayor, pero el parto no estaba tan profundamente medicalizado como lo estuvo después. Con la institucionalización del parto en hospitales durante el siglo XX, especialmente a partir de los años 50 y 60, se produjo un cambio muy importante: el parto pasó de ser un proceso fisiológico acompañado, a un acto médico altamente intervenido. Ese proceso trajo avances fundamentales para salvar vidas, pero también consolidó una cultura muy jerárquica y paternalista, donde la autoridad médica se situaba por encima de la autonomía de la mujer. Nuestras madres y abuelas muchas veces no tenían siquiera el marco conceptual para cuestionar lo que ocurría. No se hablaba de consentimiento informado, ni de derechos reproductivos como hoy los entendemos. Muchas prácticas que hoy identificaríamos como violencia estaban completamente normalizadas. Lo que sí es actual es la posibilidad de nombrarlo.

Hoy contamos con evidencia científica, con marcos legales de derechos humanos y con una conciencia social que nos permite decir: salvar vidas no es incompatible con respetar la dignidad, la información y la autonomía. La violencia obstétrica no surge de la nada ni es culpa individual de profesionales concretos. Es el resultado de un modelo biomédico que durante décadas priorizó el control sobre el cuerpo de las mujeres. La buena noticia es que los modelos de atención están cambiando, y cada vez más profesionales apuestan por el respeto a la autonomía real de las mujeres y el acompañamiento basado en evidencia. Hablar de violencia obstétrica no es ir contra la medicina; es ayudar a que evolucione.

P: ¿Cómo podemos saber que estamos sufriendo violencia obstétrica? A veces es muy silenciosa o está normalizada, es decir, ¿qué alarmas podemos activar sin necesidad de que sea algo muy grave?

R: La violencia obstétrica no siempre es evidente ni extrema. Muchas veces es sutil, está normalizada y se disfraza de rutina médica. Por eso es importante aprender a escuchar nuestras propias señales internas. Yo siempre digo algo muy sencillo: si sales de una consulta con más dudas, más miedo o más preocupación que cuando entraste, ahí no es. La información en salud debería dar claridad y herramientas, no generar culpa ni inseguridad. Otra alarma importante es cuando sientes que no eres la protagonista de tu propia historia. Si el profesional toma las riendas de tu embarazo o tu parto sin explicarte opciones, sin preguntarte qué deseas o sin integrar tus decisiones en el proceso, algo no está funcionando bien.

También es señal de alerta cuando:

  • No te explican riesgos y beneficios de una intervención.
  • Te infantilizan.
  • Te dicen que “no hay otra opción” escudándose en el protocolo.
  • Utilizan el miedo para que aceptes procedimientos.
  • Minimizar tus emociones o tu dolor.
  • Te hacen sentir exagerada, ignorante o incapaz de decidir.

La violencia obstétrica no empieza en una agresión explícita; empieza cuando se vulnera tu autonomía. Y el consentimiento informado no es una firma en un papel, es un derecho. No necesitamos esperar a que ocurra algo “grave” para cuestionar una atención que no nos hace sentir seguras, escuchadas y respetadas. El respeto no es un lujo en el parto: es un derecho humano.

P: Hay un apartado en el libro para profesionales, ¿qué es aquello que les falta a los profesionales para no respetar los derechos de las mujeres embarazadas?

R: No creo que el problema principal sea que “les falte humanidad” o que exista una intención consciente de vulnerar derechos. La mayoría de profesionales trabajan con vocación y bajo una enorme presión asistencial. El problema es más profundo y estructural. Lo que muchas veces falta es formación específica en derechos reproductivos, consentimiento informado real y perspectiva de género. Durante décadas, el modelo biomédico ha priorizado la eficacia, el control y la reducción del riesgo por encima de la experiencia subjetiva de la mujer. Y eso genera inercias difíciles de cuestionar. También falta tiempo y matronas. Un sistema sanitario saturado dificulta el diálogo, la explicación detallada y la toma de decisiones informadas. Y cuando el tiempo escasea, el modelo tiende a volverse más directivo y paternalista.

P: ¿Qué otras carencias ves a diario?

R: Pues, por ejemplo, la revisión crítica de prácticas normalizadas. Muchas intervenciones se siguen realizando “porque siempre se ha hecho así”, aunque la evidencia científica haya evolucionado. Actualizar protocolos no es suficiente si no se actualiza también la cultura profesional. En el libro no señalo culpables individuales sino que invito a la reflexión. Porque respetar los derechos de las mujeres no es incompatible con la seguridad clínica; al contrario, está demostrado que la atención respetuosa mejora los resultados físicos y emocionales. Más que señalar lo que falta, yo diría que lo que necesitamos es integrar ciencia, ética y escucha. Cuando esas tres dimensiones caminan juntas, el respeto deja de ser un esfuerzo y se convierte en la base de la práctica clínica.

