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Crimen

El asesino de 'la última ronda', el enfermero que mató y desmembró con brutalidad a varios hombres homosexuales en Nueva York

El asesino de ‘la última ronda’: NY Killers Temporada 1 Programa 2
Richard Rogers, el conocido como el asesino de 'la última ronda’. Mediaset Infinity
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Nueva YorkLa serie documental ‘NY Killers’, que puede verse en abierto en Mediaset Infinity, regresa una semana más de la mano de Mamen Sala. En este segundo episodio la criminóloga y corresponsal de Mediaset España en Nueva York repasa el patrón y el 'modus operandi' de uno de los asesinos que más conmoción causó durante los años noventa en la ciudad neoyorquina. Apodado como ‘The Last Call Killer’ o el asesino de 'la última ronda’ este criminal elegía el momento final de la noche para asesinar a hombres homosexuales cuyos cuerpos aparecían días después completamente desmembrados y abandonados en bolsas de basura repartidas por diferentes puntos.

El primer hallazgo

A principios de los años noventa y en un clima de creciente homofobia y miedo, varios crímenes especialmente crudos y violentos comenzaron a sacudir a la comunidad LGTBIQ+ de Nueva York. Las víctimas eran hombres homosexuales cuyos cuerpos aparecían descuartizados, decapitados y abandonados en bolsas de basura situada en diferentes contenedores localizados en áreas de servicio. Durante más de una década, el autor actuó sin ser identificado.

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El primer hallazgo que marcó el inicio de la investigación se produjo el domingo 5 de mayo de 1991. A las tres de la tarde, un trabajador del servicio de autopistas se detuvo en un área de descanso para vaciar los cubos de basura. Uno de ellos pesaba más de lo habitual. Al abrir las bolsas, descubrió restos humanos con evidentes signos de violencia.

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Aterrado, el empleado alertó de inmediato a la Policía Estatal de Pensilvania, que en cuestión de minutos acordonó la zona y activó el protocolo de investigación. El cuerpo, completamente desnudo y sin ningún tipo de identificación, fue trasladado a la morgue para la autopsia. El cadáver presentaba profundas heridas en el pecho, una puñalada en la espalda y numerosas magulladuras repartidas por la piel evidencian una agresión prolongada.

Sin embargo, hay un detalle que impactó especialmente a los investigadores por su crudeza: el agresor amputó el pene de la víctima y lo introdujo en su boca, empujándolo hasta la garganta. Un gesto que los expertos interpretan como un acto de humillación ‘post mortem’, además de una muestra de ensañamiento.

La segunda víctima: Peter Anderson

Un año después, el 10 de mayo de 1992, apareció en otro cubo de basura ropa manchada de sangre, esta vez en una zona de descanso de Nueva Jersey. Este hallazgo dio un giro a la investigación del brutal asesinato descubierto un año atrás en Pensilvania. La confirmación genética de los restos permitió finalmente poner nombre a la víctima.

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Se trataba de Peter Anderson, de 55 años, banquero, padre separado de dos hijos y antiguo miembro de la Primera Tropa de Caballería de Filadelfia, una de las unidades militares más antiguas de Estados Unidos. Fue precisamente uno de sus antiguos compañeros de esa histórica unidad quien reconoció su rostro al verlo en los carteles distribuidos por la Policía Estatal de Pensilvania. La llamada resultó clave para cerrar el círculo en torno a la identidad del fallecido.

Sus allegados reconstruyeron sus últimas horas: había pasado la noche en el Town House Bar, un local frecuentado por hombres gays en Manhattan. La coincidencia no tardó en llamar la atención de los investigadores.

Thomas Mulcahy, segunda víctima

Poco después se denunció la desaparición de Thomas Mulcahy. También él había estado en el bar mencionado anteriormente. Testigos relataron que, desde la barra, coqueteó con varios clientes, pero uno en concreto captó su interés. Salió del local con ese hombre hacia las 23.15 horas. Ambos retiraron 200 dólares de un cajero automático cercano. Fue la última vez que alguien lo vio con vida.

Dos días después de su desaparición, dos operarios encontraron otras bolsas de basura que chorreaban sangre. Dentro de ellas se encontraba una cabeza humana decapitada. Una llamada posterior permitió localizar más restos y objetos personales, entre ellos la cartera con la documentación de Thomas Mulcahy.

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La brutalidad del crimen y la conexión con el mismo bar encendieron todas las alarmas. Además, debido a la similitud de estos crímenes brutales la prensa empezó a preguntarse si la comunidad LGTBI de Nueva York estaba amenazada por un asesino en serie.

La comunidad LGTBIQ+ de Nueva York, amenazada

Desde la policía comenzó a trabajar con la hipótesis de que los crímenes estaban relacionados se dieron cuenta de que las víctimas compartían perfil y escenario: hombres homosexuales vistos por última vez en locales de ambiente, generalmente cuando pedían la última copa antes del cierre. Además, los investigadores delimitaron una posible zona de actuación, cercana al lugar de residencia o trabajo del sospechoso, lo que reforzaba la idea de que conocía bien el entorno.

