Por qué los síntomas del párkinson son distintos en hombres y mujeres

Un nuevo estudio muestra que la forma en que se manifiesta la enfermedad y los factores de riesgo varían significativamente en ambos sexos
Identifican la red cerebral responsable del párkinson y abren la puerta a mejores tratamientos
Cuando pensamos en la enfermedad de Parkinson, solemos imaginar los mismos síntomas (temblor, rigidez, lentitud...) pero la ciencia está desmontando esa idea. Hoy sabemos que el párkinson no solo afecta de forma distinta a cada persona, sino que también existen diferencias claras entre hombres y mujeres. Y entender estas diferencias -especialmente a partir de los 50 años- es clave para el diagnóstico, el tratamiento y la calidad de vida ante una enfermedad que afecta a más de 10 millones de personas en todo el mundo.

Un estudio reciente impulsado en Australia por el Instituto de Investigación Médica QIMR Berghofer y publicado en la revista 'The Lancet Regional Health' ha puesto cifras claras sobre la mesa. El párkinson es aproximadamente 1,5 veces más frecuente en hombres que en mujeres. Pero lo más interesante no es cuántas personas lo padecen, sino cómo lo viven. Porque los síntomas no siguen el mismo patrón según el sexo.
El párkinson 'más silencioso'
En las mujeres, la enfermedad suele tener un componente más 'silencioso', menos evidente a simple vista. Es más habitual que aparezcan síntomas como dolor persistente, fatiga, ansiedad o depresión. También se ha observado una mayor tendencia a sufrir caídas, lo que puede afectar de forma significativa a la autonomía. Este conjunto de síntomas, al no ser los más típico que asociamos con el párkinson, puede retrasar el diagnóstico o hacer que inicialmente su confunda con otros problemas propios de la edad.
En cambio, en los hombres, el inicio suele ser más 'clásico' desde el punto de vista neurológico. Los síntomas motores mencionados al principio tienden a ser más evidentes en fases tempranas. Además, es más frecuente que aparezcan alteraciones cognitivas o cambios en la conducta, como impulsividad o dificultades en la toma de decisiones. Este perfil hace que, en muchos casos, el diagnóstico sea más directo, pero también implica otros retos en la evolución de la enfermedad.
Este patrón no es aislado. Estudios previos en Europa, como el proyecto COPPADIS en España, ya habían observado tendencias similares: ellas sufren más depresión, fatiga y dolor; ellos más rigidez, problemas del habla y alteraciones conductuales .
El estudio australiano también revela diferencias clínicas y de exposición ambiental significativas entre ambos sexos. Las mujeres presentan inicio de síntomas y diagnóstico a edades ligeramente menores (63,7 frente a 64,4 años y 67,6 frente a 68,1 años, respectivamente), además de mayor prevalencia de dolor (70% frente a 63%) y caídas (45% frente a 41%).
Las claves científicas
¿Por qué ocurre esto? No hay una única respuesta, pero sí varias piezas que encajan como en un puzle. Una de las más importantes tiene que ver con las hormonas. Varios estudios avalan que los estrógenos, presentes en mayor cantidad en las mujeres durante buena parte de su vida, parecen ejercer un efecto protector sobre ciertas neuronas del cerebro, especialmente las que producen dopamina, que son las más afectadas en el párkinson. Esto podría explicar tanto la menor incidencia en mujeres como algunas diferencias en la progresión. Sin embargo, tras la menopausia, esa protección disminuye, lo que cambia el escenario.
También influye el sistema inmunológico. Cada vez hay más evidencia de que hombres y mujeres responden de forma distinta a los procesos inflamatorios en el cerebro, que juegan un papel importante en enfermedades neurodegenerativas. Estas diferencias en la “respuesta biológica” pueden modular cómo aparecen y evolucionan los síntomas.
A esto se suman factores ambientales. El estudio australiano señala, por ejemplo, que los hombres han estado históricamente más expuestos a pesticidas y otros tóxicos, lo que podría aumentar el riesgo de desarrollar párkinson o influir en su forma de presentación. Es un recordatorio de que la enfermedad no depende solo de la biología, sino también del entorno y del estilo de vida.
Incluso el propio envejecimiento cerebral sigue patrones distintos según el sexo. Algunas áreas del cerebro pueden deteriorarse de forma diferente en hombres y mujeres, lo que se traduce en variaciones en la memoria, el estado de ánimo o el control del movimiento cuando aparece la enfermedad.
Todo esto para concluir que el párkinson no debería abordarse de forma idéntica en todos los pacientes. Durante años, la medicina ha tendido a aplicar modelos generales, sin tener suficientemente en cuenta estas diferencias. Pero hoy ya se habla más de medicina personalizada, y el género es una variable fundamental. Porque cuando se trata de salud, los matices importan. Y en el párkinson, esos matices pueden cambiarlo todo.