P: ¿La violencia obstétrica se puede dar en todo el embarazo o solo se refiere al parto?

R: La violencia obstétrica no se limita al parto. Puede darse durante todo el embarazo, en el parto y también en el posparto. Muchas veces comienza en la consulta prenatal, cuando la mujer no recibe información suficiente, se siente coaccionada a acceder a ciertos procedimientos, cuando se utilizan argumentos basados en el miedo o cuando se niegan alternativas. En España, el derecho clave que protege a las mujeres es el recogido en la Ley 41/2002, básica reguladora de la autonomía del paciente. Esta ley establece que cualquier actuación sanitaria requiere el consentimiento libre y voluntario de la persona afectada, una vez que ha recibido información adecuada sobre las opciones disponibles, sus riesgos y beneficios. Es decir: ninguna mujer pierde su capacidad de decisión por estar embarazada.

P: ¿Qué principales derechos se pueden reclamar durante el embarazo que muchas mujeres desconocen?

Entre los derechos más importantes durante el embarazo están:

  • Derecho a recibir información clara, comprensible y basada en evidencia científica.
  • Derecho a aceptar o rechazar pruebas e intervenciones.
  • Derecho al consentimiento informado real (no solo a firmar un documento).
  • Derecho a una segunda opinión.
  • Derecho a que se respeten sus valores y preferencias.
  • Derecho a un trato digno y libre de comentarios despectivos o juicios.

El embarazo no suspende derechos fundamentales. La autonomía no desaparece en el momento en que una mujer entra en una consulta o en un paritorio. Recordar la existencia de esta ley no es confrontar con el sistema sanitario; es reforzar que la práctica clínica debe apoyarse en tres pilares inseparables: evidencia científica, ética profesional y respeto a la dignidad de la mujer.

P: ¿En qué están más desinformadas las madres?

R: Más que hablar de “desinformación” individual, yo hablaría de falta de acceso a información clara, completa y basada en evidencia. Muchas mujeres no es que no quieran informarse; es que el sistema no siempre facilita esa información de manera accesible y equilibrada. Hay varios puntos clave donde suele haber más desconocimiento: el primero de ellos es el consentimiento informado real. Muchas mujeres no saben que pueden aceptar o rechazar una intervención tras recibir información completa. En España, la Ley 41/2002 protege el derecho a decidir, pero pocas saben que pueden hacer preguntas, pedir tiempo o incluso negarse si no están convencidas. Por otro lado, las intervenciones habituales en el parto, es decir, procedimientos como inducciones, episiotomías, maniobras o cesáreas tienen indicaciones clínicas concretas, pero muchas veces no se explican riesgos, beneficios ni alternativas. Se presentan como rutina, cuando en realidad deben estar justificadas. En tercer lugar, la fisiología del parto. Existe mucho miedo alrededor del parto porque se ha medicalizado tanto el discurso que se ha perdido confianza en la capacidad fisiológica del cuerpo. Conocer cómo funciona el proceso ayuda a tomar decisiones con menos temor. También en los derechos durante el embarazo y parto porque muchas mujeres desconocen que pueden elaborar un plan de parto, solicitar segunda opinión, elegir acompañamiento según normativa o pedir explicaciones detalladas antes de cualquier procedimiento.

Y, por último, en el impacto emocional del parto. Se habla mucho del resultado, que el bebé esté bien, pero poco de cómo se siente la madre. No se informa suficientemente sobre la importancia de la vivencia emocional y sus posibles secuelas si la experiencia es traumática. El problema no es que las madres estén “mal informadas”; es que durante mucho tiempo se les ha transmitido que no necesitan saber demasiado, que deben confiar sin cuestionar. Y confiar no debería significar renunciar a comprender.

La información empodera, reduce el miedo y mejora los resultados en salud. Una mujer informada no es una amenaza para el sistema sanitario; es una aliada en la toma de decisiones.

P: En el caso de sufrir este tipo de violencia, ¿qué hay que hacer? 

