¿Son nuestros pies el tercer cerebro? Neus Moya, referente en podología, asegura que sí, que son mucho más que una base de apoyo. Estas son sus consejos para cuidarlos con más cariño
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Sabíamos que el segundo cerebro está en el intestino, y ahora añadimos otro más. ¿Está el tercer cerebro en nuestros pies? Quizá nunca te hayas parado a pensar que esta parte del cuerpo sostiene todo lo que ocurre en tu día a día, y que te ofrece la movilidad necesaria para trasladarte de un lado al otro, pero hay mucho más. También cargan con nuestras emociones. Durante años hemos tratado los pies como una parte secundaria del cuerpo: algo que se aguanta, se tapa o se corrige cuando molesta. Pero tus pies son mucho más que una base de apoyo. Son una fuente constante de información para el cerebro y una pieza clave en tu equilibrio, tu postura y tu forma de moverte por el mundo. Así lo garantiza, Neus Moya, podóloga, divulgadora y creadora del Método Feetconnected, que justamente acaba de publicar 'El tercer cerebro está en los pies' (Grijalbo, 2026), un libro cuyo objetivo está en que entiendas el dolor y cómo tratar a tus pies desde una mirada cercana pero rigurosa. Por ello, une experiencia clínica, casos reales, neurociencia, biomecánica y ejercicios prácticos. Hemos hablado con ella para entender algunas dolencias comunes y cuándo debemos estar alerta por si nuestros pies pudieran estar sufriendo más de la cuenta Esto es lo que nos ha contado.
Pregunta: ¿Qué relación tiene el cerebro con los pies?
Respuesta: Los pies no son únicamente una estructura que nos sostiene. Son una gran fuente de información para el cerebro. En la planta tenemos miles de receptores que detectan la presión, la textura, la temperatura y los cambios del terreno. Toda esa información asciende constantemente al cerebro y le permite saber dónde está nuestro cuerpo, cómo debe mantener el equilibrio y qué ajustes necesita realizar para caminar. A su vez, el cerebro envía órdenes a los músculos para adaptar la postura y organizar el movimiento. Por tanto, existe una comunicación continua en ambas direcciones: los pies informan y el cerebro responde.
P: ¿Por qué necesitabas conectarlos en este libro?
R: Necesitaba conectarlos en este libro porque durante mucho tiempo hemos tratado el pie como si fuera una pieza aislada. Nos hemos centrado en el lugar donde duele, pero no siempre hemos valorado cómo se mueve, qué información recibe, cómo interpreta esa información el cerebro o qué está sucediendo en el resto del cuerpo. Por eso hablo del pie como un tercer cerebro. No porque sea literalmente otro cerebro, sino porque es una forma de explicar la enorme importancia sensorial que tienen nuestros pies y cómo influyen en el equilibrio, la postura, la marcha y la seguridad con la que nos movemos.
P: Te conocemos por tu gran trabajo en divulgación sobre podología infantil, sin embargo, en este libro hablas o te diriges al público adulto. ¿Por qué has dado este paso?
R: Aunque durante muchos años gran parte de mi trabajo divulgativo se ha centrado en la infancia, en la consulta también atiendo a muchos adultos. Y me encontraba continuamente con personas que habían normalizado vivir con dolor o que habían recibido tratamientos sin llegar a comprender qué les estaba pasando.
P: ¿Qué principales has ido viendo? Estamos muy desconectados con nuestros pies, ¿no crees?
R: Los problemas más frecuentes que vemos son la fascitis plantar, las metatarsalgias, los juanetes, el neuroma de Morton, las alteraciones de los dedos, los problemas del tendón de Aquiles o los pies excesivamente rígidos. Pero el diagnóstico por sí solo no siempre nos explica por qué ha aparecido el problema.
Podemos estar desconectados de nuestros pies porque los mantenemos muchas horas dentro del calzado, caminamos sobre superficies muy uniformes y dejamos de exponerlos a estímulos variados. Además, cuando aparece dolor, tendemos a buscar una solución externa rápida: una plantilla, una infiltración, un zapato determinado o un tratamiento pasivo. Estas herramientas pueden ser necesarias, pero no deberían impedirnos comprender y recuperar las capacidades del pie. El objetivo del libro es que el adulto vuelva a mirar sus pies, aprenda a interpretarlos y participe activamente en su recuperación. No quiero que el lector dependa siempre de un profesional, sino que disponga de herramientas para saber qué puede hacer por sí mismo y cuándo necesita consultar.
"Cuidar los pies no consiste únicamente en aplicar una crema o cortar bien las uñas"
P: ¿Qué dicen unos pies sanos? ¿Cómo se cuidan?