Dos años después del segundo hallazgo, en julio de 1993, se registró otro nuevo caso. En esta ocasión la víctima era Michael Sacara, un hombre que acudió a un bar donde entabló conversación con un individuo de unos 50 años, pelo castaño y estatura media, según declararía más tarde un testigo. Días después, los restos humanos de la víctima aparecieron de nuevo en bolsas de basura.

El miedo se extendió por los locales de ambiente. Muchos clientes optaban por marcharse acompañados o avisar a amigos antes de salir con desconocidos.

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Tras casi tres años sin producirse ningún crimen de estas características, en mayo de 1996, otro hallazgo confirmó que el asesino seguía activo. La víctima era Anthony Marrero. Para entonces, la Policía ya hablaba abiertamente de un asesino en serie que atacaba a hombres gays.

Por eso, desde el colectivo LGTBIQ+ se organizaron manifestaciones, concentraciones y protestas en las que se reclamaba mayor protección y una investigación más eficaz. La sensación de vulnerabilidad era profunda entre los miembros del colectivo.

El avance científico y criminólogo, claves para avanzar en los casos del 'Asesino de la Última Ronda'

Tras casi 10 años estancada, la investigación pegó un giro de 180 grados cuando en el año 2000, los investigadores reabrieron el expediente de Thomas Mulcahy y revisaron las pruebas con técnicas forenses más avanzadas. La viuda de Thomas Mulcahy no cedía e insistía a los agentes que avanzase en la investigación. Años después de la muerte de su marido, la viuda de Mulcahy seguía presionando incansablemente a la Policía para que descubran quién lo asesinó.

Su perseverancia logró que los investigadores reconsiderasen un expediente archivado hacía tiempo. Conscientes de los avances, los agentes deciden reabrir el caso. Pero el verdadero impulso vendrá desde Canadá. En el año 2000, los agentes estadounidenses toman la decisión insólita de trasladar físicamente las evidencias del caso de Thomas hasta Toronto. El análisis resultó prometedor: se extrajeron 17 huellas dactilares que, cotejadas con las pruebas de los otros tres asesinatos, confirmaron la relación del sospechoso con todos ellos. El rompecabezas comenzó a encajar.

El gran avance científico y criminólogo que permitió reabrir la investigación en el año 2000
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Las improntas proporcionaron la conexión entre crímenes aparentemente aislados, y solo queda un paso: identificar al hombre detrás de esas huellas y poner rostro al responsable de la serie de asesinatos que mantuvo en vilo a la comunidad LGTBIQ+ de Nueva York durante años.

Richars Rogers, el enfermero que se convirtió en el asesino de 'la última ronda'

Tras analizar las huellas dactilares que coincidían en las escenas de estos crímenes, el nombre de Richard Rogers apareció de nuevo en la historia criminal. Décadas antes de los asesinatos que aterrorizarían a Nueva York y Nueva Jersey, Richard Rogers ya fue condenado por otro brutal asesinato. A los 22 años, compartía piso con Frederick Spencer mientras estudiaban en la Universidad de Maine. Según un tercer compañero, la convivencia entre ambos siempre estuvo marcada por tensiones y enfrentamientos, aunque nunca hubo indicios de violencia grave.

Todo cambió el 30 de abril de 1973 cuando dos ciclistas que recorrían una zona boscosa descubren un cadáver. La víctima era Frederick Spencer. Al inspeccionar el apartamento de Richard, el joven fue detenido y, ante la evidencia, confiesó el crimen, aunque aseguró que "actuó solo para protegerse". Se acogió a la llamada ‘defensa del pánico gay’, un argumento legal que permitía a una persona heterosexual justificar un ataque contra un miembro del colectivo LGTBI alegando miedo, como si la pérdida del control pudiera exonerar parcialmente la agresión.

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El asesino de 'la última ronda' fue condenado a prisión hasta 2066

El historial de Richard Rogers sirvió para establecer vínculos con los asesinatos posteriores de Peter Anderson, Thomas, Anthony Marrero y Michael Sacara. Los investigadores reconocieron un patrón consistente: violencia extrema dirigida hacia hombres, metodologías precisas y la repetición de un ‘modus operandi’ que había empezado mucho antes, en un campus universitario de Maine, y que décadas después se expandiría a la vida nocturna y la seguridad de la comunidad LGTBIQ+ de Nueva York.

Con ese antecedente y la coincidencia de las huellas, los investigadores reunieron pruebas suficientes para interrogarlo en 2001. Tras un intenso interrogatorio que comenzó de manera rutinaria y terminó enfocándose en la violenta muerte de cuatro hombres, el enfermero fue detenido y acusado de estos brutales crímenes.

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La detención trajo un alivio palpable a la comunidad LGTBIQ+ de Nueva York, que durante años vivió con temor bajo la sombra de un asesino en serie sin rostro. Cuatro años después, el juicio de Richard acaparó los titulares. Tras negarse a llegar a un acuerdo con la Fiscalía, fue condenado a dos cadenas perpetuas consecutivas y 10 años adicionales por los asesinatos de Thomas y Anthony Marrero. Sin embargo, no se pudo probar su responsabilidad en las muertes de Michael Sacara y Peter Anderson, aunque los investigadores sostuvieron que el patrón era coincidente.