R: Lo primero es algo muy importante: no minimizar lo que has sentido. Si una experiencia te ha hecho sentir humillada, desinformada, presionada o vulnerada, tu malestar es válido. A partir de ahí, hay varios pasos posibles, y cada mujer decidirá hasta dónde quiere llegar:

  1. Buscar apoyo emocional. Hablarlo es fundamental. Con otras mujeres, con grupos de apoyo, con una matrona de confianza o con un/a profesional de salud mental especializado/a en trauma perinatal. Nombrar lo ocurrido es el primer paso para repararlo.
  2. Solicitar la historia clínica. En España, cualquier paciente tiene derecho a acceder a su documentación médica. Revisarla con un profesional formado (consulta de debriefing) puede ayudar a entender qué ocurrió y si las intervenciones estaban justificadas.
  3. Presentar una reclamación. Se puede interponer una queja en el servicio de atención al paciente del hospital o centro sanitario. No siempre se trata de buscar sanción, sino de dejar constancia y abrir espacios de mejora.
  4. Valorar asesoramiento legal. En casos más graves, puede considerarse la vía jurídica. Es importante contar con asesoramiento especializado en derecho sanitario.

Quiero remarcar algo: denunciar es un derecho, no una obligación. Cada mujer debe decidir qué necesita para sanar. A veces será justicia formal; otras veces será comprensión, información y reparación emocional.

P: Muchas mujeres no quieren denunciar porque están tan cansadas y en un periodo tan vulnerable como el postparto que no tienen la energía suficiente. ¿Qué les dirías? 

R: Les diría, ante todo, que no denunciar también es una decisión legítima. El posparto es un momento de enorme vulnerabilidad física y emocional. El cuerpo está recuperándose, las hormonas están en plena revolución y la energía está puesta en sostener y cuidar a un bebé. Exigir a una mujer que, además de todo eso, inicie un proceso administrativo o legal puede ser una carga demasiado pesada.

Denunciar es un derecho, no una obligación moral. Ninguna mujer debería sentir culpa por no tener fuerzas para hacerlo. La responsabilidad nunca es de quien ha sufrido la violencia, sino del sistema que la permitió. También les diría que los tiempos de la reparación no siempre coinciden con los tiempos del posparto. Hay mujeres que necesitan primero sanar emocionalmente y, meses o incluso años después, deciden dar un paso. Y otras que eligen no hacerlo nunca, y eso también es válido. Lo importante es que no silencien lo que sienten. Aunque no denuncien formalmente, pueden hablarlo, escribirlo, compartirlo, buscar apoyo. Porque la reparación empieza cuando lo ocurrido deja de vivirse en soledad.

Y algo fundamental: su vivencia importa aunque no haya denuncia. El reconocimiento no depende de un expediente administrativo. Depende de validar que merecían respeto.

"A nivel psicológico, muchas mujeres desarrollan síntomas de estrés postraumático, ansiedad, depresión posparto relacionada con la vivencia del parto, miedo intenso a futuros embarazos o una sensación persistente de haber sido vulneradas"

P: ¿Qué secuelas tiene en las madres sufrir esta violencia y en el bebé?

R: Las secuelas pueden ser físicas, psicológicas y vinculares, tanto en la madre como en el bebé. Y algo fundamental: no se trata de generar culpa, sino de entender que la forma en que se vive el nacimiento tiene impacto real. En las madres, a nivel físico, puede haber consecuencias derivadas de intervenciones médicas: dolor perineal crónico tras episiotomías, problemas de suelo pélvico, incontinencia, complicaciones tras cesáreas, infecciones o dificultades en la recuperación. En algunos casos, también pueden quedar secuelas que afectarán a partos posteriores.

En cuanto al bebé, cuando hablamos de violencia obstétrica también debemos incluir las consecuencias físicas que pueden derivarse de intervenciones innecesarias o mal gestionadas. Por ejemplo:

  • Lesiones asociadas a maniobras instrumentales.
  • Dificultades respiratorias en casos de cesáreas sin indicación clínica clara realizadas antes del inicio del trabajo de parto.
  • Problemas derivados de separaciones innecesarias madre-bebé tras el nacimiento.
  • Mayor dificultad para iniciar la lactancia cuando no se respeta el contacto piel con piel inmediato.

P: ¿Y a nivel psicológico?

R: A nivel psicológico, muchas mujeres desarrollan síntomas de estrés postraumático, ansiedad, depresión posparto relacionada con la vivencia del parto, miedo intenso a futuros embarazos o una sensación persistente de haber sido vulneradas. El trauma obstétrico es una realidad reconocida en la literatura científica. También pueden existir consecuencias vinculares si la madre está atravesando un trauma no resuelto, lo que puede afectar la regulación emocional temprana o el establecimiento del apego. Por eso es tan importante atender la salud mental perinatal.

La clave no es alarmar, sino comprender que el respeto en la atención obstétrica no es un aspecto “emocional secundario”. Es un factor de salud pública. Cuando el nacimiento se vive con respeto, información y acompañamiento adecuado, los beneficios son físicos y emocionales para la madre y su bebé.