R: Un pie sano no tiene que ser un pie perfecto ni responder a una forma concreta. Hay pies planos, cavos, anchos o estrechos que funcionan perfectamente. La salud del pie se valora, sobre todo, por su función. Un pie sano debería ser capaz de adaptarse al terreno, moverse, amortiguar, estabilizar el cuerpo y convertirse después en una palanca firme para impulsarnos. También debería tolerar las cargas habituales sin provocar dolor y permitirnos caminar con seguridad.
Para cuidarlos necesitamos mantener su movilidad, su fuerza y su sensibilidad. Es importante mover los dedos, trabajar la musculatura del pie, conservar una buena movilidad del tobillo, caminar sobre superficies diferentes cuando sea posible y escoger un calzado que acompañe su función. También debemos revisar la piel y las uñas, observar si aparecen cambios y no esperar a que el dolor sea muy intenso para consultar. Cuidar los pies no consiste únicamente en aplicar una crema o cortar bien las uñas. También implica conservar su capacidad de sentir, moverse y adaptarse.
P: Explícanos, ¿cómo funciona tu método Feetconnected?
R: Feetconnected nace de una idea muy sencilla: no podemos limitarnos a tratar el lugar donde duele. Debemos intentar comprender por qué ha aparecido ese dolor y qué capacidades ha ido perdiendo el pie por el camino. Dos personas pueden llegar a consulta con el mismo diagnóstico, por ejemplo, una fascitis plantar, y necesitar abordajes completamente diferentes. En una puede faltar movilidad en el tobillo; en otra, fuerza, sensibilidad o capacidad para soportar determinadas cargas. También pueden influir la forma de caminar, el calzado, los hábitos diarios o el funcionamiento del resto del cuerpo.
El método no busca únicamente aliviar el síntoma, sino devolver al pie movilidad, fuerza, sensibilidad y capacidad de adaptación. Podemos utilizar ejercicios, trabajo sensorial, cambios progresivos en el calzado, adaptación de cargas y, cuando son necesarias, plantillas u otras herramientas. Pero estas ayudas deben tener siempre un objetivo claro y no convertirse automáticamente en una solución para toda la vida.
Uno de los pilares de Feetconnected es el concepto de paciente activo. Durante demasiado tiempo hemos colocado al paciente en una posición pasiva: le hacemos un tratamiento, le damos una plantilla o le decimos qué zapato debe llevar, pero no le explicamos qué le ocurre ni qué puede hacer para mejorar. Para mí, recuperar también significa comprender. Cuando una persona entiende por qué le duele, aprende a reconocer las señales de su cuerpo y dispone de herramientas para actuar, deja de depender exclusivamente del profesional. El objetivo final del método es precisamente ese: que la persona vuelva a confiar en sus pies, recupere sus capacidades y participe activamente tanto en su tratamiento como en la prevención de futuras recaídas.
P: Por el contrario, ¿cuándo un pie no está sano y en qué sueles ver tú que falta salud? ¿Hay algunos síntomas que nos puedan dar la voz de alarma?
R: La primera señal suele ser el dolor, pero no es la única. También debemos prestar atención a una pérdida progresiva de movilidad, rigidez al levantarnos, sensación de inestabilidad, cansancio excesivo al caminar, calambres frecuentes o dificultad para mover los dedos.
Otros signos pueden ser tropezar más de lo habitual, desgastar el calzado de manera muy rápida o asimétrica, notar que el pie ya no tolera determinadas superficies o necesitar cada vez más protección para poder caminar. La aparición repetida de callosidades también puede indicarnos que determinadas zonas están soportando demasiada presión. Asimismo, debemos prestar atención a los cambios en las uñas. Muchas veces, una uña engrosada o con un aspecto diferente se atribuye directamente a una infección por hongos, cuando en realidad puede deberse a microtraumatismos repetidos provocados por el calzado, la forma de caminar o la posición de los dedos.
Los cambios en la piel, las uñas, la sensibilidad, el color o la temperatura requieren atención, especialmente en personas con diabetes o problemas circulatorios. No debemos esperar a que exista una lesión importante. Muchas veces el cuerpo empieza avisándonos mediante pequeñas limitaciones: dejamos de caminar una distancia determinada, evitamos ciertos movimientos o elegimos siempre el calzado que más nos protege porque cualquier otro nos molesta. Cuando nuestra vida empieza a adaptarse al pie, y no el pie a nuestra vida, conviene valorar qué está sucediendo.
"El calzado puede ser estético, por supuesto, pero no debería modificar la forma del pie, limitar su movimiento ni obligarnos a soportar dolor"
P: ¿Qué tiene que tener un zapato para que sea saludable? La mayoría no están hechos para adaptarse al pie, sino para embellecerlo.
R: No existe un único zapato saludable para todo el mundo ni para todas las situaciones. El calzado debe adaptarse al pie, al momento vital, a la actividad y a las capacidades de cada persona. La horma debe respetar la forma y el volumen del pie. Los dedos necesitan espacio suficiente para colocarse y moverse sin quedar comprimidos, tanto por los lados como por arriba. Es especialmente importante que el primer dedo pueda mantenerse alineado y participar correctamente en el impulso.
La suela debería permitir cierto movimiento y ofrecer la protección necesaria para la actividad, sin aislar al pie más de lo que necesita. El sistema de sujeción debe evitar que el pie baile dentro del zapato, pero sin comprimirlo.También debemos recordar que una característica no convierte automáticamente un calzado en bueno o malo. Una persona con dolor, una lesión reciente o determinadas limitaciones puede necesitar temporalmente más estructura o protección. El objetivo debería ser escoger el calzado que esa persona necesita en ese momento y, siempre que sea posible, ayudar al pie a recuperar capacidades para no depender cada vez de zapatos más rígidos.
El calzado puede ser estético, por supuesto, pero no debería modificar la forma del pie, limitar su movimiento ni obligarnos a soportar dolor. Un zapato no debería necesitar un periodo de sufrimiento para resultar cómodo.
P: ¿Qué cuentan los pies sobre las emociones?
R: No considero que una forma concreta del pie corresponda a una emoción determinada ni que podamos interpretar la personalidad de alguien observando sus pies. Sería una simplificación sin fundamento científico. Lo que sí sabemos es que las emociones influyen en la forma en la que el cerebro interpreta el dolor y en cómo utilizamos nuestro cuerpo. El estrés, el miedo, la ansiedad, el cansancio o una experiencia previa negativa pueden aumentar la tensión muscular, modificar nuestra manera de caminar y hacer que el sistema nervioso esté más alerta.
El dolor no es una medida exacta del daño de los tejidos. Es una experiencia que construye el cerebro a partir de la información que recibe del cuerpo, pero también del contexto, las expectativas, el estado emocional, el descanso y las experiencias anteriores. Esto no significa que el dolor sea imaginario. El dolor es real, pero puede estar influido por muchos factores. Por ejemplo, después de una lesión podemos empezar a apoyar con miedo, proteger excesivamente una zona o dejar de realizar determinados movimientos. Aunque el tejido se recupere, el cerebro puede mantener esa respuesta de protección.
Por tanto, los pies no revelan nuestras emociones como si fueran un mapa, pero nuestra forma de movernos y de vivir el dolor sí puede reflejar inseguridad, miedo al movimiento o falta de confianza. Recuperar un pie también implica devolverle al cerebro información, movimiento y seguridad.
P: ¿Qué ocurre cuando alguien tiene los talones agrietados? Es algo bastante común...
R: Los talones agrietados suelen aparecer cuando la piel está seca y sometida a presión. La piel pierde elasticidad, se expande al apoyar y termina fisurándose. Podemos prevenirlos utilizando diariamente una crema con urea, evitando eliminar la piel de forma agresiva y escogiendo un calzado que no aumente excesivamente la expansión del talón. Si las grietas son profundas, sangran, duelen o existe diabetes, deben ser valoradas por un profesional.
P: ¿Y los callos o juanetes? ¿Por qué aparecen?
R: Las callosidades son una respuesta de protección de la piel frente a una presión o fricción mantenida. Eliminarlos puede aliviar, pero si no analizamos por qué aparecen, probablemente volverán. Debemos valorar el calzado, la forma de apoyar, la movilidad de los dedos y cómo se distribuyen las cargas. Un callo no es solamente piel dura: también puede ser una señal de que una zona está trabajando más de lo que debería.
En el caso de los juanetes, existe una desviación progresiva del primer dedo en la que influyen factores genéticos, la forma del pie, su funcionamiento y el calzado. No aparecen únicamente por utilizar zapatos estrechos, pero un calzado que comprime los dedos puede favorecer su progresión y aumentar los síntomas. El cuidado debe incluir una puntera amplia que respete la posición de los dedos, ejercicios para mantener la movilidad y mejorar la función del primer radio, trabajo de la musculatura y, cuando sea necesario, separadores, plantillas u otras herramientas. Si existe mucho dolor o una limitación importante, debe valorarse el tratamiento quirúrgico, pero no todos los juanetes necesitan operarse.
La idea principal es que no debemos tratar únicamente lo que vemos. Podemos hidratar una grieta, eliminar un callo o proteger un juanete, pero también tenemos que preguntarnos por qué ha aparecido, qué función se está perdiendo y qué podemos hacer para recuperarla.

